Año CXXXIV
 Nº 49.097
Rosario,
martes  24 de
abril de 2001
Min 7º
Máx 18º
 
La Ciudad
La Región
Política
Economía
Opinión
El País
Sociedad
El Mundo
Policiales
Escenario
Ovación
Suplementos
Servicios
Archivo
La Empresa
Portada


Desarrollado por Soluciones Punto Com





Una verdadera lección de jazz
Lee Konitz tocó a sala llena en el teatro del Parque de España
El legendario saxofonista interpretó una música exquisita de viejos standars y nuevas improvisaciones

José Luis Cavazza

El sonido del saxo alto de Lee Konitz permanece suspendido como una nube. Su tono —cada nota individual— implica toda la personalidad musical del improvisador. Quizá sea obvio aclarar que sigue siendo uno de los improvisadores realmente grandes del jazz. Así, la nube Konitz se posó anteanoche sobre un colmado teatro en el Parque de España. Un soplo sin amenazas de tormentas eléctricas; tan tranquilo como concreto y, sobre todo, alejado de las líneas abstraccionistas y brillantes de sus frías interpolaciones entre los años 40 y 50. Nada de bocanadas de exotismo, de fractura musical ni de efectismo vacío, sino una exposición supernatural del jazz más puro.
Hoy más que nunca Lee Konitz es un músico que parece estar oyendo realmente lo que toca. Y además, siempre se mostró comunicado con sus dos lugartenientes: un tremendo Ron McClure al mando del contrabajo y un solidario Jeff Williams en la batería. Un maestro de jazz en plena actividad a los 73 años, en profunda interacción y contrapunto con sus músicos.
Si bien es cierto que Konitz es mucho más que la etiqueta que hace muchos años le colgaron de músico de cool jazz, ya sea por haber salido de la escuela del pianista ciego Lennie Tristano o por haber sido reconocido internacionalmente tras su participación en el Miles Davis Nonet, también es cierto que la moderación con la que toca el saxo alto es una vieja marca a fuego que arrastra desde los años del cool. Su paso por las bandas de Stan Kenton, Gerry Mulligan y Miles Davis, significó un camino hacia aquel estilo medio blancuzco y medido que a fines de los 40 se acomodó a la par del agitado bebop. Por esto, Konitz fue algo así como el extremo opuesto del genial Charlie Parker y, partir de entonces, la historia del jazz no pudo escribirse sin su nombre.
Los fraseos transparentes de Konitz no necesitaron de amplificación alguna en el Parque de España. Sobre el escenario, apenas un pequeño amplificador para el contrabajo.
Konitz presentó una formación que muchas veces en el jazz puede resultar riesgosa en cuanto a sus resultados: un trío que carece de instrumento armónico. Sin piano o guitarra. En este sentido, la presencia de McClure fue más que importante para el sonido del grupo. Después de haber tocado alguna vez con el contrabajista inglés Dave Holland, Konitz debió saber que son muy pocos los músicos que pueden cargar con ese doble trabajo de la precisión del andamiaje rítmico y la ejecución de los solos, que McClure desplegó durante toda la noche con notable técnica y, a veces, con una elevada cuota de lirismo. Por eso, el bajista se llevó los mayores aplausos de la sala.
No hay manual para entender la música de Konitz, pero sí algunos datos útiles a tener en cuenta. Es de los jazzman que pone en acción aquella máxima del jazz tan cara a la hora de ponerla en práctica: "No importa lo que toques, sino cómo lo tocas". Nada de melodía original más improvisación más regreso a la pieza central. Su exposición es como estar armando un rompecabezas o jugar a los acertijos. El saxofonista no presenta el tema con nitidez: la melodía se halla escondido entre las notas y se convierte en disparadora de desarrollos profundos, como pequeñas frases que Konitz pasea por los distintos registros de su saxo. Entre estas notas, aparecieron agazapados títulos de un puñado de standars tales como "Todo lo que piensas que soy" y la bellísima "Te amo", piezas con las que abrió y cerró el recital.
La noche también tuvo un homenaje a Lennie Tristano que Konitz realizó sobre los acordes de "Fuera de la nada" y uno de los mejores momentos de la noche con "Body and Soul". Es cierto, la oreja tarda en acostumbrarse a la ausencia de melodía central. Konitz toca alejado de ese tipo de acordes, los bordea y juega con ellos disfrazándolos hasta hacerlos irreconocibles. Una extraña sensación de estar escuchando un tema que permanece ausente casi todo el tiempo. En este sentido, una verdadera lección de jazz, si es que esta música es el arte de improvisar y que improvisar significa construir una voz distinta a la del tema sobre el cual se está montado. Sí, el jazz también es un crucigrama.
El argentino Adrián Iaies —antes de Konitz ofreció su recital de sólo piano— se sumó al trío con "Alone Togheter" y, aunque tardó en salir del sopor, estuvo a la altura de las circunstancias. En este tema, el saxo alto del norteamericano se transformó en una voz lírica, densa y cálida, cosa de echar por tierra la mentada frialdad cool. El piano y el contrabajo acompañaron instintivamente, mientras que la batería abusó de los solos, enfriando la calidez de la interpretación.
En síntesis, la llegada de Lee Konitz a Rosario no será algo fácil de olvidar para quienes lo compartieron por una noche en el Parque de España. No sólo porque es la leyenda viva del saxo, sino porque también dio una clase magistral de jazz y porque sigue siendo un músico fiel a sí mismo. Fue una nube de sonido puro suspendido por 70 minutos sobre el agua marrón del Paraná.


Notas relacionadas
Los redondos jugaron de locales en Montevideo
Diario La Capital todos los derechos reservados