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 domingo, 22 de mayo de 2005  
Rosario desconocida: ciudad con necesidades de arte

José Mario Bonacci

José Mario Bonacci
En la segunda mitad del siglo XIX, el artista integral y pensador inglés William Morris planteó pensamientos referidos al arte en general que hoy todavía sorprenden por su vigencia. Expresó que "el mundo moderno, en su carrera para ganar prosperidad material desigualmente repartida, ha suprimido el arte popular. La mayor parte de la población no tiene ninguna participación en él. Tal como están las cosas debe ser conservado en manos de pocos ricos y acomodados. Y son quienes lo necesitan menos que los esforzados trabajadores. Por una extraña ceguera y por error de la civilización, el trabajo se ha convertido en una carga tal que todo hombre, si pudiera, se libraría de ella. Esto es resultado del sistema que ha estrangulado al arte para exaltar el comercio convertido en religión sagrada. Es como si en nombre de la vida, destruyéramos la razón de vivir a la que debiéramos sentir como un placer. No satisfacer esta exigencia es no ser más que pobres criaturas. Un soporte básico es la educación, que necesita del ocio abundante para hacer nacer el arte y su amor a él en la sociedad toda. El arte vale únicamente si todos pueden participar en él..."

Contundencia y fortaleza de conceptos definitivos para actuar en el presente. Morris fue un diseñador total y el siglo XXI hace aún uso intensivo de sus creaciones. Muebles, telas, o elementos de uso diario están hoy "de moda".

Enriquecer al hombre para que el concepto de arte anide en él significa también instruirlo y guiarlo hacia la protección del mismo. Arte y humanidad deben confluir en un mismo horizonte. Homenajear la existencia de esta manera nos hace más humanos y comprensivos de la experiencia que construimos a diario. Proteger el arte en todas sus manifestaciones significa también hacerlo con el hábitat. La ciudad es entonces destinataria y receptora de una actitud madura y concreta. Hemos citado en estas columnas presencias del arte urbano que ayudan a tener una ciudad más humana como sostén de sentimientos y actitudes. A toda acción, corresponde una reacción. Así es como el arte es vilipendiado y torturado por quienes no tienen idea de lo que representa o desprecian la educación para razonar sobre el tema. Y tan culpables como ellos son quienes pudiendo hacerlo, no ayudan a modificar esa realidad. El lugar que habitamos ofrece testimonios sobre este desprecio. Muchas acciones se confunden con humoradas, con odios escondidos, o con la irresponsabilidad que nace en la orfandad de un conocimiento certero.


En el Parque Francés
Ofender y lastimar el ámbito donde desarrollamos la vida es renunciar a una verdadera humanidad enriquecida en el camino del accionar colectivo. Son conocidos los continuos desmanes sufridos por las esculturas del Parque Francés, o los balazos recibidos por El Afilador situado en bulevar Oroño frente al Hipódromo con proyectiles de calibres variados. Esto indica que la irresponsabilidad se distribuye en varios sectores sociales. Hoy reposa arruinado en el patio del Museo de la Ciudad y se puede comprobar el salvajismo de manera directa.

En el Parque Urquiza había un bronce magnífico sobre avenida de la Tradición. El tema era un gaucho genuino domando un caballo. Fue trasladado a inmediaciones de la escuela existente en plaza José Hernández de Buenos Aires al 4800. El animal, parado en sus patas traseras y detenido en un corcovo, fue tentación de muchachos jinetes, hamacándose hasta quebrarle sus apoyos. Retirado de allí, nunca más se lo vio... Llama la atención la irreverencia y falta de respeto con estatuas de gran valía. En vez de tomar conocimiento e instruirse sobre el origen y motivos de la creación, el nombre de su autor y otros datos interesantes, se pone el ingenio en pegarles a la espalda denominaciones supuestamente humorísticas. Así el Dante Alighieri de Oroño al 1100, aparece a menudo con ojeras negras pintadas y una botella de vino en sus brazos. Las esculturas de bronce en el ingreso al Museo Castagnino han sido clasificados por la viveza popular, como "los que juegan al truco". En ese clima, entonces no asombra que en madrugadas de domingos, Carlos Casado del Alizal, obra de Eduardo Barnes en ochava del Banco Provincial de Santa Fe, exhiba un preservativo colocado en el dedo índice de una de sus manos.


