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 domingo, 14 de mayo de 2006  
El viaje del lector: reino de araucarias

En febrero pasado, después de 33 años volví a las Termas de Copahue, que había visitado por primera vez en 2001. Este último periplo lo realicé en compañía de mi esposa, hijos y nietos. Desde las termas bajamos a Caviahue, el reino de las araucarias, donde quedamos asombrados ante la imponente belleza natural que este rincón de la Patagonia brinda a los espíritus inquietos y sedientos de paisajes de inigualable belleza geológica.

Este páramo, llamado Pehuenía, está conformado por la arrogancia de sus araucarias y de la pétrea sinfonía que en el mioceno originó el volcán Copahue, símbolo viviente y autor del sembradío de rocas de la más diversa estratigrafía. La araucaria, reina de esta comarca cuando era una llanura de clima cálido allá en el cretáceo superior, prosperaba junto a una flora lujuriosa. Un día, su maléfico vecino, el Copahue, con tremenda fuerza orogénica y su boca ignívoma vomitando ríos de lava hirviente, abrasó todo a su derredor.

Aquietado el tumulto telúrico, las pocas araucarias sobrevivientes volvieron a resurgir en aisladas agrupaciones, poblando poco a poco las abruptas piedras cordilleranas. Pasados los milenios, cuando creyeron haber encontrado la paz definitiva las sorprendió el gélido cuaternario. Embestidas sin piedad por violentos huracanes cuyo poder desgastaron hasta la cumbre del soberbio Copahue, los despeñaderos pétreos más el glaciar del Hualcupen cubrieron todo hasta las lagunas de Las Mellizas. Las araucarias volvieron a morir bajo una gruesa mortaja de hielo.

Desaparecido el glaciar, pero nacidas para vivir entre 500 a 1000 años, resucitaron sobre las áridas rocas, rasgaron el risco, enterraron sus raíces y desde entonces no las turbó el bramido amenazante del volcán.

Hoy bajan por las pendientes plenas de alegre expresión, y en uno de esos tantos lugares las observamos sobre el contorno de la deshilachada cascada del Agrio, La Cabellera de la Virgen del Basalto.

A unos 100 metros más abajo, sobre la margen izquierda del Agrio, observamos uno de los tantos motivos pintorescos de Cavihaue: una terraza sostenida por miles de hexagonales columnas de basalto de unos 20 metros de altura. Sobre aquel desnudo piso de baldosas poligonales, arraigadas en ese suelo pétreo y desafiando derrumbes, se encuentra un bosquecillo de osadas araucarias.

Este árbol típico de Neuquén tiene muy lento crecimiento- seis centímetros por año- es de floración unisexual y se diferencia nítidamente el macho de la hembra. El primero es más alto, de tallo desnudo y sólo un penacho de ramas coronan su copa. En cambio, la hembra es más baja, corpulenta y frondosa, que origina un fruto bianual, el piñón, que es desde los siglos el maná de los mapuches.

Roberto Linares
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Las araucarias coronan la cascada del Agrio que salta entre columnas de basalto.

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