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sábado,
16 de
abril de
2005 |
Una masacre esperable. Los internos niegan la rivalidad regional como móvil
Para los presos, la tragedia fue posible
porque lo permitió la custodia interna
Coinciden en que no hay forma que los agresores tomaran a los guardias de su pabellón. Pero los divide el juicio
hacia las víctimas. Ayer los atacantes estaban en silencio. Y en el lugar de los muertos atronaba la protesta
Ariel Etcheverry / La Capital
Una atmósfera enrarecida reinaba ayer cerca del mediodía en el pabellón 7 de la cárcel de Coronda. Sus ocupantes estaban encerrados cada uno en su celda. Desde ese lugar partió el lunes a la tarde una horda de presos encapuchados y armados con facas para concretar la matanza más cruenta ocurrida dentro un penal santafesino. A unos cien metros de allí se encuentra el pabellón 11, el sector donde se concentró la mayor cantidad de víctimas. El contraste entre los dos lugares era abrumador. Mientras en el primero la situación era de cierta normalidad, en el segundo ocurría todo lo contrario.
El que fuera escenario de nueve de los trece crímenes era una postal de desolación. Los internos permanecían en sus celdas. Estaban encerrados o engomados, según la jerga carcelaria, desde el día de la matanza. Como medida de protesta quemaron colchones y otros enseres. Para evitar la asfixia, los presos prendían fuego a una de las puntas de los colchones y los sacaban a través de las pequeñas ventanas rectangulares de las puertas. El humo negro, el fuego, los gritos y los golpes convirtieron al pabellón 11 en un lugar extraído de una película.
A cinco días de la batalla campal quedan abiertos muchos interrogantes sobre una cuestión puntual. ¿Cómo fueron capaces los internos del pabellón 7 de sorprender a la guardia, irrumpiendo en la jaula bajo cerrojo que se encuentra en la antesala del edificio? Si bien es cierto que los reclusos pudieron tomar por sorpresa a uno o a los dos vigiladores, lo que no estaba claro todavía era cómo hicieron para salir en tropel, recorrer varios pasillos del penal y asesinar selectivamente a trece personas.
Durante una recorrida efectuada por los lugares más críticos del penal, que alberga a unos 1.400 hombres, este diario pudo comprobar que las sospechas sobre efectivos del Servicio Penitenciario eran constantes, pero también que las víctimas no contaban con el mejor de los conceptos entre todos sus pares. No obstante, en esta cuestión, las opiniones estaban divididas. Mientras algunos decían que eran buenos muchachos y que incluso eran delegados, otros aseguraban que sus pasados como compañeros de prisión los condenaban.
De lo que no había dudas ayer era que la masacre no pudo concretarse sin apoyo externo. "Vayan y fíjense si está la reja rota", sugirió uno de los internos, en referencia al sitio por donde se colaron los del 7 para tomar como rehén a un celador como paso previo al desastre. La reja, en efecto, estaba intacta. "Nos quieren dividir. Es la policía la que nos manda al choque. La violencia la pone la yuta por razones políticas".
Lugar clave
Otro lugar clave de la tragedia fue el pabellón 1, donde fueron asesinados cuatro presos, uno en la planta baja y tres en el primer piso. Allí, la población carcelaria estaba en calma, pero el temor era palpable en los que se animaban a rememorar algo de lo sucedido. "Estábamos engomados en las celdas. Nos hicieron entrar momentos antes de que empezara todo", contó a La Capital un muchacho tras las rejas. Este no es un detalle menor, ya que pinta el grado de indefensión en el que estaban las víctimas cuando fueron sorprendidas por la banda.
"Eran como 80 encapuchados", agregó sin temor a exagerar. La llegada de los periodistas hizo que muchos internos se agolparan frente a los barrotes y brindaran desordenadamente relatos de lo ocurrido. Los agresores, luego de que completaran la faena en el pabellón 11, irrumpieron en el 1 por medio de una reja lateral que se comunica con unos patios interiores. Antes habían pasado por los pabellones 5 y 3, donde no lastimaron a nadie.
Los internos dijeron que alguien del Servicio Penitenciario había corrido las trabas de madera con las que son aseguradas las puertas de las celdas -accionadas desde la guardia- y que a partir de allí todo fue un descontrol. Muchos presos alcanzaron a ver la movida y entonces pudieron correr, pasando los manos por las ranuras, los cerrojos y buscar refugio en otros calabozos. "Se escuchaban gritos desesperados y la yuta no hacía nada. Miraban desde la puerta del pabellón y no intervinieron".
La versión oficial que atribuye el origen de la matanza a la vieja rivalidad entre rosarinos y santafesinos fue puesta en un segundo plano por muchos de los internos que hablaron con La Capital. El argumento que utilizaron fue que en varios pabellones conviven en absoluta armonía personas oriundas de ambas ciudades. Todo parece remontarse a un episodio ocurrido hace un par de años cuando un grupo de rosarinos "les dio puerta" (agredió) a unos compañeros santafesinos del pabellón 10.
"Los de Santa Fe se tuvieron que ir del 10 porque una vez casi los lincharon. Capaz que la bronca venga de ahí", contó por su parte un "vecino" del 6, también conocido como el de "los hermanitos" o los "evangélicos". Otro presidiario dijo estar convencido que acciones como las "de los muchachos del 7 no sirven para nada. Rastreros y ortivas hay en todos lados, pero para saber cuál fue el verdadero motivo tienen que preguntar a los del séptimo".
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Fotos
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Los presos del pabellón 11.
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