Año CXXXIV
 Nº 49.129
Rosario,
domingo  27 de
mayo de 2001
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El impacto cultural del fenómeno de la violencia urbana
Mabel Moraña: "Hay quienes trabajan para crear miedo"
El tema de la ciudad, una constante en la literatura latinoamericana, cambia de signo de acuerdo a los tiempos

Rubén Chababo

Desde hace más de cuatro años, cuando llega el otoño, Mabel Moraña, Directora de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Pittsburg, llega a Rosario acompañando a grupos de estudiantes norteamericanos interesados en realizar en nuestra ciudad diferentes entrenamientos en el estudio de la lengua y la literatura argentina. Profesora visitante de la Universidad de Harvard y Directora a su vez de la prestigiosa Revista Iberomericana, Mabel Moraña dedica hoy parte de su tiempo a pensar no sólo el estado de la literatura del continente sino además a indagar en torno a los modos en que lo social ha impactado sobre el campo literario.
Un pasado signado por el exilio (tuvo que emigrar de Uruguay hacia Venezuela a mediados de los años 70), define el perfil de una mirada crítica en el que la política ocupa un lugar central a la hora de evaluar los conflictos y dilemas del campo cultural contemporáneo. Actualmente, Mabel Moraña trabaja en la edición de "Espacio urbano, comunicación y violencia en América latina", un volumen dedicado al estudio de las formas que asume la representación de la violencia en nuestras ciudades.
-Se trata de un libro que es producto de un encuentro que se realizó en los Estados Unidos el año pasado y al que fueron convocados a participar diferentes investigadores latinoamericanos y europeos para debatir el tema de la ciudad y la violencia contemporánea. Durante varios días cada uno de ellos expuso miradas muy interesantes en tono a las formas que asume la representación de la violencia urbana, los modos singulares en los que ella es abordada por la serie textual y el lugar que ocupan los medios masivos en la elaboración y difusión de las diferentes versiones acerca de la violencia. Fue tal el éxito de esas jornadas que decidimos convocar para el año que viene a unas nuevas jornadas, esta vez bajo el lema "Fronteras de la modernidad", cuyo objetivo será analizar y discutir alrededor de aquellos temas y manifestaciones culturales que han quedado relegadas del proyecto de modernización en América latina.
-¿De qué modo el tema de lo urbano impacta sobre el espacio textual contemporáneo? ¿Cuáles son esos textos o autores que mejor lo abordan?
-Podríamos asegurar que no hay libro, que no hay obra artística que hoy no refleje en mayor o menos medida el tema de lo urbano. La ciudad ha sido desde sus orígenes un gran foco de atracción , pero a la vez y cada vez más, se ha convertido en un espacio insoslayable y privilegiado en el que se agudiza y sobre el que se despliega con gran intensidad la mayoría de los fenómenos culturales contemporáneos. La ciudad es un gran escenario de acontecimientos singulares. Y si bien son muchos los textos que abordan de lleno su representación, podría nombrar a algunos autores como el mexicano Carlos Monsiváis, antologador de "A ustedes les consta", libro donde se reúnen diferentes voces que a lo largo de la historia han hablado de la Ciudad de México, o el caso del chileno Pedro Lemebel con "Loco afán" y "Perlas y cicatrices", dos libros en los que aparece textualizada una visión sumamente sorprendente de Santiago de Chile, alejada de cualquier mirada costumbrista, porque sus relatos atraviesan y nombran una ciudad nada oficial, sino por el contrario, subterránea, oculta, casi secreta.
La producción ficcional escrita es casi infinita, y eso sin contar los estudios de carácter ensayístico como el que llevó adelante Susana Rotker para su "Ciudades del miedo", un volumen en el que junto a investigadores de la talla de Jesús Martín Barbero indagó el nuevo perfil que asumen nuestras urbes en este comienzo del siglo XXI, en torno al lugar que el miedo ocupa en sus calles o las estrategias que despliegan sus habitantes para hacerle frente. Estoy nombrando libros que han sido escritos a contrapelo de las visiones tradicionales, esas que el neoliberalismo pretende difundir e imponer acerca de los supuestos progresos a los que nuestras sociedades, y por ende nuestras ciudades, han llegado. Son libros que nombran la violencia (estatal, política), que hablan de los márgenes, de aquellos discursos y temas insistentemente excluidos por la alta literatura burguesa pero que sin lugar a dudas conforman, por su propia fuerza, ese gran edificio que llamamos ciudad. Y si hablamos de representaciones urbanas, no hay que excluir al cine y saber leer esa nueva representación e interpretación de los espacios urbanos que lleva adelante un realizador como Rodrigo Gaviría, quien en una película como "La vendedora de Rosas" muestra de un modo más que singular las otras culturas que forman parte de las ciudades colombianas contemporáneas, esas otras formas culturales que se establecen como puente entre el mundo de la droga y el mundo infantil, universos para nada evidentes al ojo común o cotidiano.
