La investigación cuantitativa y cualitativa sobre el rol de las mujeres en contextos de crisis familiar, por ejemplo ante la pérdida de empleo del varón, revela las diversas formas en que saben ponerle el pecho a la adversidad. En esas situaciones, son ellas las que sacan a relucir una batería de capacidades que hasta entonces habían permanecido resguardadas para el ámbito estrictamente doméstico. Conocimientos de costura y tejido, de cocina y repostería, de cuidado de niños y ancianos o de limpieza de la casa pasan a ser herramientas esenciales para hacer frente a la situación. Esa capacidad de respuesta redunda, paradójicamente, también en una disposición a aceptar condiciones de empleo más precarias, trabajo en negro y menor remuneración. Un factor que, a la larga, se les vuelve en contra. También suelen ser las mujeres las que tienden las redes para tener acceso a una serie de beneficios sociales que están disponibles en el barrio, como dispensarios, comedores, ayuda brindada por parroquias, vecinales y otras instituciones. Como si todo eso fuera poco, frecuentemente son, además, las que bancan la angustia (y su catarata de efectos) de la pareja y los hijos.
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