Año CXXXV
 Nº 49.386
Rosario,
domingo  10 de
febrero de 2002
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El conflicto ético del tratamiento de la noticia queda sometido a los intereses
Cuando la TV aprieta el gatillo
Un intento de suicidio mostró cómo algunos medios ponen su estilo informativo por sobre la vida

Hernán Lascano / La Capital

Durante dos horas, hasta que finalmente se pegó el tiro, un hombre desesperado estuvo en el hall del canal Crónica TV amenazando matarse si su ex mujer no acudía a su encuentro. Dos meses atrás un funcionario municipal de Tandil había llamado a una conferencia de prensa para quitarse la vida tras anunciar su decisión. La mediación que en TV transforma cualquier aspecto de la vida en espectáculo tiene, en los medios de prensa, límites éticos difusos y poco explorados. Un aviso suicida suele ser un reclamo de ayuda pero ciertos grupos televisivos subordinan esa demanda, o la violencia íntima y pública de emitir ese drama, a sus intereses materiales y simbólicos como empresa. Que se defienden con pretextos ideológicos demagógicos y hasta farsescos: el derecho de la audiencia a la información, la ventaja de la primicia o, incluso esta vez, el acatamiento al dictado de un desesperado.
En 1998 un incidente como los dos recientes puso todos esos temas en debate en EEUU Daniel Jones, un enfermo de HIV de 40 años, incendió su camioneta en una autopista de Los Angeles en plena tarde y a hora pico de tránsito. Protestaba porque su compañía de salud no cubría el costo de su necesario tratamiento. Seis cadenas de TV fueron a cubrir el hecho en vivo y conversaron con él. En un momento Jones extrajo un arma y la apoyó en su cabeza. Desde ese instante hasta que se voló el cerebro transcurrieron once segundos. A cuatro de las seis networks ese lapso les sirvió para dejar de transmitir, pero dos completaron la secuencia.
Millones de televidentes miraban en vivo el show -que eso era- y entre ellos estaba la madre del suicida. Miles llamaron indignados para quejarse e insultar por la emisión que tuvo como público, decían, a millares de chicos. En general las redes se disculparon. Pero, pese a que fueron fuertemente multadas, las dos que emitieron la muerte en directo no lo hicieron. El director de noticias de UPN Channel 13, Steve Cohen, se atajó. "Era la hora pico y había un hombre con un arma en la autopista. Es una historia noticiosa legítima. No queríamos mostrar eso (el suicidio) pero sucedió más rápido que nuestra capacidad de responder", planteó. Su colega del canal KTLA, Jeff Wald, directamente defendió la cobertura. "Nuestro negocio no es la censura sino las noticias. Nuestro deber es decirle a la gente qué pasa".

La realidad como espectáculo
El argumento de Wald suele ser el de Crónica TV. Esta última vez, sin embargo, este canal no lo utilizó a fondo. Sus autoridades plantearon que se vieron apremiadas por un hombre que para no matarse exigía que el medio mediara. Y que poner en vivo su demanda fue intentar preservar su vida.
Lo no dicho es que al estilo informativo de Crónica la demanda de Castillo, que por eso eligió ese canal, era perfectamente funcional. Y que emitir a un hombre en primer plano con una pistola en la boca entre las 4 y las 6.42 de la tarde era evitable: los mismos dispositivos que permiten a un medio construir un acontecimiento hubieran servido para convencer al potencial suicida de que se estaba emitiendo su reclamo sin que eso ocurriera. Bastaba poner un monitor con la toma de la cámara que lo registraba. Pero Crónica TV alega que pone al aire a Castillo para preservar su vida y desbarata ese argumento al demorar apenas seis minutos en hacer un replay de la escena del disparo, cuando la amenaza del suicidio ya no existía. La prioridad no era la vida del desesperado sino la historia que ofrecía. Que prometía su posible muerte.
En un ámbito regido por reglas del espectáculo y por la apelación a lo popular, la aflicción de un hombre dispuesto a matarse por un desengaño amoroso ofrecía dos atributos muy valiosos: una historia popularmente emotiva (por eso generadora de identificaciones múltiples) y una historia en vivo y por eso muy verosímil. Una tentación que en empresas reguladas por la coacción de la primicia y -como decía el sociólogo Pierre Bourdieu por el "pánico de resultar aburrido"- prevaleció sobre la posibilidad de exhibir una muerte violenta y la chance de desalentar -ya en serio y no como pretexto- el propósito suicida.
Ese cruce de géneros que mezcla lo informativo, el drama y lo paródico genera identificaciones que, para Crónica, son un sello y a la vez un reaseguro en cuanto a insumos noticiosos: Si Castillo eligió ir a Crónica TV fue porque supo, en virtud de la lectura del género que él mismo hace como televidente, que su historia servía en ese medio y tal vez no en otro. Héctor Lorenzo, director de Crónica, revelaba la letra de ese contrato tácito en una nota de 1999. "Lo mejor que tiene Crónica es el nombre. Es un nombre que tiene sangre, que tiene sangre de pueblo. Por eso, por más que las empresas televisivas tengan todas figuras, el medio al que más llama la gente para hacer denuncias o para decir qué sucedió es Crónica, televisión o diario".
La invocación de las expectativas y deseos del público para mostrar un posible suicidio supone, además de un propósito opuesto a la noción de informar, una violencia a la intimidad planteable en términos éticos. Que la ética sea usada como bandera para imponer censura en el campo periodístico es un problema cierto pero motivo de otra discusión: esgrimir el derecho a la libertad de emisión cuando un hombre puede matarse ante las cámaras es un argumento demagógico y violento. "Mi hermano se mató justamente para que mi familia no lo viera morir de sida. Y a su muerte nos la mostraron por TV", había dicho la hermana de Daniel Jones al diario Los Angeles Times en 1998. Hace cuatro días los dos hijos, los hermanos y la madre de Castillo también eran parte de la audiencia que veía si tiraba o no del gatillo.
En el caso del suicidio, además, es grave la exhibición del discurso y el método de una persona que intenta quitarse la vida ya que ambas cuestiones, hacia personas angustiadas, pueden generar mecanismos identificatorios.
En tanto estas cuestiones queden libradas a la conciencia editorial de cada grupo informativo, en lugar de un código de reglas éticas de aplicación general, en cuya confección participen trabajadores de prensa, medios, entidades defensoras de los públicos y el Estado, las posibilidades de reiteración de casos como el de Castillo seguirán en pie. Siempre es posible que la ética de los políticamente más fuertes se imponga como ética absoluta en ese debate. Pero difícilmente alguien -en nombre de las empresas o los trabajadores- esgriman desde allí el derecho a transmitir un suicidio en vivo a la hora de la merienda.



Castillo es asistido luego de dispararse en Crónica.
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