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 domingo, 16 de mayo de 2004

Todos los caminos llevan a la Rosada

Mauricio Maronna / La Capital

Néstor Kirchner cumple el 25 de mayo próximo su primer aniversario en el poder y sabe que, más allá del efecto simbólico que arroja el calendario, llegó la hora de ampliar horizontes, anudar consensos amplios y evitar que la ciclotimia que hoy transita el camino de la euforia mute finalmente en depresión. La economía, el eterno verdugo de los presidentes, comienza a transformarse en el parámetro para evaluar el estado de las cosas.

Práctico y perspicaz, el presidente interiorizó hasta ahora un viejo interrogante de Nicolás Maquiavelo, quien se preguntaba si es mejor ser amado que temido. Oscilando entre esas opciones, mantiene a algunos funcionarios en un virtual ataque de pánico, dejando correr los rumores sobre cambios no tan lejanos. Un influyente ministro se lo dijo sin rodeos a este cronista: "Para trabajar con Kirchner tenés que estar dispuesto a comerte una cuota de humillación diaria". Sin embargo, el hombre sigue digiriendo diariamente las porciones del maltrato.

El líder visionario o estridente que llega en un momento en que el país clama por unidad nacional se caerá de narices. Pero pobre del líder que busque la dulce razón en un momento de angustia y rabia nacional. Palabras más, palabras menos, y lejos de la dulce razón, el estilo K sirvió hasta hace poco para marchar en sintonía con una sociedad harta de la corrupción y de la injusticia social. La limpieza menemista en cada uno de los estratos institucionales (a través de las remociones en la Corte Suprema y de la pirotecnia verbal en todo los demás) hizo renacer la esperanza en un vasto y oscilante sector, que puso en el cadalso al riojano y observó extasiado la reconstitución de la autoridad presidencial tras la bochornosa administración de la alianza radical-frepasista, liderada por el conductor suicida Fernando de la Rúa.

El descabezamiento de las cúpulas militares, la derogación y posterior nulidad de las leyes del perdón y el envalentonamiento contra todo lo que destilara un tufillo noventista le permitió a Kirchner contener a la progresía, anestesiar el antiperonismo de centroizquierda y acicatear a determinada capilla intelectual.

Desde su magro 22% de los votos en las elecciones, entendió que su gestión debía ser el gobierno de la opinión pública. Una táctica que le permite mantener a raya a la estructura del PJ, la misma que lo llevó al poder y que hoy se siente traicionada por el ninguneo al que la somete.

El grueso error cometido el 24 de marzo con el sesgado acto en la fantasmagórica Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), atribuyéndose ser el único dirigente que condenó en la práctica los desvaríos de la dictadura, resultó un mojón para el meteórico ascenso del intrépido hombre que llegó del sur. La "oficialitis" mediática dejó de ser tan absoluta como patética. Muchos analistas descubrieron al fin que Kirchner es un presidente falible.

La aparición en escena de la crisis energética, el doble mensaje respecto a la situación tarifaria y, finalmente, la explosión de cuestiones económicas que estaban adormecidas configuran el nuevo escenario, cargado de más incertidumbre que de certezas.

Una cosa es el gobierno de la opinión pública y otra, muy diferente, el de la opinión publicada. La transversalidad (una definición que ya resulta más empalagosa que una torta de merengue) está demostrando su raquitismo a la hora de engrosar la base de sustentación política, en franco contraste con el centimetraje diario que ofrecen los periódicos y de los seminarios en cadena que organizan sus propulsores.

Más allá de la utilización casi cotidiana que hace el poder central del extravagante Luis Juez o del zigzagueante Hermes Binner para enfurecer a los peronistas pura sangre, Kirchner parece haber comprendido que una cosa son las imágenes "para Duhalde que lo mira por TV" y otra muy distinta sobrellevar casi en soledad la pesada carga de la deuda, el default, la crisis energética y la inseguridad crónica.

Más temprano que tarde, el Congreso se convertirá en el ámbito decisivo para destrabar estas cuestiones. La nueva ley de coparticipación será otra de las normas que delimitarán el curso de la administración.

