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 sábado, 09 de junio de 2007  
Un menú de canciones románticas con un toque de dulzura mexicana
Julieta Venegas presentó el álbum “Limón y sal” en el teatro Broadway

Pedro Squillaci / Escenario

La dulzura es un buen condimento para las canciones. Esa es la receta de Julieta Venegas, la intérprete mexicana que debutó en Rosario para presentar su último disco “Limón y sal”, dos ingredientes que conviven sin afectar la esencia del plan Venegas.

Sorprendida y emocionada se vio la compositora oriunda de Tijuana cuando vio la respuesta del público rosarino. Revoleaba los ojos, se ponía la mano en el pecho, suspiraba. No esperó para nada que le propinaran elogios como “ídola” y hasta se le distinguió un brillo en la mirada cuando le corearon: “Te queremos, Juli, te queremos”.

Lo de Julieta Venegas no es resultado de la casualidad. Pese a que cuenta con un aparato promocional importante detrás, y sus temas rotan con frecuencia en las señales musicales, tiene con qué afrontar la oleada. Compone la mayoría de sus canciones, canta afinado, interpreta con sensibilidad y toca el acordeón con ductilidad. Desde allí se para como algo más que una nueva promesa en la canción latina y lo ratifica día a día.

El show fue breve y contundente. Apenas una veintena de canciones sin respiro pero con una dinámica que hizo que el clima nunca decaiga. Delante de tres pantallas circulares que ilustraban temáticamente cada canción, Julieta ingresó con “Canciones de amor” y “Algo está cambiando”, como para ir calentando motores.

Una banda afiatada, con dos guitarras, bajo, teclados y batería, se ponía en sintonía con la sutileza de la cantante. Sin estridencias, sin golpes de efecto, con medios tonos, apelando a un tratamiento sensible sin ser sensiblero. Las canciones de Julieta hablan de amor y desamor, y a partir de allí bucean en las virtudes y defectos de los comportamientos humanos, siempre en relación al vínculo afectivo.

En “Lo que pidas”, Venegas se calzó el acordeón y demostró que también puede ser una buena instrumentista. El acordeón le da un toque latino a sus canciones y las tamiza con un colorido que le da un sello de identidad. Más allá de que sus ritmos pivoteen sobre el pop, el rock, las baladas y algún que otro ritmo centroamericano, lo fuerte pasa por la combinación de su voz y el acordeón. Allí se ve la auténtica Julieta Venegas, la que marca la diferencia entre otras cantantes de habla hispana.

“Oleada” mostró a una cantante que buscó la participación del público. La idea era que la gente imite las olas del mar con sus brazos en alto, y en un principio cientos de personas se plegaron a la propuesta. Pero todo quedó allí. La temperatura subió con “Limón y sal”, en un ritmo más cerca del funk, y todo explotó con el último corte de ese disco: “Eres para mí”. Allí sí la gente se puso de pie y se lanzó a disfrutar. Era el tema necesario para que todos se suelten. El aire reggae se apoderó de la escena y Venegas, quien mantuvo durante todo el show movimientos sensuales y elegantes, se largó a rapear como un pibe del Bronx.

La despedida ya llegaba y qué mejor que el tema “Me voy”. “No voy a llorar/ y decir me voy/ qué lastima pero adiós/me despido de ti y me voy”, entonaba Julieta. Las manos en alto y las voces cantando al unísono cerraban la ceremonia, pero muy lejos de un adiós y más cerca de un hasta pronto.
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Julieta Venegas briló con su acordeón en su debut en Rosario.

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