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 sábado, 30 de abril de 2005  
Interiores: Desobediencia

Jorge Besso

La sexualidad es un mundo de atracciones y rechazos que envuelven a los humanos y en el que se desenvuelven como pueden. El hecho de que la sexualidad constituya un mundo es una cuestión sobre la que no se insiste demasiado pero que sin embargo está a la vista al punto de que se trata del mundo más poblado, superior en población al de los pobres y al de la pobreza (y eso que son legiones en el planeta).

La particularidad esencial de este mundo es que se trata de un lugar que acumula prestigios y desprestigios desde tiempos inmemoriales y que a la vez es un tema que concierne a todos, aun a los que huyen o a los que se abstienen por las razones que sean, pero que de todas maneras no se puede olvidar lo que a menudo se olvida, y es que no se puede huir ni abstenerse de las fantasías.

En el mundo de la sexualidad hay de todo como en botica, desde una de las normalidades más difíciles de definir hasta el mundo porno cargado y colmado de una variedad de aburrimientos, pasando por diversas combinaciones sexuales, tanto que la homosexualidad que es una de las formas de la sexualidad que cada vez se aproxima más a la normalidad en tanto y en cuanto en la sexualidad humana no hay determinación biológica, ni para estar enrolado en lo heterosexual, ni mucho menos para la homosexualidad o la transexualidad.

Todo y sin olvidar que hay masculinos y femeninos binormas, es decir seres a los que les va lo uno y lo otro. En estos días los españoles convirtieron en ley la posibilidad de que los homosexuales puedan casarse legalmente, sumándose en esta ampliación a los holandeses y a algún otro estado en el mundo. Frente a esta novedad con respecto a un país que durante los 40 años de la dictadura franquista mantuvo un idilio con el Vaticano, viene a tronar la voz vaticana como un rayo purificador llamando y clamando por la desobediencia civil para impedir que se concreten semejantes matrimonios.

La voz de trueno en este caso provino del más alto nivel del Vaticano: el presidente del Pontificio Consejo de la Familia, recientemente ratificado por el nuevo papa, el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, y que vino a llamar a "desobediencia por razones de conciencia", ya que en España según el citado cardenal, se está "destruyendo a la familia ladrillo a ladrillo".

El llamado a la desobediencia por el que clama el Vaticano está dirigido especialmente a los funcionarios o profesionales que por razones de trabajo intervengan en las escandalosas bodas, con el agregado explícito de que en caso de ser necesario arriesguen su puesto de trabajo. Es decir que estén dispuestos a perderlo. En cierto sentido no deja de sorprender una vez más esta nueva vieja voz del Vaticano (vieja por ser de siempre, nueva por ser de hoy) porque representa la voz del flamante papa que en sus tiempos de cardenal Ratzinger, en los que era potencialmente papa, envió una carta a todos los católicos estadounidenses.

Cabe recordar que casualmente son los mismos tiempos en los que el presidente Bush era potencialmente reelecto, y una carta señalaba que los católicos podían tener una diferencia de opinión en lo que respecta a la guerra, pero no la podían tener con relación al aborto o a la eutanasia. Esto es, que se puede ser católico y estar a favor de la guerra, pero no se puede ser católico y estar a favor del aborto. Es inevitable pensar en todos los ladrillos, en todas las familias y en todos los seres que fueron barridos en Irak sin que muchos de ellos probablemente supieran por qué.

Es inevitable pensar qué tipo de alma tendrán soldados como los norteamericanos que se sirvieron de una cosa tan a la moda y tan fantástica como las cámaras digitales para fotografiar a sus torturados que si hubieran sido animales, seguramente habrían merecido la protesta de la Sociedad Protectora de Animales. Como se sabe esta institución los protege de los humanos, en cambio no hay sociedad que proteja a los humanos de los humanos.

Es inevitable recordar que el argumento esencial y único para la invasión fue una mentira, y que semejante mentira debe con toda probabilidad configurar un pecado también de dimensiones semejantes, y sin embargo más allá de condenas formales aunque fueran a los gritos y en voz alta, no se llamó a la desobediencia civil de todos los partícipes de la masacre de familias con sus respectivos ladrillos. Sin duda que el catolicismo oficial tiene sus razones y sus derechos en condenar la homosexualidad, pero en principio deberían existir más razones para condenar la intolerancia en lugar de practicarla como suelen hacer las religiones.

Con todo, el mensaje vaticano en esta ocasión contiene un mensaje dentro del mensaje ya que no es habitual que la religión llame a la desobediencia civil, más aún respecto de un acto como el casamiento civil. En suma se trata de una exhortación subversiva, ya que de cumplirse alteraría el orden público. La paradoja es que tal alteración sería respecto de los homosexuales que se convertirían de esta forma en ex-subversivos, a la sazón abanderados de la familia.

Es posible que este mensaje inaugural del nuevo Vaticano y del Vaticano de siempre inaugure o reinstale la práctica de la desobediencia y de pronto, poco a poco y paso a paso, se producirían deserciones en los tantos ejércitos y bandas de la intolerancia que pululan en el planeta. Naturalmente que se trata de una ficción, pero muchas veces las ficciones ayudan a mejorar la realidad. Finalmente, es inevitable pensar que tal llamado a la desobediencia de parte de una voz tan poderosa como la vaticana, hubiera sido más que necesaria y oportuna en los tiempos del Proceso cuyos agentes tuvieron como argumento esencial en los juicios la obediencia debida.

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