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 domingo, 10 de agosto de 2003

Interiores: los tiempos del niño

Jorge Besso

El siglo XX terminó por instaurar y configurar un día para casi todo y para casi todos. Seguramente no para todos, pues como se sabe es un siglo que se caracterizó por profundizar la injusticia, en tanto la humanidad con un manifiesto cinismo, en lugar de repartir la riqueza se ha dedicado a repartir la pobreza. Razón por la cual no ha necesitado implementar o declarar el día de la injusticia, pues es todos los días y por lo que parece en todos lados.

Del siglo XXI nada podemos decir aún, pues apenas ha cumplido tres años y va por los cuatro, con lo que apenas es, precisamente, un niño. Esto si nos guiamos por la cronología, lo que no siempre es de mucha utilidad tratándose de la sociedad, o de la historia y, con más razón, si se refiere a los llamados humanos. Piénsese, por caso, que los historiadores parecen coincidir en caracterizar al siglo XX como corto y al XIX como largo, a partir de que uno de sus mayores especialistas en historia, Eric Hobsbawm, estiró al XIX hasta la primera guerra mundial. De forma tal que el siglo XX comenzó, en términos históricos, en 1914 y terminó con la caída del muro de Berlín en 1989. Es decir que habría que distinguir entre una edad cronológica y una edad histórica, lo que permitiría acomodar y determinar mejor a qué tiempo pertenecen determinadas épocas.

Lo mismo ocurre con las personas, sobre las que se suele distinguir entre una edad cronológica y una edad mental, con las sorpresas del caso, ya que siempre sorprende ver en circulación a un infante cuarentón, o cincuentón. O a una niña asustada, y apenas disimulada, detrás de una mujer producida comprobándose más de una vez que el éxito ni protege, ni mucho menos vacuna contra el miedo.

El día del niño es uno con alta cotización, con igual o más chapa que el día de la madre o del padre, todos conformando una jornada de regalos y felicidad, o de aburrimiento, o de angustia según venga la cosa, pues la obligación de ser feliz no garantiza la felicidad. La obligación de felicidad es la que muchas veces suponen los adultos a los niños, a los que creen en el paraíso de la desobligación, por la crónica tendencia de los adultos de ver un paraíso en la falta de obligaciones, y luego, en caso de llegar, muchas veces el mítico paraíso se transforma en el infierno gris del aburrimiento.

Lo que sí es cierto es que la infancia y la niñez suelen irradiar más alegría que la que se palpa en el quejoso mundo de los adultos, pues los niños, que tienen muchísimo trabajo desde el comienzo mismo para acomodarse a un mundo tan apasionante como inhóspito, tienen a flor de piel la alegría de aprender y de sorprenderse. En cambio los adultos aprenden demasiado rápido a fastidiarse por tener que aprender, y a buscar sólo lo que ya encontraron.

Hay un acuerdo muy generalizado que los chicos de hoy son más rápidos, más vivos y más inteligentes que los de las primeras décadas del siglo pasado, lo que en general es atribuido a la televisión, más los videos juegos, la computación y a una escolaridad más temprana. Lo cual lleva a una conclusión por demás de inquietante, ya que en este comienzo de milenio las cosas en este mundo parecen haber tomado el siguiente cariz:

u Los niños son cada vez mejores y los adultos son cada vez peores. Ambas afirmaciones tienen el clásico inconveniente de las generalizaciones. Pero las generalizaciones molestan más que nada cuando afirman sentenciando o condenando, en cambio pueden ser muy útiles cuando llevan el propósito de interrogarse o, más aún, de interpelarse. En este punto recuerdo una anécdota con mi pequeño hijo Julián jugando y lidiando con sus 5 años en la plaza Sarmiento. Terminaba de jugar en la arena y en los juegos cuando me pregunta: ¿Papá, que dice ese cartel? Que en ese lugar no pueden entrar los perros. ¿Por qué? Porque ensuciarían la arena con su caca. ¡Ah! Luego de caminar unos pasos agrega: Lo único papá... que los perros no saben leer.


Está claro que crecer por lo general implica la pérdida de esa mezcla de ingenuidad y frescura, y muy especialmente esa capacidad ilimitada de preguntar y preguntarse qué tienen los chicos, pues no cabe duda que mi hijo antes de disparar la pregunta sobre el cartel, ahora esclarecido, se lo preguntaba él mismo. Al mismo tiempo, mi respuesta le sirvió para otro interrogante, que no está mal después de todo ya que, a quién estarán dirigidos semejantes carteles que los perros no pueden leer y los dueños muchas veces no los leen porque parecieran estar destinados a los perros.
Es cierto que los niños también son muchas otras cosas. Por ejemplo suelen ser muy crueles, pero hoy es el día del niño y eso, en todo caso, es tema para otro día. Hoy es día de celebración.

Hay una frase de mi infancia de la que tengo mal recuerdo. Recuerdo oír a mis mayores decir, o decirme, cuando me veían entusiasmado con juguete nuevo, cuaderno nuevo, lápices de colores nuevos, o lo que sea: "Escoba nueva barre bien". La sentencia lapidaria atravesaba el aire con esa proclama de desconfianza, pues de esa forma se llevaba todo el mérito el objeto nuevo y no quedaba nada para el sujeto nuevo, en proceso de maduración. Lo que ocurre con la niñez es que, sujeto y objeto, viven en un idilio muy especial, ya que más allá de las vicisitudes de cada cual y de las pesadillas de cual, la infancia es por sobre todas las cosas la edad de la avidez y de la alegría, por todo lo cual, que la celebración no sea sólo del día del niño, que se celebre también a la niñez, para que en cualquier edad, en lo posible, la escoba no termine barriendo el entusiasmo.

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