Año CXXXIV
 Nº 48971
Rosario,
domingo  17 de
diciembre de 2000
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Caviar negro

Angélica Gorodischer

Volvían a la casa tomados de la mano en la más perfecta oscuridad.
-Cuidado -dijo él-, cuidado ahí.
-Qué hora es -dijo ella.
-Deben ser como las tres de la tarde.
Ella levantó la cabeza:
-No hay estrellas -dijo.
-No.
-Ni luna.
-Dejate de estrellas y de luna -dijo él- y ayudame a mover la piedra.
Pusieron las bolsas en el suelo, sacaron del escondite las palancas y las calzaron bajo la piedra.
-Cuidado -dijo él.
-Vos siempre estás diciendo cuidado.
El no contestó y entraron llevando las bolsas y las palancas.
-No prendas todavía las lámparas -dijo él evitando la palabra cuidado.
-Ya no se puede vivir en este mundo -dijo ella, cansada.
Él se rió:
-Vamos a seguir viviendo -dijo.
-Sí, pero ¿cómo? Esto era una ciudad, ¿te acordás? Mirá ahora.
-Sacá las cosas de las bolsas.
Ella las sacó:
-Lástima lo de los fideos. ¿Y si los vamos a buscar y los cocinamos? Podemos colar los gorgojos mientras hierven.
Él no contestó.
-¿Y si cambiamos de supermercado? Hay uno a veinte cuadras al norte.
-No es nuestra zona -dijo él- ¿Qué querés? ¿Que te peguen un tiro?
Ella lloró despacito:
-No me quiero morir -dijo.
-No te morís vos sola, sonsita -le dijo con suavidad, como a una nena-. Nos morimos todos. Se muere el mundo. Se muere este universo.
-No quiero.
-No hay más remedio, mi vida -hacía años que no le decía mi vida-. Ha llegado el frío.
-Pero por qué.
-Porque éste es un universo sin densidad crítica y entonces vamos sin cesar, siempre, hasta el fin, hacia afuera, hacia un espacio negro y frío.
-¿Y eso no se puede evitar, eh? ¿No se puede? ¿No podrías?
-No. Soy solamente un físico, no un mago. Tomá. Guardé esto para vos. Caviar negro.
Ella casi sonrió:
-Un universo -dijo- que se muere de frío pero en el que comemos caviar negro.
Tiró la lata al suelo y se levantó:
-¡Un momento! -dijo-. Un universo. Uno. ¿Hay otros?
-Seguro -dijo él-, éste nació de una burbuja de algún otro.
-Vayámonos -dijo ella- a otro universo, a cualquiera, aunque allí no haya caviar negro.
-Si me explicás cómo hacemos para ir, te acompaño. Esto tiene mal aspecto, tiralo.
-Debe haber una manera -dijo ella.
-Hmmmmm -dijo él.
Esa noche ella soñó: en su fiesta de cumpleaños el decía abracadabra y los pañuelos de colores desaparecían de sus manos y aparecían en la mesa junto a la torta y los chicos aplaudían.
-Ya sé -dijo.
Él volvió a decir hmmmmm.
-Hay una palabra -dijo ella-, una palabra que te lleva.
-No digas tonterías -dijo él-, dormite.
Ella se levantó y pasó lo que quedaba de la noche revisando diccionarios, gramáticas, historias de la literatura, La Divina Comedia, la Anagnosia, El Mundo como Voluntad y Representación, Ocre, Carmina:
Dicta lumine Luna,
Tu cursum dea, menstruo
Metiens iter annuum...
-Aahhh -dijo-. ¡Vamos, vamos! Despertate, ya sé, ya la encontré.
Él se tapó la cabeza con la almohada y ella dijo la palabra.
-¿Eeeeeh? -dijo él.
Pero ella se iba, se iba transparente y dichosa hacia el universo en el que todo existe otra vez y desde allá gritaba una palabra, una sola, que en la puerta de la luz, encandilado, él no alcanzó a oír.
(de Menta)


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