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 domingo, 03 de octubre de 2004

Se cumple un año del drama del chico que mató a su padre y a su hermano, e hirió a su madre y a su abuela
Caso Adorna: Detalle de una noche incomprensible en el chalé de una familia de Funes
A doce meses de los homicidios, Tulio sigue en una clínica céntrica. Para la fiscal es penalmente responsabley para el defensor, inimputable. Más allá del relato de la tragedia, aún no aflora con claridad qué pudo detonarla

Hernán Lascano / La Capital

Las dos personas yacentes en el living parecían alcanzadas por un rayo congelante. Alberto Adorna, de 50 años, quedó sentado hacia el televisor en el sillón grande, con la cabeza apoyada levemente en el respaldo, los lentes puestos, la pierna izquierda cruzada arriba de la derecha, los pies envueltos en pantuflas color crema. Germán, de 16 años, estaba sereno tendido en el piso boca abajo, vestido de azul de los pies al cuello. A su lado había un casquillo de bala calibre 22. A escasa distancia relucía otro igual. A unos metros frente a la puerta, contra la pared, se veía un objeto sobre una silla de lona color verde. Era una pistola Bersa calibre 22. Su número era el 133267. Tenía colocado un silenciador negro de 17 centímetros de largo y le faltaba el cargador.

A partir de ahora esta nota debería explicar qué pasó. Pero transcurrido un año no es aún posible. Y quizá, cuando en una sentencia quede lo que se conocerá como verdad jurídica, la verdad real jamás asome. Que permita saber si Tulio Alberto Adorna, ese chico acuariano de 17 años, buen alumno, replegado sobre sí mismo, sensible y afable sin ser simpático, últimamente perturbado y de enojos repentinos, comprendió o no lo que hacía. Si dirigió su conducta de manera lúcida aplicada a un propósito decidido o si lo gobernó un trastorno emotivo extraordinario del que jamás podrá dar cuenta.

De lo que ocurrió en la casa de San José 2432, en Funes, mañana se cumplirá un año. A eso de las 21.30 del sábado 4 de octubre de 2003 Tulio entró como un huracán a la sala donde su padre y su hermano menor esperaban el inicio de Newell's-San Lorenzo. Ambos ya estaban muertos cuando el chico corría hacia el cuarto donde estaba su abuela, Catalina Dártoli, de 80 años, que fue baleada. Luego era el turno de su madre, Alicia Travagliante, de 49 años, quien escuchó un sonido que más que un disparo le pareció el reventar de un globo, hasta que notó que le salía sangre del tórax. Su hermana Nadia, de 19 años, dice en el acta policial que ella se estaba bañando y salió al encuentro de Tulio, que él la golpeó y le provoco una herida en la cabeza pero que consiguió desarmarlo. Tulio escapó de la casa. Lo encontraron al día siguiente en una casa abandonada de Elorza y Dorrego. Tenía los ojos enrojecidos de llanto, la ropa embarrada y mojada por el rocío, temblaba. Había al menos ocho personas allí. Un policía del grupo Giri que se llama Javier Durini, la vecina Nilda Chrispens y una chica a la que llaman Popa le oyeron decir entre sollozos: "No lo quise hacer, No lo quise hacer".

De quienes vivían en el chalé solamente Leandro, el mellizo de Tulio, no estaba en la casa. Había salido a un ciber a chatear.

Los primeros en llegar tras el desastre fueron efectivos de la 23ª de Funes, que convocaron al personal de la Brigada de Homicidios y de Seguridad Personal. Estas dependencias se encargaron de asegurar las pruebas y labrar el sumario. Todo lo cual se hizo en ausencia del juez que, entre otros elementos, debe valorar las evidencias y el contenido de las actas para dictar sentencia.

Esto es muy significativo, porque todo lo que rodeó a la prevención policial quedó salpicado de desaciertos, a tal punto que la División Criminalística debió intervenir para aportar claridad al expediente. En la escena del crimen, además, la propia familia Adorna denunció un robo mientras las pruebas eran cauteladas (ver aparte). Hay en el expediente fotos que muestran al ovejero alemán de la familia tocando y posándose sobre los cuerpos de las víctimas que debían ser asegurados para la investigación.

