Año CXXXVI
 Nº 49.862
Rosario,
miércoles  04 de
junio de 2003
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El lunes es la fecha para retornar a las clases luego de la inundación
Entre las ganas y la incertidumbre
Todos quieren volver a enseñar o aprender, pero el panorama educativo en la capital provincial se define en cada escuela

Marcela Isaías / La Capital

Santa Fe (enviada especial).- La coincidencia en las escuelas de la capital provincial a un mes de la mayor inundación de su historia es unánime: todos quieren volver a clases, tanto maestros como directivos, docentes, padres y chicos. Sin embargo, la vuelta a las aulas, fijada por el Ministerio de Educación provincial para este lunes, no será para todos ni de la misma manera. Los números que sintetizan este panorama son claros: unos 70 mil alumnos en condiciones de empezar otra vez su escolaridad (son el 50% de la matrícula afectada por la inundación) y una pérdida para el sector estimada oficialmente en 50 millones de pesos.
Una recorrida por distintos establecimientos educacionales de la ciudad de Santa Fe alcanza para comprobar las realidades más disímiles. En cada uno los docentes hablan de sus miedos y tristezas, aunque todos se muestran expectantes por el reencuentro con sus alumnos. "Quiero empezar las clases, encontrarme con los chicos, los voy a esperar con globos y les voy a dar la bienvenida, tengo ganas de abrazarlos", dice María Esther, una maestra del primer ciclo de la EGB de la Escuela Nº 5. Esta escuela atiende a una matrícula de 700 alumnos de la EGB y será una de las que el lunes abrirá nuevamente sus puertas.
Claro que el regreso no será sencillo. "Hay mucha expectativa por volver, pero también por ver la nueva realidad con la que nos encontraremos", dice Susana, directora del establecimiento. No es para menos: de sus 700 alumnos, el 80% fue afectado por la inundación, ya que pertenecen a los barrios Roma y Santa Rosa, dos de los más golpeados por el desborde del río Salado. "A pesar todo esto los papás no dejaron de venir a preguntar a cada rato cuándo se daría el retorno al aula", agrega la directora.
Por si fuera poco, a esta nueva situación que deberá afrontar la Escuela Nº5 con sus propios chicos, desde el lunes se le sumarán los alumnos de la Escuela Nº 809, cuyo edificio no está en condiciones de recibirlos. Por el momento nadie puede asegurar cuántos niños llegarán de esta escuela, cuya matrícula habitual es de 600 alumnos. "No sé bien cómo trabajaremos, compartiremos el espacio", confiesa Mónica, maestra de la 809. De todas maneras, en el patio de la Escuela Nº 5 una gran cantidad de sillas y mesas enviadas por el Ministerio de Educación provincial estaban siendo alistadas para atender a la nueva demanda.
Aunque para algunos funcionarios hizo falta una inundación de tal magnitud para descubrir el ingenio y capacidad de organización de los maestros en situaciones desastrosas, todos saben que recursos para atender a "lo que venga" no les falta. Cuando se dialoga con los educadores afirman una y otra vez que no saben bien "con qué realidad se encontrarán el lunes", porque entre sus alumnos estarán quienes perdieron todos, los que siguen evacuados, los que se debieron mudar en busca de nuevas condiciones y aquellos que siguieron de cerca la inundación. Igual ninguno se achica frente a lo que les espera.
También está la propuesta que impulsa Unicef a pedido de Educación provincial. Bajo el título de "Volver a sonreír", el organismo internacional se propone acompañar el retorno a las aulas con estrategias lúdicas que ayuden a las niñas y niños a superar el trauma de situaciones como las que vivieron. También se anunció que la semana próxima llegarán 73.425 kits, materiales para docentes y 200 mochilas con libros de cuentos para todas las edades provistas por este programa.
Según señaló el subsecretario de Educación provincial, Julio Zapata, la entrega de los materiales se hará en la medida en que los docentes y escuelas hagan los pedidos. El funcionario se refirió además al transporte de los alumnos que deberán moverse a otra escuela. "Saldrán colectivos de los establecimientos a las que asistían para trasladarlos a donde se los ha reubicado ahora", explicó.
Por su parte, el secretario general de Amsafé, José María Tessa, explicó que "los maestros queremos volver a enseñar", pero siempre que sea "en un proceso gradual, donde se atienda a la seguridad sanitaria y de trabajo para los educadores y los alumnos, sin hacer de cuenta que nada pasó".
La situación de la escuela Almirante Brown es muy diferente a la de la Nº 5. Dos maestras apostadas en la entrada explican que el lugar funciona como un centro de evacuados, que en la actualidad atiende a 50 familias (unas 180 personas), además de darles lugar a los animales de los evacuados, entre ellos perros, gatos, loros y hasta nutrias. "La organización de este centro corrió por cuenta nuestra, nos movimos con la ayuda de los estudiantes universitarios y del profesorado", destacan las docentes.
En otro lado de la ciudad, y en la puerta de la que hasta el 29 de abril fuera su primera escuela, Daiana, una nena de 5 años, espera junto a sus papás saber qué pasará con su vuelta a la salita de preescolar. "Sí, quiero volver", dice cuando se le pregunta por las ganas de encontrarse con su seño y amigos. Lamentablemente, la fecha de retorno para ella es todavía incierta, porque su escuela, la Nicolás Avellaneda, aún muestra las consecuencias de haber soportado 1,85 metro de agua en su interior. Basta traspasar el umbral de entrada para percibir la desolación del lugar. Aulas rebasadas de humedad dan cuenta de lo sucedido.
En el medio del patio, y tratando de sacarle el mayor provecho al sol de la mañana, un grupo de porteras cuenta que la mayor parte de los muebles no se podrán recuperar, y recuerdan entonces que a esta escuela asisten 500 chicos. La fecha estimada para el retorno en este establecimiento es el 9 de junio, igual nadie se anima a confirmarlo. Para el personal no docente, la ayuda que han recibido es poca, no alcanza para atender la dimensión de los daños, por eso cada tanto en medio del diálogo dejan entender que se sienten "abandonadas".

