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 domingo, 20 de marzo de 2005  
Patagonia: Hay que venir al sur
Recorrido por Puerto Madryn, Ushuaia y El Calafate en la singular mirada de un turista estadounidense

Michael Warren

Para mi hijo de seis años el gran atractivo fueron las ballenas: una madre y su cachorro que nos saludaban agitando sus colas sobre las aguas heladas del Atlántico Sur. Nuestro pequeño de cuatro años votó por los pingüinos, centenares que avanzaban bamboleándose entre el nido y la costa para llevar alimento a sus pichones. Mi esposa, en cambio, no pudo decidirse entre los delfines blanquinegros que rozaban nuestro bote y el trueno ensordecedor que producen en el glaciar Perito Moreno los inmensos bloques de hielo al caer.

El instante más glorioso de la visita de diez días a la Patagonia fue un paseo montado en el caballo Caramelo bajo una lluvia helada.

Mi esposa -nacida en Buenos Aires- fue quien hizo los arreglos para el viaje y reservó habitaciones en Puerto Madryn, Ushuaia y El Calafate, las ciudades en las que recalamos durante el recorrido por la Patagonia.

Algunos consideraron una locura llevar a nuestros pequeños hijos en esa travesía, pero los niños toleraron el viaje y se divirtieron reconociendo a los guanacos, choiques o ñandúes petisos -primos de las avestruces- y cóndores mientras avanzábamos por un camino de ripio a 100 kilómetros por hora.

Habíamos empacado juguetes y golosinas para entretener a los pequeños pero dondequiera que fuéramos siempre había alguien dispuesto a prestarles atención y ofrecerles caramelos. Una de las maravillas de la cultura argentina es la comprensión de que los niños deben ser justamente eso y no adultos en miniatura.

Lo que no anticipamos fue cómo los largos días del verano afectarían su descanso. Tan cerca del Polo, con 20 horas de luz al día, fue difícil convencer a los pequeños de que era hora de irse a la cama cuando daban las 22. Y justo cuando quedaban exhaustos, los restaurantes se llenaban de familias dispuestas a cenar pasadas las 23 mientras las camareras mecían a los bebés para que las madres pudieran comer.

El secreto es la siesta rejuvenecedora que se respeta en buena parte del interior del país durante la que negocios y oficinas permanecen cerrados. Nosotros no teníamos tiempo para la siesta, había tanto por conocer. Así que en lugar de cenar entrada la noche almorzábamos a la hora del café y llevábamos algunos bocadillos al hotel.

Tras arribar al aeropuerto regional de Trelew un chofer nos llevó a través del desierto hasta Puerto Madryn. Nos hospedamos en un coqueto hotel con excelente servicio donde sirven con el desayuno las exquisitas medialunas que mi mujer tanto ansiaba.

Puerto Madryn se recuesta sobre el Golfo Nuevo, donde las ballenas dan a luz cada primavera, al sur de Península Valdés, hogar de cientos de lobos y elefantes de mar, focas y pájaros. La mayor colonia de pingüinos Magallanes del mundo -actualmente 800.000 y en ascenso- se encuentra 200 kilómetros al sur en Punta Tombo.

Puerto Madryn es una ciudad creciente con precios bajos para un extranjero -puede conseguirse un suéter de lana de llama por 90 pesos, unos 30 dólares-. Mirando las vidrieras mientras íbamos a la playa nos cruzamos con un grupo de jóvenes que celebraban la victoria del equipo de fútbol Boca Juniors y en el momento en que los niños comenzaban a sufrir el calor encontramos una preciosa heladería con parque de juegos. No hay que perderse los helados argentinos, más sabrosos que cualquiera que pueda haber en los Estados Unidos.

También visitamos el Museo Edigio Feruglio en Trelew, que posee impresionantes exhibiciones de fósiles de dinosaurios hallados en la región. Y partimos a la ciudad más austral del mundo en la provincia de Tierra del Fuego: Ushuaia.


Entre los Andes y el mar
Erigida originalmente para defender la posición argentina en las disputas territoriales con Chile, Ushuaia se levanta como la única presencia de la civilización entre los Andes y el mar.

Hicimos un paseo entre pasajes montañosos que incluyó una parada en un centro de entrenamiento de perros de trineo, visitamos Lago Escondido y comimos cordero patagónico relleno y asado sobre tiras de madera ubicadas sobre las brasas ardientes. Luego del almuerzo exploramos la turba que es 90 por ciento agua y es tan gruesa y esponjosa que se siente como saltar en un trampolín.

Los niños adoraron el viaje que hicimos al día siguiente en el Tren del Fin del Mundo, un viejo ferrocarril con una locomotora de vapor que recorre el Parque Nacional Tierra del Fuego y sus valles tan hermosos que cortan la respiración y tan distintos del paisaje rocoso y árido de la Patagonia.

Cuando llegamos a El Calafate estábamos cansados de los viajes en colectivo pero ansiosos por ver el Glaciar Perito Moreno. Primero decidimos comer algo en Barricos del Enopio: conejo relleno y trucha patagónica con un excelente Chardonnay y una deliciosa sopa de calabaza para los niños. El cocinero aceptó salirse del menú y prepararles unas milanesas con puré de papas que calmara el ruido de sus estómagos luego de tantos días de ajetreo. Todo por 125 pesos (42 dólares), la comida más costosa de todo el viaje.

Dada la relación de cambio nos sorprendió no toparnos con estadounidenses durante el viaje. Y también nos entristeció hallar a tan pocos argentinos. El país se recupera lentamente de una de las peores crisis económicas de su historia y la mayoría de su habitantes no puede costearse un viaje a la Patagonia. En contrapartida, las excursiones están llenas de franceses, italianos, españoles y alemanes que aprovechan la favorable relación de cambio -casi cuatro pesos por un euro- para comprar fina ropa de cuero y tejidos.


Una verdadera maravilla
El Glaciar Perito Moreno se levanta 60 metros sobre el nivel del mar y presiona contra la península rocosa. Es difícil imaginar una tierra de hielo de 4 kilómetros de frente en constante movimiento donde cada pocos minutos puede oírse el eco del hielo al quebrarse. Al momento en que escuchamos el sonido del trueno vimos un gigante témpano azul flotar sobre el lago y lanzarse contra la cara del glaciar.

Al día siguiente nos levantamos a las 5.30 de la mañana para viajar a bordo del Upsala Explorer hacia otro glaciar en Estancia Cristina, un viejo criadero de ovejas frecuentado por científicos y escaladores.

Como los niños eran muy pequeños para andar a caballo se quedaron explorando los jardines junto a mi esposa mientras yo montaba a Caramelo y cabalgaba hacia los Andes con otros jinetes bajo una lluvia helada. De repente las nubes se disiparon, revelando la imponente altura del Cerro Norte, de 2.700 metros.

En lo profundo del valle un caballo salvaje se acercó a nosotros para examinarnos con cuidado. Eso era todo lo que yo había soñado y más. Cuando nos reunimos de regreso en la estancia para otra comida inolvidable, los niños me enseñaron entusiasmados los huesos de ovejas que habían hallado. Para toda la familia fue una gran aventura.
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