Rodolfo Bella
La compañía Rosario Imagina estrena pasado mañana "Exiliados. Las cuatro estaciones de Joyce", una reescritura de textos de James Joyce, Samuel Beckett y August Strindberg, bajo la dirección y puesta en escena de Rody Bertol. "Joyce dice que uno puede estar exiliado no tanto en la propia ciudad, sino en el deseo. El revés de la trama es un peregrinaje constante de un grupo jóvenes". Los tres temas fundamentales de la obra son el viaje, la ilusión y el sueño, y en la reescritura Bertol contextualizó la historia en la década del 70, un período de la historia argentina "con proyectos e ilusiones", dijo el director. En ese sentido añadió: "En este momento el mito de la mayoría es la posibilidad de irse", de desandar el camino que hizo una generación. La obra, con la cual la compañía recuerda los diez años de su creación, subirá a escena los viernes de junio, a las 22, en el teatro La Manzana, San Juan 1950. El elenco está integrado por Pilar Casanova Ferro, Fernanda Dimaio, Noelia López, Analía Saccomanno, Soledad Spino, Sebastián Martínez, Ajelandro Rodríguez y Federico Tomé. -¿Qué temas aborda la obra? -Los tres temas fundamentales que trabaja son la idea del viaje, de la ilusión y del sueño. Esa cuestión de que todos los seres humanos estamos yendo hacia alguna otra parte, insatisfechos con lo que tenemos y buscando algún paraíso. Esta idea del viaje como utopía que quizás tenga que ver con que el hombre fue nómade en un principio y en parte, la idea de la obra es que lo seguimos siendo, que el viaje nunca termina, que el hombre siempre está en un estado perpetuo de viaje, que no llegamos nunca a ninguna parte. -¿El placer no está en el objetivo sino en su búsqueda? -Esa es una cuestión importante en la obra: la idea no es llegar a una parte, sino que el placer está en el movimiento y que la felicidad está siempre un paso más allá, en la próxima estación. -¿Qué vínculo encontrás con la realidad? -No sé si lo podría fundamentar, pero los rosarinos tenemos mucho de esto. Como somos una ciudad descentralizada, al menos los teatreros pensamos que el tema está en otro lado, que tenemos que pasar por ese trance de decidir si nos quedamos acá o nos vamos. Y si nos quedamos acá siempre queda la duda de si hicimos lo correcto. -¿Quiénes son los personajes? -Son un grupo de jóvenes solitarios, perezosos, falaces, todos heridos y universalmente incompetentes, que se van definiendo siempre por un gesto, por una acción muy precisa. También hubo algo inevitable: aparece muy sutilmente una referencia al tema de los desaparecidos, pero no como una cuestión histórica sino como una reflexión de tipo espiritual sobre la idea de la vida y de la muerte. -¿Cómo se inserta en la trama? -Fue a partir de uno de los textos de las escenas que pertenece a Beckett, en la cual un personaje dice desde la oscuridad "y yo fui una noche de 30.000". Me pareció que se resignificaba esa cifra. Así apareció en esta obra un tema que pensé que nunca iba a tocar porque no trabajo mucho lo social o lo histórico. Apareció con un grupo de jóvenes actores que no vivieron los años 70 y eso me pareció inquietante. -¿Entendés la década del 70 como el momento de un proyecto frustrado? -La época responde a una cuestión histórica e ideológica por el hecho de haber trabajado la cuestión de la ilusión, de una generación con una fuerte ilusión. Por otro lado respondía a que mi adolescencia fue en los 70 y era un poco tratar de rescatar las imágenes de ese período, de los temas que escuchábamos de Los Beatles, de los Rolling Stones. Desde este enfoque era la cuestión personal de remitirme a aquellos jóvenes que yo veía tan gigantescos, y por el ideológico, el enfoque de aquellos otros jóvenes, que al menos en ese momento fueron los que tuvieron una fuerza y una ilusión muy grande. -Esa desilusión no es un capital sólo de los rosarinos... -No. Sin dudas este país está muy atravesado por los que vinieron, los que se vuelven, los que se van. Todos descendemos de generaciones que vinieron de los barcos también con una ilusión, y ahora el mito es que la mayoría piensa en la posibilidad de irse, y en muchos es un hecho. Es un país que está muy atravesado por esa problemática. -¿Cómo llega la unión entre Beckett y Joyce con Strindberg? -De Beckett trabajamos su reflexión sobre el paso del tiempo; de Joyce, la cuestión del viaje y el exilio, y de Strindberg, la cuestión de la ilusión. Strindberg es un poeta mucho más lírico, más candoroso. En realidad, al lado de Beckett y de Joyce, Strindberg parece medio naif. -¿Cómo apareció en el grupo "Mateo" y Discépolo después de tantos clásicos? -Esta obra cierra una trilogía de obras que comenzó con "El sueño", de Strindberg; "Pasos", de Beckett, y "La sonata de los fantasmas", de Strindberg. Con esto termina para nosotros una etapa, porque en realidad "Exiliados" fue concebida antes de "Mateo". -¿La obra está unificada en un relato? -No, es fragmentaria. Comienza en un lugar reconocible, una peluquería de la década del 70 y el espacio y el tiempo estallan porque los muertos y vivos se entrecruzan para explicarse. Se rompe el plano real y la obra empieza a sucederse por fragmentos a partir de cada uno de los ocho personajes que van contando un pedacito de su vida, mientras uno de ellos va hilando las historias hacia el final. Tiene algunas referencias a un lugar, pero se van desvaneciendo y aparece un no lugar. -¿A qué espectador te dirigís? -Nos dirigimos a un espectador al cual le interese particularmente ver teatro con las características de estos autores y estos textos. Sabemos que la propuesta tiene sus limitaciones y apunta a un determinado tipo de espectadores, así como sabemos que "Mateo" es una obra totalmente popular. -¿Se puede experimentar con los clásicos populares? -En este momento me atraen los autores que apelan a la emoción directa, y creo que hay una enorme cantidad de posibilidades para experimentar. Lo que sucede es que como teatreros no tenemos una tradición de experimentar sobre cuestiones míticas de nuestra cultura. Es raro que un grupo experimental bucee sobre Florencio Sánchez, por ejemplo. Nosotros no abordamos nuestros autores. Creo que es una problemática cultural y a mí me costó mucho vencerla. Pero una vez que lo pudiste vencer te das cuenta que tenés un plus y creo que en algún momento empiezan a aparecer esas cosas, como en el caso de "Mateo".
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