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 miércoles, 10 de noviembre de 2004  
De la indiferencia al furor

"¿Qué pasa ahí que están las luces prendidas?", preguntó un empleado del Congreso. "Creo que vino un chino y hay algunos legisladores reunidos", le respondió un compañero de trabajo, mientras caminaba alejándose de la escena.

Era el 9 de abril de 2001 y el chino del relato no era otro que el ex presidente de la República Popular China Jiang Zemin, quien como parte de su visita de Estado a la Argentina se encontraba en el Palacio Legislativo.

Su presencia había generado un problema para las autoridades legislativas: cómo disimular la falta de interés entre los legisladores por ver y escuchar a Jiang.

La primera medida que adoptaron fue cambiar el ámbito de la programada Asamblea Legislativa. Originalmente planificada para el recinto de Diputados, la Asamblea fue trasladada al más reducido recinto del Senado. Más tarde se acordó dejar de lado el status de Asamblea para organizar una "recepción oficial" en un salón en el que se reúnen las comisiones.

La tarea siguiente fue conseguir una cantidad suficiente de legisladores para llenar el Salón. Hubo entonces ingentes esfuerzos de parte de la organización para sortear ese escollo.

Finalmente se congregaron no más de una quincena de diputados y senadores más algunos asesores y empleados que aprovecharon la desordenada disposición de sillas para mezclarse entre los legisladores y sumar número. Sólo la comitiva china lucía más numerosa que la recepción argentina.

Jiang, el sucesor de Deng Xiaoping y el hombre más influyente en su país tras la muerte del gran reformista chino, parecía un poco sorprendido. Un rato antes Fernando de la Rúa le había asegurado que la "Argentina asigna una alta prioridad a las relaciones con China, país con el cual durante casi tres décadas de amistad se han desarrollado sólidos vínculos en el campo político, económico y de cooperación".

Jiang estaba acostumbrado al cortejo y la pompa en cada país que visitaba. China ya era desde hace tiempo el mercado más prometedor del mundo. Pero nada de eso pareció emerger en la humilde recepción parlamentaria. El presidente del país más populoso del planeta transitó sin pena ni gloria por el Congreso.

Tres años pasaron desde entonces, algo así como un minuto para la concepción china del tiempo. Algo así como la eternidad para la concepción argentina del tiempo.

"Le pedimos que organicen bien el tema de las acreditaciones porque va a ser un lío", advirtió ayer a algunos periodistas un secretario del Senado al referirse a la Asamblea Legislativa que se realizará la próxima semana en honor a Hu Jintao, el sucesor de Jiang.

No sólo la gratitud sino también una multitud espera al gran inversor chino después de que trascendiera el interés del gigante asiático en desarrollar megaplanes de cooperación.

Un gran operativo de seguridad se está preparando. También se prevé destinar dos bandejas enteras del recinto de la Cámara de Diputados para los 60 periodistas que acompañan al presidente chino y para sus colegas argentinos. Como Hu concurrirá con su esposa, Daniel Scioli y Eduardo Camaño deberán corresponder con sus respectivas cónyuges.

La expectativa y el entusiasmo ya se perciben en varios ámbitos del Palacio Legislativo para lo que un funcionario parlamentario definió como "un acontecimiento histórico".

Una semana de 2004 cargada de versiones imprecisas el Congreso argentino descubrió China. Apenas algunos miles de años tarde.
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