El Discóbolo
La escultura ubicada en bulevar Oroño al 800 frente al Sanatorio Parque y popularmente llamado "El Discóbolo", debió sufrir en la década del 50 con motivo del Congreso Eucarístico Nacional el cercenamiento de su pene, porque "ofendía" el sentido del acontecimiento. La escultura ubicada en el laguito de bulevar Oroño y Pellegrini (sur-oeste) a ras del agua, muestra el hermoso cuerpo de una mujer desnuda recostada sin sombras de exhibicionismo alguno. Para el mismo citado acontecimiento, fue ocultada debajo de un volumen de madera, a su vez cubierto por la bandera nacional. Cuesta mucho esfuerzo digerir estas acciones con desprecio absoluto. Si así fuera en otras latitudes, los grandes museos del mundo perderían su patrimonio y los parques y plazas de todo el orbe dejarían de enriquecerse con estas presencias. En este dislate, no se salvarían nuestro Río Paraná o el Océano Atlántico, alegorías ciclópeas creados por José Fioravanti y Alfredo Bigatti para el Monumento a la Bandera que exhiben sus sexos sin complejos. No estarían a salvo ni siquiera "La Patria de la Fraternidad y del Amor" en la base de la torre frente al patio cívico, obra de Fioravanti, ni "La Patria Abanderada" en la proa de la torre sobre avenida Belgrano, concebida por Bigatti. Muestran la fortaleza de los cuerpos y sus pechos turgentes avanzan hacia el porvenir y hacia el destino venturoso de la Patria deseada....

Al caer el gobierno del general Perón, el monumento a su esposa en avenida Nuestra Señora del Rosario (antes Lucero) y calle Lituania (antes Diana) fue motivo de atentados diversos. La estatua de Evita, en el centro geométrico de la composición, se rodea con parábolas de hormigón verticales. Ellas forman un ámbito abierto en cuya culminación se destaca con fuerza la escultura. Al poco tiempo la viveza popular, o no tanto, bautizó a la obra como "Monumento a la Mandarina". Este apelativo se comprende observando atentamente el lugar. Pero no faltó el traslado del mote a la representación de la mismísima homenajeada.

Seguramente uno de los capítulos más acongojantes, está marcado por "El Niño del Paraná", obra en bronce de Lucio Fontana. Ubicada en avenida Belgrano y Rioja, fue robada hace unos treinta años. Se pudo rescatar cuando había sido seccionada en dos partes, antes de que fuera fundida para recuperar el metal.

Hoy se puede comprobar esto en el Museo Castagnino. Vuelve a tener la frescura con la que fue concebida, pero la cicatriz de la soldadura que permitió unir las partes separadas, será en ese cuerpo un grito de dolor eterno...

El arte no nace y se manifiesta por algún acto mágico. El artista cualquiera sea su especialidad, es un medium que conecta el sentimiento y la expresión social con su sensibilidad, y esto le permite traducir en la realidad una expresión determinada. Por lo tanto, si el latir de una sociedad se ve reflejada y concebida en el territorio del arte, cualquier ofensa o asesinato en contra de su razón de ser, en realidad está denunciando y denigrando a quien comete la acción. Una confesión de fracaso como componente social. Una marca de incultura y extravío en el destino común.

Es una caída hacia el alarido desesperado de un dolor que sólo puede anidar en la impotencia para constituirse en persona. Como afirmaba Morris hay un sólo camino para derrotar esta condición. Incentivar la cultura y colmar al ser humano con una verdadera conciencia que lo enriquezca como tal...

(*) Arquitecto / bonaprin@ciudad.com.ar
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La obra de Lucio Fontana vuelve a tener hoy la frescura con la que fue concebida.

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