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sábado,
17 de
diciembre de
2005 |
ANALISIS
Una medida
con muy poco
para festejar
Jorge Levit / La Capital
La decisión de anticipar el pago de toda la deuda con el Fondo Monetario Internacional se inscribe en el marco de una arriesgada jugada política. El presidente Kirchner ha demostrado, en lo que lleva de mandato, tener coraje para afrontar desafíos. Pero que exista firmeza para ejecutar operaciones de alto impacto no significa que siempre sean acertadas y sin costo político o social.
La Argentina pagará por adelantado nada menos que casi diez mil millones de dólares sin reclamar absolutamente nada de quita. No ocurrió lo mismo con los tenedores de bonos y otros acreedores del Estado que sufrieron una reducción de casi el 70 por ciento de sus acreencias. Jubilados japoneses, inversores norteamericanos y europeos, pero también pequeños ahorristas argentinos no tuvieron la misma suerte que el FMI. Tampoco quienes todavía hoy no recuperaron el total de sus depósitos retenidos en el corralito financiero. Entonces, ¿por qué esa diferencia?
El FMI, al que más se repudia, se cuestiona y se lo culpa por todos los males argentinos, es con quien sí honramos -y con creces- la deuda. Desde lo económico hay pocas explicaciones para esta decisión del gobierno porque el ahorro que se producirá es relativo. Las reservas del Banco Central que se utilizarán para saldar la deuda estaban colocadas a un interés mayor del que Argentina pagaba al Fondo. La ministra Miceli lo niega pero algunos economistas lo ratifican.
La cruzada
Desde el punto de vista de política internacional sí tiene un efecto importante porque alinea al país con Brasil -que anunció lo mismo tres días antes- en una suerte de cruzada contra el organismo internacional de crédito, desprestigiado en los últimos años por su papel en varias crisis de países emergentes.
Argentina no es Brasil, que paga u$s 15.500 millones pero tiene 67.000 de reservas. Kirchner, en cambio, se anima a entregar u$s 9.810 millones de los 27.000 millones de los que dispone el país. Brasil, además, es una de las primeras diez economías de Occidente y su volumen exportador es ampliamente mayor al argentino.
Pero no todo es asimétrico entre los principales socios del Mercosur: la pobreza los iguala. Millones de brasileños viven en las miserables favelas mientras que aquí la crisis del 2001 -que el Fondo no encontró la forma de evitar- dejó al 40 por ciento de la población argentina bajo la indigna línea de pobreza.
En realidad, no hay mucho para festejar.
Ni la ovación a Rodríguez Saá cuando anunció el default hace cuatro años ni la algarabía actual por pagar todo sirven de mucho. La maníaca política argentina da para todo y en pocos años se puede pasar de moroso incobrable a pagador anticipado. Es una característica de estas latitudes que explica por qué siempre hay algo para sorprenderse: ahora Brasil y Argentina, dos gobiernos progresistas, cumplen a rajatabla con el Fondo.
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