Con la furia incorporada por la foto del grupo mausoleo posando sonriente en un vagón enclavado en la Quinta de San Vicente, el presidente movió sus piezas y dejó boquiabierto a más de uno. "La reunión con (Carlos) Reutemann fue de lo más trascendente que pasó. Al Lupo y al Lole los separan muchas cuestiones, pero los dos se tienen respeto. Reutemann le hizo frente como nadie con la cuestión de la guita destinada a paliar los efectos de las inundaciones y demostró que tenía razón", cuenta un habitual visitante de la Casa Rosada.

"El Alemán no habla, se sienta en la última fila del recinto de sesiones, pero nos votó todas las leyes que pedimos", le dijo a Kirchner el presidente del bloque justicialista en el Senado, Miguel Pichetto, en lo que constituyó el prolegómeno de la cita entre el ex gobernador y el jefe del Estado.


El amor después del rencor
La bronca del mandatario con Jorge Obeid por haber posado junto a Eduardo Duhalde, José Manuel de la Sota y los barones del conurbano le abrió al Lole las puertas de Balcarce 50, en un encuentro que derribó todas las especulaciones periodísticas sobre una guerra declarada entre ambos.

"El presidente no hizo otra cosa que privilegiar el peso político de Reutemann en la provincia. Sabe que no le va a hacer ninguna zancadilla y que es el que definirá la posición de los diputados del distrito a la hora de votar leyes clave", analizó un senador nacional.

Las declaraciones que Reutemann hizo a La Capital admitiendo que se "rompió el hielo" con el presidente y que él "iba a ser un soldado siempre y cuando le cumplan a la provincia" generaron una inmediata respuesta del primer mandatario: el viernes, a las 10, discó el prefijo 0342, y le anticipó al Lole el envío de 45 millones de pesos.

"El hombre tiene viento a favor, los números son buenos y tiene ganas de ir por todo. Si Duhalde le declara la guerra. Kirchner no va a aflojar, le va a redoblar la apuesta. Este tipo no se deja atropellar", comenta el santafesino.

Sin embargo, está convencido de que Duhalde y Kirchner son como dos locomotoras que avanzan en sentido contrario, aunque por ahora a escasa velocidad. "El Cabezón se puso en alerta, el único que dispone de un aparato fuerte para hacerle frente es él", presupone.

Pese a los gestos de buena vecindad entre Reutemann y Kirchner, constituiría una frivolidad sentenciar que la relación es un lecho de rosas. Pragmáticos hasta la médula, los dos comprendieron que a veces en política hay que ponerse el traje del adversario.

La gran incógnita la sigue constituyendo Obeid, objeto de la furia de Kirchner por su foto en San Vicente: "A este tipo no lo entiendo, no se qué es lo que quiere... No me hace saber cuáles son las necesidades que tiene Santa Fe", les dijo el sureño a Reutemann y a Roxana Latorre el miércoles al atardecer.

No es un dato menor que la noticia sobre el dinero fresco que llegará a la provincia le haya sido comunicada al senador y no al encargado de manejar los destinos de la administración provincial.

Pero es difícil que en este caso no haya vuelta atrás. Como hace con la mayoría de sus ministros (mandándolos por unos días al desierto y alimentándolos con anchoas), en los próximos días Kirchner volverá a apiadarse del castigado gobernador y le ofrecerá, al menos, un vaso de agua.

Así como se alertó a Obeid de los trastornos que tendría que padecer si designaba ministro de Gobierno a Alberto Gianneschi (cosa que finalmente ocurrió para luego hacerlo renunciar), el jefe de la Casa Gris debe producir un rápido giro en su accionar antes de que sea demasiado tarde.

Los errores que comete parecen indicar que alguna mente perversa le cambia la agenda todas las madrugadas. Cuando el problema principal que afronta está centrado en la capital de la provincia, aún asfixiada por las secuelas de las inundaciones, Obeid pasa sus días en Rosario, siempre a la defensiva por los mandobles que le asesta Miguel Lifschitz, la revelación política local.

El manual del buen gobernante es como la razón de ser de un buen goleador: estar en el momento justo, en el lugar indicado.

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