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 domingo, 28 de septiembre de 2003

Chile: El poeta y el mar
Museo en la casa habitada por el pintor Pablo Neruda en Isla Negra

Oscar Pinco

Una manera de evocar al genial poeta chileno Pablo Neruda, de cuya muerte se cumplieron 30 años, es visitar la casa de Isla Negra. Allí escribió parte de su obra y descansan sus restos desde hace once años.

Esta casa, que está a 130 kilómetros de la ciudad de Santiago y a 80 del famoso balneario de Viña del Mar, al igual que las otras dos que el poeta tenía en Chile "La Sebastiana", en Valparaíso, y "La Chascona", en Santiago, se ha convertido en museo.

La casa de Isla Negra impacta por la belleza del lugar donde está enclavada, en una playa a orillas del mar y también por la diversidad de rarezas que cobija. Desde el interior, a través de los ventanales, el Pacífico se muestra embravecido, voluptuoso.

También están allí los enormes mascarones de proa que reflejan la pasión del artista por el mar y los barcos. Entre ellos La Medusa, de madera pintada y La María Celeste, de caoba lustroso.

En la casa-museo se destaca un enorme timón de madera y elementos que pertenecieron a viejos navíos, como faroles y lámparas, y un rústico escritorio de madera oscura que se dice rescató de un naufragio. En este escritorio finalizó su obra póstuma: "Confieso que he vivido".


Piso de caracoles
La historia de Isla Negra comenzó en 1939, cuando Neruda contó que había encontrado su casa de trabajo. El piso de la casa está recubierto de caracoles y conchillas, que al transitarlo descalzo produce una suerte de masaje relajante. Esa fue una de las modificaciones que introdujo en la vivienda comprada a medio construir. "Un antojo", diría luego.

Allí vivió con la plástica y escritora argentina Delia del Carril, su segunda esposa, con la que se había casado en 1934 y también con su última mujer, Matilde Urrutia.

Las tumbas de Pablo y Matilde están en el jardín que amaron, de cara al Pacífico. En un costado del verde, el gran Pablo armó su propio cafetín, lugar en el que recibía a sus amigos bohemios y a otros poetas, todos amantes, como él, de la buena bebida. Para ellos se vestía de barman y preparaba tragos.

Al cafetín no se puede entrar, pero atisbando por los vidrios aún se ve una gran colección de botellas, de diferentes formas y colores, testigos de aquellas reuniones.

También en ese espacio verde se levantó un maderamen de forma triangular, con un campanario, que semeja una barcaza de madera encallada. Desde ese sitio el poeta solía mirar el mar, diciendo que era "un marino de tierra firme".

Pero es en la torre del piso superior, en el dormitorio al que le hizo colocar ventanales redondeados, donde una anécdota lo pinta de cuerpo entero.

Dicen que día tras día colocaba su cama en forma oblicua para disfrutar del mar con su inseparable catalejo y que también todos los días quien limpiaba la casa corría la cama contra la pared.

Hasta que ya harto de tanta incomprensión el poeta le pidió al carpintero que fijara definitivamente la cama en su posición preferida. Que no era otra que mirando al mar.

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