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 domingo, 08 de julio de 2007  
Comunicación
La afectividad a los 50 años

Atravesar los 50 implica un replanteo de las prioridades y del tiempo propio. El proceso de los cambios hormonales y el cuerpo es la antítesis de la adolescencia, pero con el mismo movimiento emocional. Si dejamos de actualizar nuestra identidad y necesidades diciéndonos “yo soy de tal modo”, como algo ya establecido, es probable que vayamos cerrándonos en pequeños mundos de relaciones. Se forman allí hábitos de comunicación en circuitos cerrados donde ya se sabe cómo reacciona el otro, con escaso lugar a la creatividad. Nos definimos en la interrelación, pero a diferencia de los 20 años, hay un camino de aprendizajes recorrido con aciertos y errores.

Algunos experimentaron que el afecto verdadero con la pareja, los amigos o los hijos no era compatible con el miedo y la represión, ni con la envidia o la competencia y menos aún con el odio y la rabia. Cuando uno se aferra al otro como posesión es cuando lo asfixia o lo pierde, ya que la libertad es indispensable para que cada uno exprese lo más propio de sí. Muchos han confundido el amor con sexo o con la necesidad de protección o admiración.

Ampliar las redes con contactos positivos es importante en esta etapa en que la pirámide de amistades se va achicando. La certeza de contar con otros y la risa levantan las defensas fisiológicas; el encierro y aislamiento las bajan.

Cada persona distinta estimula un nuevo aspecto de nuestra personalidad que no teníamos consciente, y desafía a salir de los patrones de comunicación conocidos. En este punto de la evolución personal se puede dar el permiso de ser menos exigente con uno mismo y con los otros, sin la necesidad de demostrar nada. El crecimiento pasa por expandir nuestra capacidad afectiva.

En esta y las siguientes edades se puede comenzar cada día como una página en blanco esperando ser escrita por un autor con audacia, alegría y placer.

Silvia Tórtul

Terapeuta familiar

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