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domingo,
06 de
noviembre de
2005 |
Artimañas de
película para
licuar el capital
de una cerealera
Cuando empezaba a develarse que la cerealera Granero Argentino reclamaba tras la máscara de empresas falsas un crédito que en total rondaba el millón de pesos, la firma intentó una nueva artimaña: simuló la venta de la mitad de su patrimonio a una extraña sociedad que ni siquiera estaba inscripta en la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip).
La cesión de bienes destinados a saldar deudas se descubrió justo en el momento en que estaba por incautarse el capital de la cerealera, que en el futuro sería vendido para cancelar los créditos. Fue entonces cuando en el juzgado Civil y Comercial Nº 13 advirtieron que la mitad del patrimonio a liquidar había pasado a otras manos.
En efecto, cuando el oficial de justicia llegó desde los Tribunales de Balcarce y Pellegrini a la planta de Granero Argentino ubicada en el kilómetro 3,5 de la ruta 34, un cordón al estilo de un vallado policial dividía al medio las instalaciones. Un profesional que presenció aquel operativo contó que cada sector estaba señalizado por un letrero. Lo que había quedado a la izquierda de la soga -una casa de familia y galpones de escaso valor- era Granero Argentino. El sector donde estaban los silos, las máquinas, el personal y el cereal acumulado decía llamarse "Jubileo S.A.".
Fechas discordantes
La artimaña para licuar el capital pronto saltó a la vista. La supuesta venta de bienes por parte de Granero Argentino a Jubileo se había efectuado antes de la quiebra, según los papeles, el 1º de julio de 2000.
Pero Jubileo recién fue constituida como sociedad 26 días después de esa operación. Ni siquiera estaba anotada en la Afip, no tenía el alta para operar en el comercio de granos y tenía como director responsable a un ex empleado de Granero.
Al tiempo, Jubileo presentó una demanda en un juzgado de Villa Constitución. Pretendía entregar el cereal depositado en sus silos a la firma Algarrobal Viejo S.A. Pronto el síndico y los verdaderos acreedores sospecharon que se trataba de una nueva maniobra para dejar el capital en manos de terceros. Una vez más, se advirtió el mismo juego: Algarrobal Viejo era el nombre de una firma fantasma. Tenía como presidente a Romero Acuña, el mismo que presidía las falsas Naipa y ByM. Más adelante, el juzgado ordenó vender ese cereal para repartir los dividendos entre sus verdaderos destinatarios. Pero, según una fuente de la causa, cuatro empresas transportistas se negaron a realizar el traslado porque recibieron amenazas telefónicas.
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