Entre el Ejército y la Virgen

En el barrio Santa Rosa de Lima el panorama es más desolador aún. En esta zona, donde el agua permaneció hasta la semana pasada, viven unas 33 mil personas. Basta avanzar en el trayecto que lleva hasta la escuela parroquial, que recibe el mismo nombre del barrio, para que el olor se vuelva cada vez más nauseabundo. El paisaje de este camino lo completan los vecinos que limpian sus muebles en las veredas, los patrulleros y los camiones del Ejército que reparten las donaciones.
Al llegar a la escuela es preciso mirar por dónde se pisa. La basura y el barro tapan lo que hasta hace un mes era un patio -humilde, pero patio al fin- de la iglesia y el colegio. Silvio, el diácono de la capilla Santa Rosa de Lima, deja la escoba y el balde para dialogar con La Capital. Lo primero que recuerda es que allí aprendían unos 900 chicos que ahora están diseminados con sus familias en los distintos centros de evacuados. "Sólo los que ya volvieron al barrio empezarán las clases en el Colegio Sagrado Corazón", añade.
A la charla con Silvio se suma el párroco de la capilla y capellán del colegio, Axel Arguinchona. Es difícil entender cómo hace para no perder la alegría en medio de un paisaje sobrecogedor. Como creyente tiene su explicación: "Mirá, el agua entró a la capilla, los bancos flotaron de un lugar a otro durante todo ese tiempo. Sin embargo, las imágenes de las Vírgenes de Fátima, Santa Rosa, San José y el Sagrado Corazón de Jesús no se movieron de su lugar, estuvieron firmes. Entiendo que es un mensaje que nos invita a permanecer de pie y no aflojar".


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