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 domingo, 29 de agosto de 2004

Mayumana inició el camino que lo traerá el mes próximo a Rosario
El arte de convertir el sonido de la vida cotidiana en una rara maravilla musical
La compañía israelí deslumbró en la primera presentación que ofreció en el porteño teatro Gran Rex

Pedro Squillaci / La Capital

Buenos Aires (enviado especial).- Cuatro personas se sientan frente al público en silencio absoluto. De pronto, uno comienza a percutir una mesa con sus manos, otro lo hace con los pies, el tercero dice "mondongo" sin parar y el cuarto se golpea el pecho y las piernas como una batería humana. Dicho así, no parece nada que no pueda hacer cualquier mortal con un poquito de coordinación y sentido del ritmo. Pero Mayumana, el grupo israelí que debutó anteanoche en el Luna Park, tiene la virtud de hacer un espectáculo convirtiendo lo simple en una rareza. Apuestan al riesgo y ganan. En base a una combinación de destreza, música, danza, humor y teatro, logran un show atrapante, que contagia energía. Y es imposible presenciarlo sin mover el piecito.

Destreza, ese es el significado de la palabra hebrea meyumanut (mayumana). Y no podría caber un nombre más apropiado para estos diez artistas que, aunque llegan por segunda vez a la Argentina, cautivaron como si fueran una absoluta novedad en estas tierras.

La base de su arte es el ritmo. Pero no a partir de instrumentos convencionales. Ellos sustituyen el parche por la tapa de un contenedor, de un bidón de aceite o de un tarro de plástico, pero también utilizan para percutir a tubos de cinc, aletas tipo patas de rana o cualquier elemento que uno puede encontrar por la calle casi al descuido.

"Trabajamos con una estética urbana", comentó a La Capital la brasileña Lena Beaury, la integrante más bella del elenco, y añadió: "En muchas de nuestras escenas recreamos cosas y lugares de grandes ciudades. También hacemos percusión con nuestros cuerpos. Y mucha gente debe pensar, "pero, si esto yo lo podría estar haciendo en mi casa"".

Nada más lejos de la realidad. Cualquiera que intente imitar una rutina de Mayumana se frustrará en décimas de segundo. "Lo que uno precisa es coordinación y un sentido básico del ritmo", señaló Walter Zaga, el único argentino del grupo.

"En mi caso, no soy músico, vengo del mundo del baile, y muchos llegan de otras disciplinas, como la gimnasia y la actuación", explicó el Zaga, porteño, oriundo de Flores. "Pero te cuento que hubo percusionistas y muy buenos bateristas, que en el momento en que les exigís un poco de movimiento pierden. Se tienen que dar muchas cosas juntas para que uno pueda hacer un espectáculo como éste. Y gracia es una cualidad vital".

Ahora bien, ¿cómo es el show de Mayumana? ¿Cómo se puede combinar distintas disciplinas y lograr unidad estética? Esta compañía no teme ir hasta los límites. Desde la esencia de lo marginal y con el espíritu del arte callejero y circense, articulan rutinas que atraviesan distintas culturas, desde la oriental hasta la occidental, pasando por lo cotidiano y lo onírico. Y eso hace que lo suyo adquiera un lenguaje popular, es decir, su carácter de referentes del arte alternativo -junto a Stomp, De la guarda o La Fura del Baus, por nombrar los más conocidos- no los convierte en "abanderados de lo inentendible". Y quizá allí resida su fuerte. Su forma de comunicarse remite a códigos tan comunes como sutiles, apelan más a la inocencia que al doble sentido, y logran un ida y vuelta con un público que va de los 10 hasta los 80 años.

El efecto sorpresa es una de las armas que mejor manejan, y también la complicidad con la gente, que generalmente desemboca en la carcajada de la mano del expresivo español David Ortega, una de las figuras centrales del elenco y el que se lleva la mayor cantidad de aplausos en el saludo final. "No es un espectáculo exclusivamente de música, de humor ni de danza -dijo-, pero a la vez es todo junto. Lo más importante es que la gente la pasa bien, y por eso viene a vernos".

Excepto uno de los integrantes -que hace un solo utilizando manos, pies, piernas, pecho, boca y mejillas-, nadie asoma como un percusionista virtuoso. Pero todos tienen musicalidad. Saben de matices, manejan el crescendo con preciosismo y apuntan más a ritmos marcados con presencia que a la velocidad.

Lo que sí desandan con suficiente virtuosismo es la sincronización. Cualquier rutina de Mayumana hecha a destiempo quedaría chirle. Como piezas de relojería, no sólo saben cómo y cuándo tocar, sino en qué momento moverse, cuándo cambiar de instrumento informal, y hasta cómo saludar con danzas o capoeiras, según el caso.

Como una manera de respetar aquella esencia de artistas urbanos, los diez integrantes sacaron en el final sus bártulos afuera del Gran Rex, caminaron junto a la gente por plena calle Corrientes esquivando los vehículos e hicieron un cierre de aire tribal con el Obelisco de fondo. Lo que se dice un cierre palo y palo.

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Los integrantes de Mayumana combinan música, teatro y humor con particular ingenio. El menú, que sorprende y emociona, revela un costado impensado de la percusión.

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