Costa Rica, rodeada por los dos océanos que envuelven al continente americano y atravesada por el Círculo de Fuego del Pacífico, es una tierra de selvas, playas, volcanes y cafetales, una tierra de "¡pura vida!", como exclaman sus habitantes ante los turistas.
La mayoría de los viajeros que arriban al aeropuerto de San José, la capital, inician su visita tentados por la exuberancia del paisaje y por alguna de las 80 reservas naturales que alberga el país, y que incluyen parques nacionales, bosques y zonas protegidas.
El tucán y la iguana -los animales más populares de la región, que aparecen estampados en remeras y todo tipo de "souvenirs" turísticos-, comparten su hábitat con quetzales, dantas, venados, osos perezosos, monos pizotes y una gran variedad de flores tropicales.
Los amantes del buceo y el snorkel encontrarán en estas tierras razones para visitarlas, ya que cuentan con 1.600 variedades de peces de agua dulce y salada para descubrir, en tanto que el lugar es también un paraíso para los observadores de aves, pues tienen 850 especies de pájaros.
Quien espera aventuras durante su estadía en Costa Rica no quedará defraudado, ya que entre los muchos circuitos turísticos se encuentran el de los volcanes Poas, Irazú y Arenal.
Los dos primeros se encuentran en las inmediaciones de San José y están "dormidos", sin actividad, y conforman un escenario que subyuga a los viajeros.
Laguna de azufre
El Poas está inmerso en un parque nacional que lleva su nombre y sólo se puede acceder a pie, atravesando unos senderos arbolados que conducen al cráter principal, en donde reposa una laguna de azufre de un color turquesa intenso. Los guías aconsejan avistarlo durante la mañana, porque a las 14 la niebla lo recubre por completo.
El paisaje del Irazú es completamente distinto, "lunar", aseguran los costarricenses, y para argumentarlo recuerdan la famosa visita de Neil Amstrong, quien aseguró que esta zona es parecida a la superficie del satélite terrestre.
El Arenal es otra de las excursiones imperdibles para los viajeros. Está en La Fortuna -unos 162 kilómetros al norte de la capital- y es el único en estado activo. Los turistas pueden hospedarse en pequeñas cabañas, rodeando sus laderas, bañarse en aguas termales y observar las fumarolas y la lava incandescente.
La Fortuna queda a mitad de camino entre las playas caribeñas del Atlántico y las que dan al Pacífico. En este punto los viajeros pueden optar por uno de los itinerarios o bien hacer los dos, ya que en Costa Rica las distancias son relativamente cortas y en 10 horas se puede cruzar el país de lado a lado.
Sobre el mar Caribe las recomendaciones apuntan a Playa Cahuita, Punta Cocles y el Tortuguero, una reserva de tortugas baulas que se extiende en el límite con Nicaragua. Los avistajes se hacen a la madrugada, cuando la marea está baja y las baulas se encaminan a la playa a desovar.
Los que prefieren la costa del Pacífico suelen visitar las playas más turísticas como Flamingo, Tamarindo y Sámara, pero bien vale la pena incursionar por otras que no por menos conocidas merman en encanto. Playa Grande, Puerto Pirata y Concha son algunas de las sugerencias.
En materia gastronómica existen dos comidas típicas que vale la pena probar. Se trata del "gallo pinto", una combinación de arroz y frijoles acompañada con tortillas de maíz, jugo de frutas tropicales y café que se sirve como desayuno, y el "casado", que agrega al plato anterior plátano frito, ensalada y carne para el almuerzo.