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 sábado, 04 de octubre de 2003

Por la ciudad
La ciudad más limpia no es la que más limpia

Adrián Gerber / La Capital

Una señora lanza a la vereda una bolsa de basura desde el balcón de su departamento. Un señor tira un bollo de papel por la ventanilla de su auto. Un joven saca a pasear al perro y mira para otro lado cuando la mascota hace sus necesidades. Un grupo de amigos se va de picnic al parque pero nadie levanta los restos de comida ni las botellas de plástico. Un vecino saca los residuos fuera de horario. Estas son sólo algunas de las imágenes cotidianas que se reiteran a lo largo y ancho de toda la ciudad.

Como bien se dice, la ciudad más limpia no es la que más limpia, sino la que menos ensucia. Y una encuesta que La Capital publicó hace algún tiempo daba cuenta de esto: el 54 por ciento de los rosarinos reconoce que si la ciudad está sucia se debe, en gran medida, a la conducta de sus propios habitantes.

Es medular que el municipio garantice la limpieza permanente de los espacios públicos, una eficiente recolección de residuos, la instalación de cestos en las zonas más transitadas y un sistema de contenedores que abarque a toda la ciudad. Porque el estado en que quedan las calles, con las bolsitas amontonadas en las veredas y tras el desparramo que hacen los cirujas, es impresentable.

Pero también es imprescindible que para que Rosario mantenga un buen aspecto, en la sociedad debe existir una fuerte conciencia cívica sobre el cuidado de los espacios comunes. Si no, no hay batallón de barrenderos que pueda mantener limpia la ciudad.

Sólo basta pasar por un parque un domingo al caer el sol para darse una acabada idea de la magnitud del problema. En el parque Independencia, por dar sólo un ejemplo, todos los lunes a la mañana los empleados de limpieza llenan por lo menos 15 bolsas de consorcios sólo con la basura que la gente tira en el Laguito.

Este es un problema básicamente educativo. Los espacios públicos son de todos, pero algunos creen que eso les da derecho a hacer lo que quieran, a comportarse con desprecio. Sólo una parte de la sociedad asume sus obligaciones y responsabilidades con respecto al cuidado y la higiene de la ciudad.

Y también hay actitudes ejemplares. El sábado pasado casi un millar de voluntarios de la comunidad religiosa mormona realizó una jornada de trabajo solidaria para limpiar distintos lugares de Rosario, como frentes de escuelas y hospitales, plazas y parques.

Incluso a nivel mundial, porque el problema de la basura no reconoce fronteras, existe una campaña que se llama Clean Up The World (A Limpiar el Mundo), que está impulsada por el Programa de la Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La misma se realiza cada tercer fin de semana de septiembre y consiste en una jornada comunitaria de limpieza en distintas ciudades de casi 100 países.

Sería importante que las organizaciones sociales y la propia Municipalidad de Rosario se sumen a esta iniciativa internacional como parte de una estrategia más agresiva para despertar la conciencia ciudadana sobre las formas adecuadas y responsables de deshacerse de la basura.

Si la gente limpia con sus propias manos los espacios públicos, aunque sea una vez al año, podría darse cuenta del daño que causa cuando se comporta de manera desaprensiva con la ciudad.

¿A quién no le gusta vivir en una ciudad limpia? Por eso, cada uno debe hacerse cargo de la basura que genera. Es decir, respetar simplemente elementales normas de convivencia.

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