Por último, las secciones que hicieron la prevención pertenecen al área de Unidades Especiales, la misma agrupación de cúpula policial de las que Alberto "Banana" Adorna había sido contribuyente ilegal como capitalista de juego.

Cuando llegó a la casa el médico Víctor Martín Romero, del dispensario de Funes, las luces estaban cortadas. La casa estaba iluminada solo con linternas. Constató las muertes de Alberto y Germán y le aplicó dos puntos de sutura en la cabeza a Nadia, que tenía una herida de 5 centímetros. "Me llamaba la atención lo tranquila y distendida que estaba", contó al declarar.


El día esperado
Tulio habló por primera vez de lo ocurrido en Tribunales seis días después del incidente. "No me acuerdo de nada de lo que pasó en ese momento en mi casa", fue su planteo más elocuente. Luego dijo que supo de la acusación de haber disparado por lo que decía la prensa. "Me enteré de lo que había hecho leyendo el diario en Jefatura", repuso. También expuso que sus recuerdos eran fragmentarios y en forma de flash. Señaló que consumía marihuana, cocaína y ácido y que había incrementado su hábito hasta hacerlo diario desde hacía siete meses.

La defensa hizo gran hincapié en señalar el consumo de Tulio como una vía de escape de las angustias a raíz de la tormentosa vida familiar, promovida por un padre que hacía del chico especial objeto de sus arrebatos despóticos. Alberto, según el abogado Jorge Bedouret, era autoritario, pegador. Su violencia llegaba a extremos de sadismo: en una casa donde se hacía un culto del dinero, Banana amenazaba continuamente con abandonarlos y dejarlos en la ruina. Y Tulio era el destinatario privilegiado de humillaciones, gritos, sobrenombres descalificatorios. El abogado asegura que eso acentuó las tribulaciones del chico, ahondó su personalidad apática y lo encaminó a la evasión de la droga. Que eso alteró su conducta a la vez que el hostigamiento paterno no se alteraba.

Al cabo del proceso judicial, Tulio fue internado en una clínica psiquiátrica convencional, luego de que tres forenses convalidaran el dictamen de una psicóloga, que encontró en el chico conductas agresivas hacia sí mismos y hacia terceros. La Justicia federal inició una investigación por consumo y tráfico de estupefacientes, que fue archivada pese al expreso planteo del fiscal requiriendo la apertura de un juicio. Los exámenes de la sangre del chico el día de las muertes no mostraron presencia de estupefacientes.

En abril pasado, la fiscal Alicia Donni consideró que Tulio es penalmente responsable por los delitos de doble homicidio y lesiones graves calificadas y requirió que se le imponga condena a perpetua. Un mes después su abogado pidió que se lo declare no responsable debido a que es inimputable o a que actuó bajo emoción violenta. Ahora hay medidas pendientes, requeridas por ambas partes, que dilatarán la definición de la sentencia hasta el año próximo.

La voluntad de exhibir opulencia y su arrogancia, dicen los que lo conocieron, marcaron el último tramo de vida de "Banana" Adorna. La casa de Funes ahora está vacía. No se ve por allí el Porsche negro que relumbraba en el portón y que la familia conserva. El barco de 38 pies de eslora amarrado en el Club de Velas fue negociado. Esas posesiones que Alberto soñó como marca de linaje y distinción simbólica de los Adorna languidecieron ante el drama. Lo que quedan ahora son personas que tramitan un trauma doloroso de cuya eclosión se sabe poco.

La defensa del chico de Funes citó una frase de Mirian Van Waters, postulando que al hablar de tribunales de menores debe recordarse que ellos están en el mundo para evitar que a los niños se los trate como a criminales. Pase lo que pase con su futuro, es indudable que Tulio es quien está en el lugar más desdichado. La cuestión de si este joven, menor de edad al ocurrir el drama, merece o no merece una condena, es todo lo que un devaluado sistema provincial de menores que ya no tutela ni protege se aplica a dirimir. Algo que debería inquietar más que si Tulio es o no penalmente responsable.

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Tulio es el chico de gorro negro. Al lado, su padre. Y en el extremo izquierdo, Germán.

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