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 domingo, 25 de septiembre de 2005  
Interiores: el insomnio

La expresión no me quita el sueño es más que elocuente para calificar una preocupación, un amor, un proyecto, o una noticia que no es digna de perturbar el dormir de alguien que bien puede roncar a pata suelta. Lo contrario le sucede al desvelado, un ser sin sueño para poder dormir. En este punto se hace evidente que la palabra sueño se refiere a dormir, y no al hecho de soñar. Lo que ocurre es que las relaciones entre dormir y soñar son más que estrechas, y de algún modo es lo primero que advirtió Sigmund Freud al señalar que el sueño es el guardián del dormir. Lo que vendría a ser el primer sentido del sueño, o sea que más allá de su apariencia extraña, los sueños ayudan a dormir, es decir "a conciliar el sueño".

La idea de conciliar es fundamental para entender el insomnio, en tanto y en cuanto el insomne es alguien que no puede bajar la cortina a la vigilia y entrar en lo onírico. Por lo general no puede porque no puede dejar de pensar, de seguir repasando una y otra vez algunos acontecimientos de la jornada, algunas ideas inoportunas, o algunos fantasmas. Cabe aquí, una vez más la distinción (si se quiere práctica) de que no es muy conveniente pensar en la cabeza, y en cambio es más saludable pensar con la cabeza.

Los pensamientos son incontrolables por definición y en el escenario mental adquieren realidad, lo que se conoce como "realidad psíquica", un dispositivo muy poderoso con el que el individuo puede ir a parar al paraíso o al mismísimo infierno. En particular al infierno de no poder dormir, con toda probabilidad uno de los mayores sufrimientos humanos. Lo que al mismo tiempo nos caracteriza, ya que no suele ser un padecimiento de los animales, y mucho menos de los tiburones que se la pasan siempre despiertos y siempre nadando.

Está más que claro que estamos muy lejos de tener la fortaleza y la organización de los tiburones; en cambio en el plano de la metáfora somos insuperables, puesto que la capacidad para engullirse la riqueza que tienen los tiburones capitalistas es insaciable y, además, no los indigesta. Precisamente la indigestión, con mucha frecuencia, es lo que no permite dormir.

Tanto la indigestión de alimentos como el rumiar indigesto de lo que hicimos. O de lo que nos hicieron. O de lo que creímos que hicimos. O de lo que creímos que nos hicieron, y así hasta el infinito. Lo que se dice "Atrapado sin salida", sentencia y título de una película en la que la redundancia salta a la vista, ya que si hubiera salida no se estaría atrapado. En este caso atrapado en una vigilia interminable, sin poder conciliar las cuentas (en todo sentido), y con el alma en desasosiego redundando siempre en lo mismo, como corresponde a toda redundancia, lo cual es lo que impide dormir.

La magnitud del problema del insomnio está dada, entre otras cosas, por el despliegue de recursos dedicados a los que no pueden conciliar el sueño, es decir a todos aquellos a los que les quita el sueño ya sean amores, dolores, sinsabores y demás sobresaltos de esta vida. El derroche de recursos para poder dormir va desde todo tipo de drogas y substancias, hasta los más variados rituales como pueden ser los interminables controles de si está todo cerrado: el gas, las puertas, las ventanas y lo que sea, salvo las alarmas que deben estar, por el contrario, abiertas.

Todo un ritual en definitiva interminable, porque cómo estar seguros de que al constatar si el gas estaba cerrado, sin advertirlo y sin querer, acaso uno lo abre. Imposible saberlo, la orden y el impulso irrefrenable coinciden en arrastrar al sujeto a una nueva revisión, a la que luego le seguirán otras. En realidad lo que no acaba de cerrar es el día, o el sueño de inmortalidad que para el caso es lo mismo.

El insomnio es una batalla con el tiempo, pero con una aclaración: no es una batalla del individuo con el tiempo, sino de la psiquis con el tiempo, un "auténtico clásico de los domingos", justamente en el día en que psiquis y tiempo repiten esa partida imposible. Imposible de evitar e imposible de resolver. Con las debidas excepciones (pero que en este caso no confirman ninguna regla) el domingo suele ser una jornada que muestra una contraposición muy rotunda: por la mañana el humano disfruta de la ilusión omnipotente de manejar el tiempo, pero a partir del atardecer con la aparición de la angustia, el tiempo le recuerda quién es verdaderamente el que maneja. Pero se lo recuerda para que lo olvide en el despertar del próximo domingo, y así sucesivamente.

En cuanto al individuo insomne se trata de un ser sin paz, y lo es aunque se lo vea tranquilo. Como se suele decir "la procesión va por dentro", curiosa expresión de sonoridad religiosa. Es que el mundo interior, sobre todo el más profundo, es religioso, y lo es aunque se trate de alguien abiertamente ateo. Quien se asoma al mundo interior de alguien, o quien puede introspeccionar sobre el propio, se meterá en un mundo de premios y castigos, nadará en la viscosidad de la culpa, y estará rodeado de seres inquietantes y de seres maravillosos, todo mezclado en un guiso interior en estado de reflexión cero y sin tiempo. Paradojas de lo humano, ya que es este guisado lo que nos permite vivir, o por el contrario lo que nos puede aplastar.

En todos los casos, y como se pueda, de lo que se trata es de cuidar los sueños, los sueños de soñar dormidos y los sueños de soñar despiertos, ya que no sólo son el guardián del dormir, como señalaba Freud, sino que más aún, "son el guardián del vivir". Para que la vida no sea una pesadilla, que no es otra cosa que lo que le sucede al insomne que vive en el infierno de no poder habitarse.
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