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 domingo, 27 de junio de 2004

Aikido, energía armoniosa

El aikido es seguramente la más desconcertante de las artes marciales: el ejecutante gira vertiginosamente con súbitos cambios de dirección, y armoniosos movimientos circulares con repentinas subidas y bajadas. Durante el aprendizaje, a través de ciertos conceptos, se aprende una forma y una estructura para incorporarlas a la práctica.

Estos principios se van incorporando, siendo difíciles de aprender precisamente porque intentan ser lo más imprevisibles posibles. Aquel quien confía en modos prefijados, se enfrentará con desventaja con un contrincante que conoce las formas, porque sus movimientos serán perfectamente previsibles. Muchas veces es necesario reaccionar ante los acontecimientos "sobre la marcha" cambiando constantemente para desconcertar.

Cuanto mayor sea el dominio del arte menos se recurrirá a la forma establecida, y más imprevisible y personal resultará. El aikido confiere la habilidad de cambiar y reaccionar instintivamente, sin pensar y con naturalidad frente a los otros cambios que afectan el transcurso de la vida. La práctica inicial empieza con una serie de ejercicios de calentamiento, que junto con el conocimiento gradual de las técnicas, conforman una especie de alfabeto que tiene en una primer fase el conocimiento del cuerpo y cómo responde a "nuestras órdenes".

Esto es lo que permite mantener la postura correcta y el adecuado modo de alinear el cuerpo. La correspondencia entre un movimiento y el siguiente, y la continuidad ayudan a lograr algunos de los objetivos del aikido: la sincronización, la búsqueda y formación de la unidad con el otro.

Arte apasible

Al observar con detenimiento la técnica, se destaca la fluidez y lo circular. Este arte trata de dominar el cuerpo con la mente de manera que ahondando en uno mismo se da el primer paso hacia una comprensión más profunda de esta disciplina física que conlleva la posibilidad de meditar en movimiento, lo que conduce hacia un autodescubrimiento interior.

En este pensamiento clásico y tradicional de origen oriental (japonés) los elementos se ordenan siempre sobre un círculo. Pero no siempre se utiliza el sentido de las agujas del reloj. Se trata de un arte suave, apacible. Ocupa, entre las otras, un lugar que permite diferenciarla porque es sutil, eficaz, considerada de una cierta sofisticación, y cuya práctica podría ir más lejos de su mera faceta marcial.

Aunque los movimientos se remontan y originan en técnicas de la invisibilidad, son los aportes de otras artes marciales las que permitieron al fundador del actual aikido, el maestro Morihei Ueshiba (1883-1969), agregar una serie de principios y formas que se basan en lo esférico: sumarse al oponente, crear unidad con ese otro que ataca y además ser uno con él.

Calma y bienestar

La ejecución de las técnicas requiere de una concentración absoluta que va adquiriéndose gradualmente. Es fundamental mantener la "mente vacía" y luego con el tiempo, agregar el ritmo. Este estado durante la realización de un movimiento es lo que produce una alquimia mental que luego se traduce en calma y bienestar. Por eso la práctica regular transforma al ser y lo convierte en un labrador de su propio espíritu. Comprendiendo esta armonía se puede adquirir energía vital, a través de ejercicios que cultivan la fuerza interior con movimientos flexibles que alivian dolencias.

A partir de la práctica, cualquier hombre o mujer sin importar la edad, logran aumentar la capacidad respiratoria, desarrollar autocontrol, experimentar tranquilidad interior, agudizar la sensibilidad y llegar al conocimiento de uno mismo.

Rolando Martín

Instructor de aikido del Centro Yoseki

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