Año CXXXIV
 Nº 49.011
Rosario,
domingo  28 de
enero de 2001
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Una mirada sobre la burocracia sindical

Raymundo Gleyzer no tenía prejuicios ni dogmas estéticos, tenía prioridades ideológicas y una gran libertad expresiva. De simples canales. Descartaba todo lo que pudiera interferir la frecuencia con la clase trabajadora, que tenía que ser convencida de que el objetivo de la vida es la revolución. Pero "Los traidores" queda más allá de la controversia política, aunque sea su esencia. Es un ejemplo del peso específico -en algún punto de su recorrido histórico- de una obra artística. Es la demostración de que el producto de la imaginación es de una profundidad liberadora y la forma, lo más importante de toda expresión artística. Es a través de los aspectos formales (en este caso: la organización narrativa con flashbacks, la condensación dramática, el humor ácido, un tratamiento cinematográfico que destila autenticidad a través de la representación de su verosímil, profunda construcción de los personajes y sus situaciones más íntimas, argumento y textos de diálogos construídos en base a datos y anécdotas reales atravesadas de ironía y claridad conceptual), que este film mantiene su vigencia temática y su fuerza narrativa. Además, claro, que la burocracia aún subsiste, reciclada y traicionando.
Gleyzer admiraba al documentalista belga Joris Ivens, lo consideraba su principal influyente, y fue él quien le sugirió el tema de la dirigencia sindical corrupta como uno de los centrales en nuestro país, con esta propuesta: "desnudar lo que son las relaciones políticas y el atraso organizativo del movimiento obrero".


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