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 miércoles, 23 de julio de 2003

Reflexiones
La incontinencia verbal de Lula

Andrés Oppenheimer (*)

Desde que asumió el poder hace seis meses, el presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva sorprendió al mundo con su dramática transformación de un líder sindical antisistémico en un estadista defensor de políticas económicas responsables. Pero tiene un problema: habla demasiado.

Casi no pasa una semana en que Lula no haga un discurso improvisado o diga algo que obligue a sus asesores a salir corriendo a hacer rectificaciones, cosa de evitar un desastre de relaciones públicas.

El domingo pasado, durante un viaje a Inglaterra para asistir a una cumbre de líderes progresistas, Lula dijo: "Si hay una cosa que admiro de Estados Unidos es que lo primero que piensan es en ellos, lo segundo es en ellos, y lo tercero en ellos. Y si todavía les queda tiempo, piensan en ellos nuevamente". La platea estalló en risas, y algunos aplausos. Unos minutos después, Lula criticó el embargo norteamericano a Cuba, diciendo que éste existe debido a "los votantes en Miami". Al día siguiente, en otra metida de pata, Lula dijo en Londres que su anfitrión, el primer ministro Tony Blair, no estará en el poder en dos o tres años. En realidad, a pesar de sus problemas políticos, Blair no ha descartado presentarse para la reelección.

Al gobierno de Bush no le pareció tan simpático el comentario de Lula sobre Estados Unidos. La embajadora de Estados Unidos en Brasil, Donna Hrinak -que al igual que otros altos funcionarios de Estados Unidos no había tenido más que elogios hacia Lula- le dijo al diario "O Estado" de San Pablo que el comentario del presidente "no refleja la relación de cooperación mutua que él y el presidente Bush establecieron durante su exitosa visita a Washington el mes pasado". Un día después, el ministro de Relaciones Exteriores brasileño, Celso Amorim, intentó apagar el incendio, diciendo que las declaraciones de Lula habían sido "malinterpretadas". Lula, un ex trabajador metalúrgico, llegó a la presidencia del país más grande de sudamérica con un estilo sincero y directo que cautiva a sus audiencias. El problema es que muchas veces sus declaraciones van en contra de su propia política gubernamental. Hace sólo unas semanas, al ufanarse de sus buenas relaciones con Bush, Lula dijo que el mundo se "sorprendería" de cómo Brasilia y Washington mejorarían sus relaciones en un futuro cercano. "Habla demasiado", me señaló William Barr, el ex jefe de la sección política de la embajada estadounidense en Brasil, que hoy trabaja como consultor privado en Brasilia. "Básicamente, Lula habla según el público que tenga adelante, sin tomar en cuenta las consecuencias más amplias de sus declaraciones".

Desde su inauguración el 1º de enero, Lula ha dado más de 100 discursos, muchos de ellos improvisados. La revista brasileña "Veja" dice que éstos son vestigios de su pasado como líder sindical. "En el mundo de las asambleas sindicales, la palabra tiene mucho peso, casi tanto como la acción. Quien dice el mejor discurso, se gana la asamblea. Pero en el gobierno, ganarse la gente es sólo el primer paso", señaló la revista.

¿Se acabó la luna de miel de Lula y Bush por el incidente de esta semana? Cuando le hice esta pregunta a la embajadora estadounidense Hrinak, me contestó desde algún lugar del Amazonas, donde se encontraba viajando: "No estamos hablando de una luna de miel, sino de una sociedad a largo plazo en beneficio mutuo". La embajadora dijo que el comentario de Lula había sido "sorprendente tomando en cuenta los grandes avances logrados en la relación bilateral", pero agregó que "un comentario no cambia nuestra dedicación a lograr esa meta".

¿Mi opinión? El futuro de la relación de Brasil con Estados Unidos dependerá de varios factores, incluidos si Lula logra que el Congreso apruebe su reforma impositiva y al sistema de pensiones; si adopta una postura constructiva en las negociaciones para la reunión ministerial de libre comercio planeada para noviembre en Miami, y si no se va de boca ante la platea de funcionarios del régimen cubano si realiza una posible visita a la isla en septiembre.

Si Lula aparece aplaudiendo a Castro en La Habana, en un momento en que todo el mundo -incluyendo los principales partidos comunistas de Europa- se ha distanciado de la dictadura más antigua del mundo por las recientes ejecuciones sumarias, será visto como un hombre anclado en el pasado.

Por el otro lado, si Lula se reúne con la oposición en La Habana -como lo hace Castro en todos los países que visita- y adopta una postura a favor de la democracia en la isla, aunque critique el embargo comercial de Estados Unidos, su prestigio en Washington y Europa aumentará. Allí se verá si Lula representa a la nueva izquierda, o si sigue atado a la vieja izquierda totalitaria, con algunas concesiones a Wall Street.



(*) El Nuevo Heraldo - Miami

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