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 miércoles, 28 de julio de 2004

Los argentinos y el optimismo informado

Carlos Duclos

Alguien dijo que "un pesimista es un optimista bien informado". En este contexto podría asegurarse que una buena parte de la población argentina está bien informada, a pesar de las buenas nuevas que llegan desde el gobierno, potenciadas por algunos comunicadores nacionales. Informantes unos que parecen estar convencidos de lo que afirman y otros que aunque no lo crean tanto ello no importa demasiado, porque al fin y al cabo informar puede ser una vocación, pero también un interesante negocio. Es decir, razones no faltan para que esta buena porción de argentinos vivan en el pesimismo y el escepticismo o lo que es lo mismo, según reza el refrán, en el optimismo informado. Como al pasar puede decirse que hay, por lo menos, 17 millones de optimistas a quienes la realidad, y no los discursos de funcionarios y comunicadores, se encarga de informar no mediante palabras, sino por la inmisericordiosa pobreza que los aflige. Siendo esta una tierra bendita y fecunda no puede haber mayor paradoja, ¿verdad? Diecisiete millones, esa es la cifra de la ignominia y de la desgracia; esa la cifra de los argentinos empobrecidos hasta límites humillantes para la dignidad humana. Claro que como otros males afectan al país -como la ola creciente de violencia, la denegación de justicia, la inseguridad jurídica, los delitos y la arbitrariedad- la cantidad de optimistas bien informados es aún mayor.

Los números y coeficientes sobre la tasa de desempleo, por ejemplo, siguen siendo alarmantes y los pronósticos nada halagüeños. Los estudios serios indican que la caída de la desocupación y la creación de empleo se frenaron en el primer trimestre de este año. El desempleo, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, se ubicó en el 14,4 por ciento, pero lo cierto es que si se considera como desempleados a quienes perciben el plan Jefes de Hogar la tasa de desempleo real es del 19,5 por ciento. Pero el drama no acaba aquí, pues al subempleo, es decir aquellos que viven de un empleo provisorio o que no alcanzan a trabajar 35 horas semanales le corresponde una tasa del 16 por ciento. Es cierto que en los tres primeros meses de 2004, el producto bruto interno creció 10,4 puntos, la proporción más alta desde 1993. Pero la tasa de empleo cayó 0,2 por ciento respecto del último trimestre de 2003, lo que implica la desaparición de más de 13.000 puestos de trabajo. La realidad dice que la pobreza afecta a 47,8 por ciento de los 37 millones de habitantes. Todo esto desnuda una verdad: el mercado interno no se expande y la utilidad por el crecimiento económico, que en buena medida se debe al milagro de la soja, no parecer tener como destino satisfacer las necesidades de la comunidad ¿Acaso es cierto lo que sostienen algunos que el gobierno cumple prioritariamente con las exigencias de los acreedores? Desde la devaluación, el poder adquisitivo de los trabajadores no sólo cayó en picada, sino que poco falta para que se estrelle debido al aumento de muchos precios, entre ellos los que forman parte de la llamada canasta familiar básica. El salario promedio en el país es de 670 pesos y la mayoría de los nuevos puestos de trabajo formales están por debajo de esa cifra, ya que el salario de ingreso es de 400 pesos en el mejor de los casos. Es decir, si bien es cierto que el índice de desocupación ha tenido una baja, las remuneraciones correspondientes a estos nuevos empleos están bien cerca de los límites de humillación.

La Argentina y sus protagonistas se parecen mucho a un moribundo cuyos signos vitales están seriamente comprometidos. De pronto una leve compensación, un sutil repunte que no trae consigo ninguna garantía hace que un galeno irresponsable transmita una verdad relativa a la familia que sale a festejar mientras el fantasma de la muerte ronda entre todos riéndose de tanta vana esperanza. La metáfora está llena de pesimismo, pero ¿qué debate serio, qué planificación responsable, qué actitud madura, qué hecho auspicioso hace pensar que uno no debería ser un optimista informado?

Armand Du Plessis, más conocido como el cardenal Richelieu, decía que para conducir bien un Estado "hay que escuchar mucho y hablar poco". Si algo está más lejos de este aserto es la actitud de los gobernantes argentinos quienes no conformes con sus discursos cargados de persuasión que tiene a la verdad relativa como espíritu rector, transcurren largo tiempo de su función empeñados en hablar mucho y ejecutar peor. Abundan las peleas, controversias y la disputa por el poder como si la existencia argentina admitiera tales desvaríos. Un repaso rápido sobre la situación argentina nos permite advertir este cuadro de situación: una economía en manos exclusivas del ministro Roberto Lavagna que no puede eludir los compromisos internacionales y que los honra, aprovechando el viento favorable del superávit y la generosidad de los contribuyentes, a costa de un mercado interno que sigue en terapia intensiva; una justicia que está absolutamente desprestigiada por culpa de jueces que ocupan lugares inmerecidos, que hacen de la hipocresía un culto porque acuden al derecho y hacen justicia de acuerdo con los tiempos y circunstancias políticas; una seguridad que es una entelequia porque si algo prospera en el país es la inseguridad; una educación libre, gratuita y obligatoria que sigue por el piso; un sistema de salud pública que en muchos casos sólo puede ofrecer la dramática opción de la paz de los cementerios.

Con todo, los dirigentes siguen groseramente lanzándose diatribas y amenazas, comprometidos en peleas internas e infames, disputándose el poder. No vale la pena recordar frases célebres de los últimos días pertenecientes a los hombres del gobierno. Volviendo al astuto e inteligente cardenal francés, es bueno recordar otra de las frases que lo caracterizaron: "Dadme seis líneas escritas por el más honrado de los hombres, y hallaré algo en ellas para colgarlo". La temeridad y sagacidad de Richelieu haría temblar a más de un hombre de la política argentina si existiese la posibilidad de ser sometido a su juicio, porque aquí lo que no faltan son los sueltos de boca. Claro que esta ligereza de expresiones no es inocente, sino por la tranquilidad de saber que aquí se puede aún instalar quimeras sin temor al reclamo.

El drama argentino parece ser el reinado de la arbitrariedad y el egoísmo, la defensa a ultranza y rayana con el absolutismo y despotismo de las propias ideas sepultando las de los demás. Aquí están ausentes virtudes como la solidaridad, la tolerancia y la disposición de ánimo para convocar a todos los hombres talentosos y de buena voluntad, sin importar su signo político o credo ideológico, a establecer bases mínimas de convivencia y planes elementales de crecimiento tendientes a restaurar el bien común. ¿Qué cosa se puede esperar, entonces sino que cobre fuerza el optimismo informado?

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