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 domingo, 12 de junio de 2005  
Santa Cruz de Tenerife: la farola que no alumbra

Daniel Molini

Hicieron falta más de cinco siglos de historia para convertir una fundación austera en una ciudad repleta de títulos y atributos: "Muy Leal, Noble, Invicta y Muy Benéfica Ciudad, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago de Tenerife".

Larguísimo nombre oficial, igual de largo que su trayectoria invicta, a pesar del almirante Nelson, quien en 1797 pretendió desembarcar, ayudado por el fuego y la fuerza de la flota que dirigía a súbditos de su graciosa majestad. Las intenciones de conquista del británico se saldaron con una rendición firmada con dificultad por una bala de cañón que le robaría un brazo para siempre. Muy benéfica después de una epidemia de cólera que en el año 1893 removió los sentimientos más nobles de sus pobladores, quedando para la posteridad, el escudo y la bandera, aquella orla solidaria.

Olas y piedras, mar y macizos montañosos, le ponen límites a Santa Cruz, que intenta por todos los medios expandirse allí donde encuentra algo de luz, aunque le cuesta encontrarla ya que pertenece a un territorio limitado, el de Tenerife, que con 2000 kilómetros cuadrados -la superficie más extensa de las siete islas canarias- no deja de ser pequeño.


Una ciudad para vivir
"Tenerife amable" o "Santa Cruz, una ciudad para vivir", son los reclamos que pueden ver los turistas. Nada más llegar a cualquiera de los dos aeropuertos de la isla, uno situado en el norte: Los Rodeos; otro en el sur: Reina Sofía, que vinculan la tierra estrecha con el continente amplio. Africa a 300 kilómetros, Europa a casi 2000.

No engañan los enunciados de la propaganda. Santa Cruz, a pesar del tránsito y últimamente de los ruidos, es una ciudad amable, digna de ser vivida. No hace falta elevarse mucho para comenzar a disfrutarla. A ras del suelo o un par de metros por encima se encuentran innumerables motivos para hacerlo, animados e inanimados, hechos de pluma o de metal, con hojas o sin ellas. Jacarandáes, palmeras, dragos, laurel de indias, tuliperos del Gabón o braquiquitos, ponen la nota de vida y de color. Cientos de estos árboles se alzan en los paseos y ramblas dando cobijo a infinidad de mirlos que compiten por la mejor ubicación. Eso por arriba, donde vive la fronda; debajo, donde se nutren las raíces, aguardan las esculturas.

El patrimonio escultórico de Santa Cruz comenzó a enriquecerse a raíz de una exposición en las calles, organizada en la década de los setenta por la demarcación territorial del Colegio de Arquitectos. Miró, Eduardo Paolozzi, Marcel Martí, Gustavo Torner o Martín Chirino firman algunas de las obras que se exponen sin limitación alguna, al alcance de la mano, para ser disfrutadas y tocadas. Una de la más emblemática, situada en la rambla del General Franco, visitada por niños después de las clases, jubilados a todas horas, e inadaptados que le pintan consignas, por las noches, es el Guerrero de Goslar, de Henry Moore.

Declarada bien de interés cultural, el Reposo del Guerrero, como suele llamarlo la gente, es una obra que no tiene precio, y si habría que ponerle alguno sería el que cuesta más, el más valioso. A pesar del porte y del bronce, de los 3 metros de ancho y del escudo gigante, cuando uno pasa cerca siente ganas secretas de protegerla, quizás porque su autor la construyó para evocarnos debilidad más que poder, paz más que guerra, sensibilidad más que gloria.

Desde el ingreso de España a la Unión Europea y dada la llegada de fondos comunitarios, podría decirse que Santa Cruz de Tenerife vive en obras. Recinto ferial y auditorio primero, ambos con la autoría del arquitecto Santiago Calatrava; el plan Urban luego, permitiendo remozar frentes y vías públicas; y finalmente un macroproyecto para acercar el centro histórico al puerto -la plaza de España a las olas-, el tendido de los rieles del tranvía hasta la ciudad de La Laguna y el Museo Oscar Domínguez, tienen a los vecinos caminando entre palas y surcos, pidiendo al cielo que pronto se acaben las faenas, en todas las acepciones que tiene la palabra, para comenzar a disfrutarlas.

La Farola del Mar era el último destello que alumbraba -antaño- la marcha de los emigrantes, y la referencia con la cual debutan quienes llegan en crucero. Instalada en 1863 para situar en el horizonte al puerto de Santa Cruz, la Farola se convirtió en emblema y motivo recurrente para poemas y canciones. Su alcance de 9 millas, cuando funcionaba encendida, se ha multiplicado hasta el infinito hoy, a pesar de permanecer -desde hace cuarenta años- apagada a la señalización. "Esta noche no alumbra / la farola del mar/ esta noche no alumbra / porque no tiene gas" dice una copla popular, la misma que cantan cada uno de los 223.000 habitantes de la ciudad.

Santa Cruz de Tenerife pertenece, junto a Rosario y Cañada de Gómez, al grupo de ciudades entrañables, al grupo de ciudades donde uno podría vivir.
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