Pablo F. Gavazza
El lugar que más me gusta de Rosario es un bar que está en el centro. Precisamente en San Lorenzo y Entre Ríos. Es una construcción de tres pisos, de paredes gruesas que pertenece al modernismo catalán y que fuera edificada por el arquitecto Francisco Roca i Simó (el mismo que edificara el club Español y la panadería La Europea). A medida que uno va elevando la vista la fachada ofrece una multiplicidad de caras o mascarones. Primero y apenas arriba del balcón irrumpen unas cabezas de leones muy grandes, luego pequeñas caras de mujer nacen de la pared de proa a la ciudad y otras de mayor tamaño más arriba. Imposible no sentirse observado. La puerta pesada y alta da paso a un salón bastante amplio con pisos de pino thea y grandes ventanales a la calle. La barra ubicada en "L" cierra la puerta que da a la cocina y deja a un costado la escalera que lleva al entrepiso, pero retrocedamos un poco. Quisiera detenerme en el remate de la fachada. Hay allí las figuras de dos animales que bien pueden ser dragones realizadas en algo que parece ser vidrio de color. Es lo único que aparece diferente del tono general amarronado. En estos extraños seres de color verde se destacan dos o tres acentos de azul y la lengua roja. Finalmente el edificio termina en una serie de columnas a modo de chimeneas. Ahora volvamos adentro. Una reja ubicada a dos metros de la pared que da al Este protege la entrada del sótano, allí el caminar se hace un tanto ondulante y el sonido de los zapatos más profundo. La disposición de las mesas no es uniforme, las hay chicas de cuatro sillas y las dobles contra los ventanales. En el medio de la sala se puede ver a un hombre de unos cincuenta años charlando con una mujer de abrigo negro y pelo gris. En una de las mesas dobles que dan sobre Entre Ríos hay tres promotoras de teléfonos celulares con sus piernas perfectamente a la vista y casi al fondo, contra el pizarrón que sirve de transparente donde se exponen las gacetillas, un muchacho de mirada perdida fuma mirándose las manos. A las cinco de la tarde mi saco gris en el respaldo de una silla amortigua mi espalda mientras espero el café. Miro hacia la calle San Lorenzo y veo que por la vereda de enfrente se acerca una mujer de pelo muy negro. Lleva un vestido de tipo hindú mas bien largo hecho con una tela que parece pesada. Va charlando con un hombre que la acompaña. Se detienen justo en dirección a mi ventana. Ella me da la espalda. Su piel es clara, levemente aceitunada. Su energía en cambio parece de color rojo, de mucha intensidad. La misma que le da al rostro esa nariz de águila pequeña. Llega mi café. En fin, esto de elegir el lugar más atractivo, el más lindo, el que más me gusta de la ciudad no es cosa sencilla. Es más creo que al tomar uno en particular estoy cometiendo una verdadera injusticia porque dejo de lado otros que también me gustan, pero bueno, el tema es ese, una elección. Yo elijo el bar adonde voy a tomar mi café completamente al azar pero fracaso en el intento y recalo, más o menos, siempre en el mismo sitio. No obstante antes de naufragar en Entre Ríos y San Lorenzo recorro el centro con las antenas paradas esperando la señal de alguna otra penumbra llena de pocillos y platitos. Todo mi recorrido se hace, doy fe, con buenas intenciones, lo que ocurre es que lisa y llanamente las otras fachadas, tal vez los vidrios de sus ventanales, no alcancen a reflejar del todo la intensidad que necesito. Quizás sea como la fotografía de un paisaje. Uno va con su máquina y elige (¿elige?) un lugar determinado, enfoca y dispara. Seguramente ese lugar ha emitido estímulos hacia nuestro ojo, nuestro cerebro o lo que fuese como para que lo seleccionemos como el objeto a capturar(¿o nosotros somos los capturados?). Así, voy caminando al acecho del momento justo y de golpe ¡zas! Quedo pegado a alguna ventana que se me hace irresistible y entonces no debería más que entrar y desarrollar el rito conocido. Lo que sucede en realidad es que siempre por una u otra causa desecho esa oportunidad por otra mejor y entonces sigo mi camino para caer como ya sabemos en este mismo lugar de siempre. Sitio que dicho sea de paso, manifiesta una relación de tipo poético-virtual con sus habitués. Veamos, sobre la pared que da al Este, la que tiene la entrada al sótano hay una especie de mural que reproduce el remate de la fachada. Se ven claramente los dos dragones y también las columnas. Hacia abajo se pasa directamente a la interioridad del edificio, a su hueco más profundo, como si alguna idea medio maliciosa de las alturas se asociara con la raíz oscura de su pensamiento. En el medio de tal conjunto no hay nada, es decir sí, el salón, y yo mismo tomando mi café. Si luego miramos hacia la barra veremos que debajo de la tabla superior hay dibujados los muslos de diferentes personas sin el torso, sólo los muslos y las piernas en un tono entre gris y azulado como si vivieran en otro tiempo. Esto refuerza la idea de lo virtual convirtiendo a los parroquianos que acceden a esa barra -personas comunes y corrientes- en extraños centauros. La mujer de enfrente sigue conversando con el hombre que la acompaña y se ríe con ganas sin mirar nunca para mi lado. Pero retrocedamos al principio. Yo quería hablar y no sé por qué de mi saco gris. En los días frescos como hoy lo utilizo. No es un saco tradicional sino que en realidad se parece más a una campera. Es lindo. Tiene reflejos blanquecinos cuando uno lo mira de costado o mejor dicho oblicuo. Sin embargo últimamente he notado que tiene el cuello amarillento y no es que esté sucio. Es probable que haya envejecido. Bueno, con mi saco gris busco "la fotografía" de la mesa de café pegada a la ventana. Atalaya de la ciudad, mezcla de la séptima ola de Papillón y del árbol donde fue herido de muerte el pequeño vigía lombardo. Casi siempre llego solo y me siento mirando por la ventana como ahora. Mientras espero repaso las caras de los parroquianos. Esas caras que siempre me parece haber visto antes. Personas conocidas y desconocidas a la vez que están como argumento del instante preciso. Digo, del presente de esta vida mía en esta ciudad. Esta utilidad céntrica de poder coincidir con alguien, de probar suerte y dejar que el azar lo domine todo. De tentar la oportunidad del encuentro. Como por ejemplo con la mujer de la vereda de enfrente. Allí donde todo transcurre como en una película. El tránsito, los sonidos, la luz(¿el tiempo mismo?). Yo veo su pelo recogido con ánimo inquieto, seguro de poder utilizar mi libertad como aventurero en fuga y asumiendo el riesgo de ser herido en el intento como el pequeño vigía. Que más se puede pretender desde este lugar privilegiado. Qué más que una mujer hermosa. Pero tengo que ser riguroso en esto y la verdad es que todo dura muy poco y desaparece tan pronto como llega. Ni bien termino mi café la mente se pone en blanco y no puedo unir dos ideas con claridad. Aparece mi propia cara reflejada en el vidrio y comprendo que el bar es, ni más ni menos, solo una calidez maternal, uterina. La observación de lo que sucede allí afuera y también adentro, digo adentro de uno, depende de otras cosas. La mujer del vestido hindú se despide de su acompañante y cruza la calle hacia aquí. Estoy seguro de que las mesas de madera, la penumbra del interior, las botellas de la barra y el reflejo de los vidrios la señalaron claramente. Ella entra, los dragones la miran y los centauros se dan vuelta. Son las cinco de la tarde y yo sé que será mía para siempre.
| |