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 miércoles, 02 de agosto de 2006  
Reflexiones
¿La guerra sin fin?

Selim Nassib (*)

Es posible que los terribles daños infligidos por Israel en Líbano acaben teniendo una apariencia de justificación política, estratégica, táctica... Quizá también se acabe considerando que los que han golpeado Gaza obedecen a una lógica superior de realpolitik... Sin embargo, por ahora, el mundo entero (y no sólo los pueblos árabes y musulmanes) los ve como la expresión de la cólera de un Estado humillado en todo su poder, enloquecido después de que le pillaran desprevenido en sus fronteras norte y sur, y que se está vengando con toda la violencia posible contra poblaciones civiles, sus suministros, carreteras, puentes, centrales eléctricas, depósitos de combustible, todo lo que necesitan para vivir. Y, a pesar de este desenfreno absurdo, los cohetes de Hezbolá siguen lloviendo. Con el apoyo de una mayoría aplastante de su población, el primer ministro israelí, Ehud Olmert, tiene la ingenuidad de indignarse por la difusión en las televisiones extranjeras de imágenes tomadas en Líbano que, de pronto, "hacen que los agresores parezcan las víctimas". Esa ingenuidad es señal de una ceguera persistente en un momento en el que harían falta mucha más inteligencia y mucha más clarividencia para tener alguna posibilidad de salir con bien de esta pesadilla.

Porque existe un extraordinario consenso internacional, árabe y libanés sobre la necesidad de neutralizar a Hezbolá en el sur de Líbano. Estados Unidos y Francia han apadrinado la resolución del Consejo de Seguridad que exige su desarme, y países como Egipto, Jordania y Arabia Saudita no se andan con rodeos a la hora de denunciar su "aventurerismo", mientras que el jefe del gobierno libanés y la mayoría de las fuerzas políticas y comunitarias del país (con la excepción de los chiíes) reclaman que se sustituya a sus milicianos en la frontera de Israel por soldados del ejército regular. Por detrás de este acuerdo prácticamente unánime del mundo árabe se vislumbra el conflicto entre suníes y chiíes, que está empezando a ser predominante. Mientras Gaza vive estrangulada y Líbano es destruido, la sangrienta guerra entre estas dos comunidades no se ha interrumpido ni un solo día en Irak. En un mundo árabe mayoritariamente suní, Arabia Saudita no tiene ningún interés en que el Irán chií, a través de Siria y Hezbolá, se convierta en campeón de la causa sagrada de los árabes, la "liberación de Palestina". Y lo que está sucediendo es precisamente eso, esta lucha a muerte entre unas y otras influencias.

Más importante aún es que el Hamás palestino podría formar parte del consenso, dado lo diferentes que son su trayectoria y sus intereses de los de Hezbolá. Una diferencia que no consiste sólo en que unos son suníes y otros chiíes. Hezbolá quiere probar que un movimiento inspirado por el islam es capaz de triunfar donde otros, inspirados por un nacionalismo árabe más o menos laico, han fracasado. Lo demostró ya en el año 2000, cuando sus acciones militares obligaron al ejército israelí a abandonar Líbano, y ello le otorgó una enorme popularidad. Sin embargo, una vez alcanzado ese objetivo, sólo le queda ya una motivación ideológica general y un papel de vanguardia en una guerra de influencias cuyo artífice es Irán, que todos los días promete "borrar a Israel del mapa".

Es muy distinto el caso de Hamás, que, a pesar de las apariencias, persigue un objetivo mucho más concreto, el de tener un Estado independiente en Palestina. La prueba es que, en pleno apogeo de la guerra contra Hezbolá, declara que está dispuesto a llegar a un acuerdo independiente con Israel que incluya la liberación del cabo secuestrado, la retirada de las tropas israelíes de Gaza y una liberación posterior de presos palestinos. Esta iniciativa confirma el cambio histórico que se había producido antes de que se desatara la crisis: la aceptación por parte del gobierno de Hamás del "documento de los presos", basado en la resolución aprobada por la cumbre árabe de Beirut en 2002, a iniciativa del rey Abdalá de Arabia Saudita. En dicha resolución (prácticamente olvidada), el mundo árabe, con todos sus componentes, ofrecía una paz global y completa, con establecimiento de relaciones políticas, diplomáticas y económicas, a cambio de que Israel retrocediera a las fronteras de 1967 y aceptara un Estado palestino.

El hecho de que los islamistas de Hamás, llegados al poder a través de elecciones democráticas, se pongan de acuerdo con el presidente Mahmud Abbas -que representa a la vieja guardia palestina- y se incorporen al consenso árabe y mundial, tiene, por supuesto, una importancia considerable. Pero, como es natural, este giro de los acontecimientos no agrada a todo el mundo. En vísperas de que se anunciara el acuerdo, una parte de los militares palestinos (miembros de Hamás y otras organizaciones) y el líder de Hamás exiliado en Damasco, Khaled Meshaal, emprendieron la operación que desembocó en el secuestro del cabo Shalit y la crisis subsiguiente. Unos días después, Hezbolá abría su segundo frente en el norte de Israel.

Si se estableciera hoy una fuerza militar internacional en la frontera y abriera el paso al ejército libanés, (casi) todo el mundo daría un suspiro de alivio. Mientras tanto, prosigue la destrucción sistemática de Líbano, que alimenta en el corazón de sus ciudadanos un odio que, paradójicamente, es el que expresan los cohetes de Hezbolá. La crisis actual sigue adelante, nos encontramos en el filo de la navaja, y todo puede sufrir un vuelco en cualquier momento.

Si el espectáculo de tantos sufrimientos acabase por imponer el alto el fuego, nos daríamos cuenta de que ha surgido, en el mundo árabe y palestino, una auténtica separación entre una gran mayoría que se orienta hacia un compromiso histórico y una minoría que hace todo lo posible para impedirlo. Ahora bien, ¿dónde está el hombre de Estado, dónde están las fuerzas políticas israelíes capaces de aprovechar esta oportunidad tan frágil? En este país, da la impresión de que la población ha dejado de creer en una paz posible, la gente repite que "todo el mundo está contra nosotros" y sólo se fían del uso de la fuerza para arreglar el problema. Como si el problema pudiera arreglarse sin que se llegue a un acuerdo. Lo más probable, por desgracia, es que Israel se niegue a regresar a las fronteras de 1967, que es la condición indispensable para un acuerdo aceptado por todos. Lo más probable es que, con el apoyo de Estados Unidos, siga llevando a cabo la política que impide cualquier solución: terminar el muro que corta Cisjordania en dos, anexionarse territorios sobre los que se construyen los "bloques de colonias", ocupar el valle del Jordán. En otras palabras: convertir Israel en un gueto rodeado por territorios palestinos divididos y vigilados por fuerzas militares capaces de desencadenar periódicamente operaciones de castigo. En otras palabras: la guerra sin fin.

(*)Escritor libanés
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