Año CXXXIV
 Nº 49.108
Rosario,
domingo  06 de
mayo de 2001
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El elegido de la semana
Por las bateas. "No More Shall we Part" - Nick Cave and the Bad Seeds
Nick Cave regresó con un disco de una madurez y una serenidad perturbadoras

Carolina Taffoni

Ahí viene Nick Cave, el señor de las tormentas y las tinieblas, pero esta vez es inútil cerrarle la puerta como si se tratara de un monstruo. El australiano va a entrar de todas maneras, con su piano y su voz grave, con su eterna melancolía, casi en puntas de pie, sin que nadie se dé cuenta.
Si Nick Cave alguna vez fue un artista de culto, extraño y retorcido, entonces debería dejar de serlo. Ahora, con una casa flotando sobre el río Támesis, una esposa y un par de mellizos recién nacidos, Nick Cave canta sobre las cosas más simples de la vida, que en su visión siguen siendo las más dolorosas y profundas.
Desde los títulos de las canciones de su nuevo disco, "No More Shall We Part", es posible darse cuenta de que los temas no son precisamente el Himno a la Alegría. Pero acá Nick Cave ya no es el amante torturado de su anterior álbum, "The Boatman's Call", el tipo que se desmorona hacia los rincones de la locura.
En "No More Shall We Part" se revela un Nick Cave más maduro y tranquilo, pero igual de perturbador. Su melancolía se ha vuelto más serena y distante, pero también mucho más profunda. Ahora se muestra más crítico que desesperado, como un observador agudo que mira a través de un vidrio el abismo que conoció hace un tiempo.
Justo el primer tema, el sugerente "As I Sat Sadly By Her Side" (Mientras me siento tristemente a su lado), resume esa actitud descriptiva pero no ajena emocionalmente. Ahora llegó el punto en que poner a las letras de Cave a las alturas de un Cohen o un Dylan ya no suena a una comparación descabellada.
No hay un solo tema que sobre en "No More Shall We Part". Y ni siquiera alcanza describir cada una de las canciones para transmitir el efecto. Habría que hablar primero de la delicadeza del piano de Cave, que contrasta con la crudeza de su voz, que a veces suena a Lou Reed, otras a Bruce Springsteen y otras a David Sylvian. O de los arreglos de cuerdas en el lugar justo, o de los coros femeninos más sutiles y expresivos que se hayan escuchado en mucho tiempo, o de una banda única como los Bad Seeds.
Un repaso aleatorio podría detenerse en "Love Letter", la canción de amante arrepentido que pone toda su esperanza en una carta, o en "And No More Shall We Part", una balada trasnochada que relaciona en forma brutal las palabras "amor", "compromiso" y "libertad".
El himno rural de "Hallelujah" demuestra que Cave no perdió la mano para retratar la tristeza infinita. En "Fifteen Feet of Pure White Snow" prueba que aún es capaz de meter miedo, con una letra a mitad de camino entre un cuento invernal de terror y una escalofriante reflexión sobre los efectos de la cocaína. Su versión más corrosiva aparece en "The Sorrowful Wife", y en la casi autobiográfica y conmovedora "Darker With The Day", en la que concluye con resignación pero sin tristeza que su corazón jamás saldrá de las tinieblas.
Como ejemplo del álbum tal vez sólo sirva "Sweetheart Come", donde Cave se vuelve enorme en la simpleza de una canción de amor. Su claridad coloquial puede llegar a cortar la respiración. "Camina conmigo bajo las estrellas / porque es un placer gratis y seguro./ Y sé feliz en mi compañía/ porque te amo sin medida. / Parece que podemos ser felices ahora /porque es tarde pero no es nunca/ porque es tarde pero no es nunca". La felicidad ha llegado, por un momento, al fin.



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