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 domingo, 07 de noviembre de 2004  
Recuperar las tradiciones

Hay un pasaje entrañable del Martín Fierro -el Quijote de las Pampas argentinas- que descuella por la enorme riqueza afectiva que encierra, y que es quizás el menos apreciado. Se trata del momento en el que este hombre -que se caracteriza, primero, por ser un matrero y buscapleitos, perseguido por la justicia y solitario trashumante de una vasta zona de la geografía argentina- despide al moribundo Sargento Cruz, contagiado por la peste.

Pasaje similar hay en las Memorias de "Antes del fin" de Sábato cuando hablando de su padre y de la severidad y de la dureza con la que lo había educado, el autor tiene unas palabras de reconocimiento para ese hombre que acompañó -sin temor al contagio- a un amigo condenado por la terrible enfermedad de la tuberculosis, en un viaje en tren a las sierras de Córdoba.

El tema de la amistad es el que surge de manera contundente para hacerse notar en un contexto de hostilidades en ambos escritos. Quizás, algunas obras literarias sean portadoras, más que otras, de las ideas que definirían el "ser argentino".

Los valores cívicos que reflejaron en sus actitudes los padres de la patria son tanto más comprensibles cuando se los mira a través de esta sutil marca de la amistad. Hacerse amigo. Sentirse amigo. Saber que somos en el otro. Junto al otro y por él. La tradición no es un capricho, es una señal en la historia de los pueblos. Y esa señal que viene de otros tiempos merece ser comprendida y entendida, merece ser reflexionada. Un país que no respeta sus tradiciones es un país sin señales.

Se oye a veces decir que los argentinos no tenemos identidad. Nada más falaz. Tenemos una identidad que está relacionada con los españoles que vinieron a conquistar las tierras, con los aborígenes que desde siempre estuvieron formando parte del paisaje, con los inmigrantes que nos convirtieron en el país crisol de razas y con los gauchos que montaron su caballo en la soledad de la Pampa. Tenemos identidad, pero la negamos.

Pretendemos ocultarla detrás de una zona vedada al entendimiento. Renegamos de ella. No la aceptamos. Y cuando uno no se acepta como es corre riesgos. Estos son más fuertes cuando se está en un lugar de la sociedad en el que se debe "enseñar" (al decir de Martín Prieto, "mostrar") valores que nos identifican con nuestras raíces y nuestras tradiciones más arraigadas. Desde el rol docente, por ejemplo.

Vuelvo al principio para decir que tal vez la tabla de salvación que tengamos a mano hoy para recuperar esos valores tradicionales del ser argentino, sea la recuperación del valor de la amistad. Ese que nos hace reconciliar con los demás y verlo como alguien a quien hay que abrazar y sentir desde adentro. Debemos volver a confiar en nosotros y debemos volver a ser amigos. Porque la amistad redime al hombre. Lo hace humano y es dentro de la humanidad que podemos comprender todos los valores. La amistad nos hace seres generosos.

La misma generosidad, despojada de egoísmos y de mezquindades absurdas, nos puede hacer recuperar nuestra identidad. Hay una utopía argentina posmoderna y es volver a encontrarnos con nosotros mismos y aceptarnos en lo que somos y como somos. Sin hipocresías.

Marcela Ruiz [email protected]

Profesora de lengua y literatura
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