-Hablar de la violencia urbana se ha convertido para los argentinos en un tema cotidiano, sin embargo hay quienes sostienen que ese interés encubre la amenaza de otras formas de la violencia, mucho más peligrosas.
-Sí. Beatriz Sarlo -alguien con quien acuerdo plenamente- sostiene que en Buenos Aires la gente vive con la idea de estar constantemente en peligro. El porteño se considera habitante de un espacio asediado, lleno de peligros, expuesto a la criminalidad, como si viviera en la ciudad más peligrosa del mundo. Pero sucede que cuando uno lee las estadísticas lo que surge de ellas es que Buenos Aires es una ciudad comparativamente mucho más segura que muchas otras del mundo. No es que en ella no exista criminalidad, pero tampoco esos índices justifican ese sentimiento de vivir al borde de la muerte violenta en plena calle. Esa idea de estar amenazado constantemente forma parte del imaginario porteño. Pero, como bien lo dice Sarlo, "con el imaginario no se discute". Así es como los porteños viven su ciudad y nadie les puede quitar de la cabeza que la suya no es la ciudad más peligrosa del mundo. Y si me preguntaran cuál es la razón o la base de ese imaginario del miedo, puedo arriesgarme a responder: hay un imaginario que necesita ubicar en el lugar de la violencia, las frustraciones, la desconfianza en el Estado, la bronca política, la decadencia de las instituciones. Entonces, por eso, el ciudadano siente que la ciudad lo está atacando, pero no porque alguien lo vaya a asaltar en la calle o a la salida del cine, sino porque la ciudad no logra satisfacer sus expectativas.
Un investigador, Martín Hopenhayn, señala que junto al imaginario de la violencia urbana existe otro muy similar que es el del peligro de la droga. Como muchos otros cientistas, él sostiene que muere mucha más gente por causa de los excesos policiales o la violencia del Estado que por efecto de la droga. Pero a nadie conviene que se demuestre esto. El consumo de droga se ha demonizado, y sobre ella no se discute ni se debate. Los Estados Unidos son los primeros responsables de haber hecho crecer la idea del miedo a la droga en la sociedad latinoamericana, y esto es con el claro objetivo de buscar el culpable de aquel consumo norteamericano que no puede controlar. O para legitimar su entrada militar en países como Panamá o Colombia. Entonces el miedo es manipulado a través de la propaganda. La gente comienza a temerle a la droga como principal enemigo y de ese modo no puede ver de qué manera otros peligros mucho más destructivos, como la implementación de políticas neoliberales por ejemplo, está matando mucho más gente que la droga.
-Entonces podemos hablar de una construcción del miedo, de miedos impuestos.
-Sí, uno vive entonces con miedos que no son propios y sin miedos que deberían ser propios, como por ejemplo el miedo al tabaco, el miedo a la destrucción del medio ambiente. Hoy por hoy es mucho más probable que un habitante de nuestras ciudades muera de un cáncer producto de la contaminación ambiental o por consumir tabaco que como consecuencia de una bala perdida, y sin embargo esas amenazas, que son mucho más reales, que se cobran muchas más víctimas minuto a minuto, no ocupan la representación ni el lugar de ningún miedo. No tienen prensa. Nos han acostumbrado a no tenerle miedo a aquello que sí deberíamos temer. Y eso se ha logrado y se logra porque existe una maquiavélica manipulación del miedo. Algo que saben hacer muy bien las grandes transnacionales que son las que saben cómo construir una narrativa cuyo objetivo es idealizar mediante la propaganda el consumo de aquello que nos mata.
-¿Y el miedo al otro?
-La xenofobia es otro de los miedos que deberíamos tener, pero el miedo está invertido y la gente le tiene más miedo al extranjero, al boliviano, al paraguayo que al miedo a convertirse en un xenófobo.



Para Moraña, hay una unión entre violencia y frustración.
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