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 domingo, 27 de junio de 2004

Para beber
Ley seca

Gabriela Gasparini

Qué tema la prohibición. ¿Qué efecto surte en sus destinatarios, cumple con su cometido o al revés, es un disparador para que la imaginación invente mil caminos para sortearla? Todos sabemos que desde el fruto prohibido transgredir puede producir una carga de excitación capaz de conmover hasta al más impasible, y esto es así aunque hablemos de pequeños actos cuasi inocentes.

Recordarán los que tienen mi edad y sobre todo mi estatura, la infinita satisfacción que producía burlar al acomodador y entrar a ver una prohibida de 18 cuando todavía no nos había llegado la hora, y además, toda la maquinaria que se ponía al servicio de semejante infracción. Pero qué pasa cuando la escala es otra, me refiero obviamente al alcohol, y las prohibiciones radicales, como el caso de la famosa ley seca impuesta en EEUU. Si bien desde el vamos demasiados intuían que esto no tenía sentido, nunca pensaron que la situación iba a tornarse tan incontrolable.

La ley Volstead, debe su nombre a Andrew J. Volstead, quien tenía la peregrina idea de que prohibir la venta de alcohol retrotraería a los ciudadanos estadounidenses a una añorada forma de vida puritana, dejada de lado cuando el contacto con las corrientes migratorias europeas se tradujo en un popurrí de costumbres libertinas.

No todos estaban de acuerdo con el método aunque jamás lo reconocieran en voz alta, o por lo menos eso pensaba un grupo de empresarios a los que esta restricción les parecía tan descabellada que para cubrirse las espaldas y salir lo mejor parados posible de la situación no dudaron en hacer aportes de dinero para ambos bandos, primero para llevar adelante la campaña seca, y más tarde para apoyar a la AAPA, una asociación que se proclamaba en contra de la aprobación de la controvertida enmienda.

Si bien sus miembros no estaban a favor de la ingesta desmedida de alcohol, no creían que la solución fuera la prohibición absoluta. Tal era el caso de John D. Rockefeller y familia, quienes observaban alarmados los efectos secundarios que la ley provocaba, y sabían que no iba a ocurrir lo que se esperaba: que el dinero ahorrado en bebidas se destinara a la compra de otros bienes, a pagar una mejor educación, o a la floreciente industria del seguro.

Ni bien la norma se hizo efectiva el 20 de enero de 1920, comenzaron los secuestros de camiones y los robos de cargamentos de alcohol, y en poco tiempo fueron numerosos los agentes del orden acusados de corrupción, que jamás serían encarcelados porque siempre había alguien un escalón más arriba a quien era posible comprar, o las pruebas que demostraban su culpabilidad desaparecían por arte de magia.

La política implementada lejos de descorazonar a los consumidores consiguió que los lugares para la venta clandestina de bebidas se incrementaran, superando ampliamente a los que hasta ese momento estaban abiertos de manera legal. Así, cumplir con el precepto que dice "hecha la ley, hecha la trampa" pasó a ser un mandato superior para los felices poseedores de una buena embarcación que pudiera acercarse, sin despertar sospechas, a las extensas costas norteamericanas imposibles de controlar en toda su magnitud, y una vez allí descargar bebidas traídas desde Europa o Sudamérica para satisfacer una demanda que crecía a un ritmo vertiginoso.

Uno de los métodos más ingeniosos fue el protagonizado por la goleta Rosie, que transportaba torpedos de casi cinco metros de largo y medio metro de diámetro, que se rellenaban con whisky de malta. En la parte superior llevaban una cámara de aire que permitía que flotaran y pudieran ser arrastrados a remolque en el agua sin ser vistos.

No sólo traficantes y gangsters llenaron sus bolsillos durante la ley seca, hubo médicos que hicieron fortunas prescribiendo recetas de whisky "medicinal" para sus pacientes. Fue el período de apogeo de la mafia durante el cual trabajaron con mucho esmero Elliot Ness y los intocables, pero Al Capone y sus discípulos no fueron los únicos beneficiarios de esta medida, varias de las familias más ricas de EEUU, lo reconozcan o no, iniciaron sus fortunas al abrigo de la prohibición. Recién en el año 1933 la ley fue derogada y se pudieron volver a tomar bebidas en público. Pero nada volvió a ser lo mismo.

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