Año CXXXV
 Nº 49.628
Rosario,
domingo  13 de
octubre de 2002
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Belén de Escobar: Una sensación de libertad
Flamencos, cebras, tigres de Bengala, hipopótamos y canguros caminan libremente por el parque Temaiken

Corina Canale

En Belén de Escobar, la ciudad bonaerense de las flores y los viveros, a 50 kilómetros del Obelisco, está el parque Temaiken -"tierra de vida" en lengua tehuelche-, inaugurado 20 de julio pasado y que ya recibió más de 200 mil visitantes.
Un lugar donde la vida se siente intensamente y donde se experimenta una placentera sensación de libertad. Pero de libertad desde ambas partes, y tal vez esa sea la mayor diferencia con los zoológicos tradicionales. En Temaiken los animales están tan libres como los hombres que caminan por senderos y pasarelas.
En Temaiken el visitante puede "adoptar", simbólicamente, un tigre o un hipopótamo, o si lo prefiere un antílope sable o un robusto colobo blanco y negro. La contribución del adoptante, que de eso se trata, ayudará no sólo a cuidar al animal sino también a seguir investigando.
En el centro de atención al visitante informan sobre cómo completar este trámite, que es simple y rápido, luego del cual se puede partir con un portaretrato del animal y una ficha técnica de la especie, y también con la promesa, cierta, de que le enviarán datos del cuidado y la evolución de su criatura.
Tal vez uno de los sitios que más conmueve a los visitantes adultos es el rincón azul donde "el agua cuenta su historia", cuyo mensaje, clarísimo, es la necesidad de tomar conciencia sobre el cuidado que debemos tener con ella.
Esta necesidad está perfectamente simbolizada por un enorme globo terráqueo, que gira lentamente, y una canilla que derrama agua hacia el cosmos. Y por una leyenda que desde una pantalla gigante alerta a los hombres del mundo.
Muy cerca hay varias maquetas, entre ellas "El mar nos pide ayuda", que muestra el fondo marino asediado por basura y restos de naufragios. Y conviene saber que todo lo relacionado con el agua y su cuidado se puede ampliar a través de pantallas de computación.
Las 34 hectáreas del parque permitieron que se transplantaran más de 1.000 árboles y arbustos, de entre 8 y 20 años, ubicados estratégicamente para reproducir los hábitat naturales de cada especie. Así, al entrar al parque, los flamencos rosados, de plumaje rosa intenso, se pasean junto a los juncos que rodean una laguna de aguas claras. Desde allí, como por arte de magia, los ruidos urbanos de Belén de Escobar dejan de percibirse y sólo corta el silencio el canto de los pájaros.

Cebras y grandes ardillas
Cerca de los flamencos está la pradera habitada por las cebras, un lugar bucólico, y más allá, los dominios de los suricatas, una suerte de ardillas grandes que habitan los desiertos de Namibia y Botswana.
Al recorrer Temaiken se advierte que allí no se abusa de los molestos altoparlantes, que tanto alteran a visitados y visitantes. Y es notoria la limpieza del predio, cuya infraestructura es una profusión de maderas, tientos y rústicas empalizadas de troncos, un estilo despojado que se mantiene en los reductos gastronómicos, muchos y para todos los bolsillos.
Uno de los rincones más visitados del parque es la morada de los tigres de bengala, con grandes rocas, un cerro pequeño y una laguna en la que Sandokan, un soberbio ejemplar de 250 kilos juega con una pelota. Para mirar a los tigres se puede elegir un alto mirador de troncos, o el plano bajo de una pared vidriada donde los ojos de las fieras alucinan.
También los hipopótamos tienen su propia laguna, flanqueada por paneles de vidrio, donde la cercanía con el espectador es tanta, apenas un metro, que cuando la enorme boca del animal se pega a la pared, el visitante, instintivamente, retrocede. Asomar la cabeza sobre la empalizada y ver a los hipopótamos nadar tan ágilmente, como si fueran peces, es un espectáculo sobrecogedor.
Mucha ternura hay en los movimientos de los extraños canguros de cuello rojo, traídos de la isla australiana de Tasmania, que a saltitos recorren el parque con una pequeña cabecita que sale de su panza a espiar el mundo.
Pero es en el acuario donde el encuentro con la fascinante vida de los lechos, los fluviales y los marinos, atrapa a los visitantes. Al lugar se ingresa por un corredor de piedra, donde el suelo azul, la temperatura baja, la luz tenue y la música clásica y suave crean un clima muy especial.
Allí está la bióloga Carolina Beltrami, dispuesta a informar sobre ese espectáculo que reproduce barrancas costeras, pozas de marea, cauces profundos y la vida en los océanos. Un mundo que muestra los colores de las profundidades, desde azules y anaranjados hasta verdes suavísimos.
Es, sencillamente, el mar visto desde abajo, la vida marina al alcance de la mano. Aquí es preciso estar muy atento para no perder el paso de un soberbio tiburón moteado, que se cruza con el raro pez angel y una inmensa raya.



El parque tiene una extensión de 34 hectáreas de verde.
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