Mauricio Tallone / La Capital
Qué distantes parecen haber quedado aquellos entrenamientos en el club Rugby Uncas de Tandil cuando Daniel Teglia intentaba cocinar a fuego lento su idea de equipo para el Clausura 202. Cuánta agua se ha deslizado por el intermitente barranco canalla en las últimas semanas en cuestiones financieras y otras yerbas. Si hasta aparenta que aquel regreso anticipado de la pretemporada -incumplimiento de promesa de pago y affaire de la parentela jugadorista mediante- simula formar parte de una secuencia lógica del anecdotario de un club en trance como Central. Pero en este universo terrenal donde todo tiene su costo y a la vez su encanto, el técnico canalla concilia una peligrosa seducción propia con algunos sucedáneos ajenos. Por eso, detrás de ese hermetismo forzado y de la tibieza verbal que ha instrumentado en las últimas semanas para abordar cualquier tema relacionado con el equipo -entiéndase refuerzos-, late el corazón de un hombre aturdido por las circunstancias y desbordado por una realidad que intuía, aunque hoy se le haga casi imposible enfrentar. Y más allá del color y del cuño estético con que cada uno pinta sus sueños, Teglia sabe posta que fue ratificado para pelearle al bendito fantasma del descenso porque sus honorarios eran los que más se acomodaban a las acorraladas arcas de la institución. Pero la ambición del hombre siempre es el plus movilizador para derribar cualquier barrera que se interponga. Cumplir con la leyenda personal es aquello que siempre se deseó hacer. Y todas las personas saben, al fin de cuentas, cuál es su leyenda. Quizás estas palabras reclutadas más o menos del Rey de Salem, uno de los personajes de la novela "El Alquimista", del brasileño Paulo Coelho, hayan obrado de eje impulsor para terminar de redondear el pensamiento del conductor auriazul. Un tipo que a partir de hoy deberá consumir sus horas-trabajo enredado en una telaraña de malezas y en medio de la tilinguería mediática.
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