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 miércoles, 13 de octubre de 2004

Cómo dejar el cigarrillo

Todo fumador enfrenta un problema en cuanto a la conservación de la salud, ya que la adicción al cigarrillo, además de deteriorar su calidad de vida, aumenta el riesgo de enfermedad y muerte. Si bien esto es conocido, el conocimiento del daño difícilmente se constituye en una motivación suficiente. Por lo general la decisión de dejar de fumar se vive como un conflicto permanente, lo que lleva a que su postergación sea la regla más que la excepción. Contribuyen con el fenómeno los siguientes factores:

* La creencia por parte del fumador de que abandonar la adicción es extremadamente dificultosa y que demandará sacrificios. En su fantasía, lo que dificulta la toma de decisión es generalmente el temor de perder el recurso que le permite enfrentar los momentos difíciles y con el que acompaña los momentos agradables.

* Una sensación de autoeficacia baja que se expresa como escasa confianza en el logro del objetivo.

* Una increíble capacidad para minimizar y negar los perjuicios que el cigarrillo provoca sobre el organismo. ¿Quién no ha escuchado hablar de aquel famoso tío que fumó toda su vida y nunca enfermó?

Así es como día tras día el adicto fuma 20, 30 o más cigarrillos en forma casi resignada bajo la premisa falsa de que el abandono es imposible o extremadamente improbable, y que no vale la pena porque el daño ya está hecho.

El fumador se encuentra generalmente atrapado en un conflicto que ni siquiera alcanza a entender y que vive con la secreta sensación de que el carácter de su adicción es de mayor jerarquía que el de la mayoría de los fumadores. Por otro lado, siente que el grado de daño que el cigarrillo provoca en su caso particular es menor dado que no fuma más que un número equis de cigarrillos diarios (a veces la cifra que considera es llamativamente alta); porque no fuma por las mañanas; usa boquilla; no fuma los fines de semana y dice no aspirar el humo, entre otros pretextos.

Existe también en todo adicto una suerte de pensamiento ambiguo y contradictorio. Mientras se encuentra fumando preferiría no estar haciéndolo y como contrapartida mientras no lo está haciendo, no puede desalojar de su conciencia el deseo por el preciado próximo cigarrillo.

Días tras día, ignorando advertencias y consejos bien intencionados, casi de manera ritual, se renueva el acto, incontables veces, inconsciente, automático, sin control alguno.

Por lo general el conflicto presenta diversas aristas que determinan la aparición de una interminable variedad de respuestas, lo que lleva a que no existan dos fumadores iguales.

Dejar de fumar supone el planteo de preguntas inéditas tales como ¿qué hace por mí el cigarrillo? y ¿en verdad, lo disfruto? La mayoría necesita comenzar a racionalizar por qué fuma. Se necesita, además, desterrar la idea de que la vida no será placentera sin el cigarrillo y reemplazarla por otra, que consiste en que no sólo no dejará de serlo, sino que las posibilidades de lograr una vida más plena, se generarán a partir de abandonar la adicción.

Carlos Lorente

Médico cardiólogo

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