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 miércoles, 19 de abril de 2006  
Reflexiones
La pesadilla debería acabar

Paolo Flores D'Arcas (*) / El País (Madrid)

La pesadilla debería haberse terminado. Utilizo el condicional porque, a día de hoy, Silvio Berlusconi todavía no ha reconocido su derrota. Por el contrario, sigue hablando de fraude y declara que espera que el recuento final reconozca su victoria. O bien, de forma contradictoria, habla de victoria moral, de un país dividido en dos, de la necesidad de un gobierno de gran coalición. En definitiva, alterna la táctica del palo y la zanahoria, como si el dominus de la situación siguiera siendo él. Se comporta de este modo porque puede permitírselo. Porque, en efecto, el dominus sigue siendo él y seguirá siéndolo hasta que no se hayan resuelto las anomalías que convierten hoy a Italia, desde un punto de vista liberal clásico, en una no-democracia.

De hecho, en una democracia liberal prima la división de poderes. La autonomía recíproca y el recíproco equilibrio de poderes entre las diversas esferas. La democracia liberal es un sistema de autonomías que impide a los poderes "hacer bloque", "hacer establishment", ya que supondría un riesgo y sería la antesala del totalitarismo. Y no se trata sólo de los tres poderes de Montesquieu, obviamente. En una democracia liberal moderna son y deben ser autónomos (y con un control recíproco, incluso hasta el conflicto) el poder político, el poder económico, el poder sindical, el poder mediático, el poder cultural (además, como es obvio, del judicial; en cuanto al poder de la iglesia, no debe existir ninguno). Y dentro de cada poder, no se admite el monopolio, sino que es taxativo el respeto al pluralismo. Son cosas obvias. Pero son cosas que en Italia, desde hace años, han sido abolidas. Y hasta que no sean restauradas no se podrá hablar de democracia.

En Italia, las frecuencias nacionales de la televisión comercial (sobre el papel cuatro, pero en realidad tres) están todas en manos del mismo empresario. Una violación no sólo del principio liberal, sino del estrictamente librecambista, de un mercado competitivo (al menos, un poco competitivo). En Italia, la televisión pública (tres cadenas) está controlada por los partidos y no bastará con sustituir la hegemonía de la mayoría de Berlusconi por la de la mayoría de centro-izquierda para tener una información televisiva digna de este nombre.

En una democracia liberal quien tiene un poder absoluto económico y/o financiero no puede participar en el poder político (a menos que renuncie al poder económico mediante un blind trust). Que un mismo sujeto pueda tener un poder absoluto a nivel económico y mediático, y sumarles un poder político similar (incluso en la oposición) entra dentro de las cosas impensables en la teoría y en la práctica liberal. En Italia, en cambio, es la norma desde hace años. Y sólo gracias a esta anormal normalidad Berlusconi sigue comportándose como si hubiese ganado las elecciones, ya que hasta que no se le haya arrebatado el poder anómalo e ilegal que atesora, podrá efectivamente amenazar y tomar el control de la mayoría parlamentaria de Prodi. E incluso tratar de comprar a algunos senadores (ya desde hace un par de días en la prensa se alientan manejos en esta dirección). Porque, a nivel electoral, el país está efectivamente partido en dos, pero ya no se recuerda que el (casi) 50% del consenso berlusconiano es producto del (casi) 100% de control mediático del propio Berlusconi.

Hace poco más de un mes, todas las encuestas señalaban una distancia entre Prodi y Berlusconi de entre el 10 y el 15%. Ha bastado un mes de ocupación total de las pantallas por parte de los defensores de Berlusconi y de una desinformación científica y sistemática (modelo Bréznev, si Bréznev hubiese sido capaz de inteligencia posmoderna) para reducir la distancia a cero. En realidad, el control total de los medios de comunicación ha permitido a Berlusconi hacer creer a un número decisivo de electores que Prodi quería subir los impuestos. Ha sido suficiente. La mentira ha sido repetida de todas las formas y en todos los programas (incluso en los de entretenimiento) como si se tratase de un hecho comprobado, sobre el que pulsar las diferentes opiniones. Era un embuste arriesgado, pero de nada sirvieron los desmentidos de Prodi. En las dos últimas semanas sólo se ha hablado de ello: del "comunista" Prodi que había decidido aumentar los impuestos, sobre los bienes inmuebles, sobre las herencias y sobre los bonos del tesoro (en definitiva, sobre todo lo que afecta de forma directa a la clase media).

Por otro lado, el bombardeo sobre los impuestos ha permitido dejar de lado todos los demás temas que eran motivo de desencanto entre los electores de centro-derecha y que impulsaban a numerosos ciudadanos (que cinco años antes habían votado a Berlusconi) a no acudir a votar: desde el aumento del coste de la vida hasta la situación desastrosa de las cuentas públicas, pasando por la crisis de la sanidad y el desplome de la escuela y de la investigación científica.

Algunos dirán que la televisión no lo explica todo, que los motivos del continuo consenso alrededor de Berlusconi son otros. Desde luego, también son otros (en otro momento podrán ser analizados). Pero su increíble recuperación en el último mes se ha producido toda ella a través de la minoría desencantada de su electorado, que desde luego no habría votado a "los comunistas", pero que tenía la intención de quedarse en casa. El control absoluto de la televisión ha sido más que suficiente para aterrorizar a uno de cada 10 italianos y para condicionar de forma decisiva el resultado de la votación.

Volvamos al principio: la pesadilla debería haberse terminado. Creo que ahora queda claro por qué es necesario utilizar el condicional. Si el gobierno de Prodi no sabe acabar de inmediato con el control absoluto de los medios de comunicación por parte de Berlusconi (devolviendo las frecuencias de televisión a una pluralidad de individuos dentro de una competencia empresarial-cultural), si no logra promulgar una ley que obligue a elegir entre el poder económico (no sólo mediático) y el poder político, si no consigue hacer que sean inmediatamente operativas unas medidas que castiguen con severidad los delitos de los jefes de empresa (en los Estados Unidos de Bush, que no es precisamente un bolchevique, por falsear un balance contable te pueden caer 20 años de cárcel) y cualquier tipo de relaciones entre los negocios, la política y la mafia, Berlusconi seguirá siendo el dominus de la anomalía italiana. Y si, pasado un año, hubiera que volver a votar, tendría muchísimas posibilidades de vencer.

Los problemas de Italia son muchos, pero el primer problema y el más crucial es éste. Y hasta que no se haya cortado de raíz, se podrá aplicar a la Italia de hoy lo que escribió Dante Alighieri hace casi ocho siglos: "Italia, sirviente de un hostal del dolor/ nave sin piloto en una gran tempestad/ no es dama de provincia sino de burdel".

(*)Filósofo italiano


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