Hilda de Folch está en su casa, rodeada de sus tres hijos (Marcelo, Ariel y Elisabeth) y llena de recuerdos. Marcelo, que es abogado, ya le ha contado que el juez Luis Giraudo condenó a reclusión perpetua a los dos sujetos que asesinaron a su esposo, hace ya tres años y medio. Aunque ningún veredicto le devolverá la vida de Humberto, al menos ella puede decir que está satisfecha porque considera que se hizo justicia. "Mucha gente lamentablemente no puede decir lo mismo", reflexiona. Conoció a quien sería su compañero cuando tenía 20 años. Cuatro temporadas más tarde se casaron y después vinieron los hijos. Hilda cuenta que él vivía para ellos y que los adoraba. Son ellos quienes la contienen y la ayudan a sobrellevar, como mejor puede, la ausencia irremediable del hombre cuya vida se apagó aquella mañana de diciembre de 1999 por los balazos que disparó Ferretti. A la mujer se le llena la boca cuando habla de Humberto. "Era un buen hombre y eso no lo dijo yo, que era su esposa, sino todas las personas que lo conocían". En el barrio donde todavía vive muchos repiten lo mismo. Incluso en la villa donde vivían los asesinos ya que allí, en cada día del niño, Folch colaboraba con lo que podía.
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