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 sábado, 24 de julio de 2004

Una historia de amores y odios

Los memoriosos pueden recordar que la llegada de Eduardo Coudet a Central generó una polémica que lo puso contra la pared. No quería jugar de marcador de punta cuando don Angel se lo pidió, el día de su debut. Arregló un jueves y el viernes hizo su estreno, como suplente, frente a Independiente en Avellaneda. Es más, se sumó el mismo día del partido a la concentración auriazul.

  El hombre venía de Platense, con un antecedente no demasiado convincente en la selección de Passarella y era uno más en la lista de refuerzos. El primer partido en el Gigante estuvo todavía teñido por aquella controversia del volante derecho que no quería jugar como lateral y prefería ir al banco. Por entonces, nadie podía suponer que nacería un idilio muy poco comparable entre el pueblo canalla y el Chacho.

  Central se le metió en las entrañas. Basta con recordar su actitud en la primera final de la Conmebol en el inmenso Mineirao. Coudet permaneció en las escalinatas del hotel hasta la ahora de trasladarse al aeropuerto. No pudo dormir. Mezcló la desazón con algunas lágrimas y con ello se alimentó hasta la hora del regreso.

  El Chacho se transformó en una especie de vengador canalla a pesar de haber emigrado dos años después. Claro que en el medio expuso uno y mil argumentos sobre su amor por la entidad auriazul. Incluido aquel gol del 4 a 0 del 23 de noviembre del 97, cuando Newell’s debió retirarse de la cancha por inferioridad numérica. Es uno de los personajes más odiados por el pueblo rojinegro. Y sus razones tienen los leprosos. Cada vez que pudo, aquel prometedor volante de Platense que pasó por San Lorenzo y River, les recordó su amor incondicional por la camiseta canalla.

  Cada gol marcado a Newell’s con la camiseta de San Lorenzo o de River, fue acompañada por la ya tradicional seña de la camiseta a rayas. Eran dedicatorias televisivas para el club de sus amores, como él mismo lo reconoce.

  Nadie entiende muy bien por qué, ni siquiera el propio Chacho debe saber el motivo principal de tanta pasión. Pero ahí están, Central y el Chacho.

  Aquella historia de amor a primera vista prometía continuidad. No podía, ni debía, acabarse con aquella despedida que lo depositó en San Lorenzo. Y continuará. El lunes llegará a Rosario para volver a ponerse la ropa de entrenamiento canalla. Y mágicamente, como un par de sus flamantes compañeros, absorberá todas y cada una de las presiones. Repartirá las urgencias con Vitamina y Petaco. Le pondrán el pecho a las balas y saldrán a pelearle a la adversidad.

  Del otro lado del escritorio, la comisión directiva auriazul sonríe porque hizo el mejor negocio. Trajo un jugador de jerarquía y forjó un colchón que le permitirá transitar con tranquilidad los primeros tramos del próximo torneo. Así de simple, así de complejo.

  Con el regreso de Coudet alcanza y sobra para ilusionar al pueblo auriazul, que a esta altura se agarra de cualquier síntoma de mejoría para mantenerse erguido.

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