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 domingo, 06 de marzo de 2005  
Para beber
Vinicultura uruguaya

Gabriela Gasparini

Para ponernos a tono con los acontecimientos vividos esta semana, vamos a dedicar nuestra columna al vino uruguayo acompañando los festejos por los nuevos vientos que soplan en el querido país vecino.

Los primeros colonos llegaron a Montevideo en 1726, no se sabe si hicieron la travesía imbuidos de espíritu de conquista y aventura, o si fue simplemente porque un decreto real establecía que veinticinco familias procedentes de Canarias debían establecerse por estas tierras. Lo cierto es que traían consigo el conocimiento de cómo hacer vino en situaciones que estaban lejos de ser las más favorables, tal es el caso de estas costas.

Otra duda que surge de ese asentamiento inicial es alrededor de qué uvas se generaron los primeros intentos vinícolas ya que la aseveración de que fue a partir de la Moscatel no tiene muchos adeptos. Su experiencia no cayó en saco roto, ya que para cuando Uruguay se independizó en 1828 existía una pequeña industria a la que se le daba tal importancia que en un banquete servido en 1835, en honor de Manuel Oribe, segundo presidente de la república se tomaron vinos uruguayos en lugar de los franceses de costumbre.

Claro que para cualquiera de nosotros, la historia de la vitivinicultura en la Banda Oriental tiene más que ver con su cepa insigne, la Tannat, que con otra cosa. Y eso comenzó de la mano de Pascual Harriague, un inmigrante vasco con ganas de elaborar vinos en el estilo clásico del Médoc, quien luego de fracasar en sus intentos de 1860, pero no dándose por vencido, en 1874 se puso en contacto con otro vasco, Lorda, que vivía en nuestro país más específicamente en Concordia, y le compró las primeras plantas de Tannat (cepa francesa poco conocida en su país de origen, salvo en la región de Madiran de donde es originaria). La cepa tomó, a cada lado del río, el nombre de quien la había convertido en su elegida, así fue que se llamó Lorda en Argentina, y Harriague en el Uruguay.

Pero este vasco no fue el único impulsor del desarrollo vitivinícola charrúa. En 1876, Francisco Vidiella comenzó a cultivar en el sur del país algunas variedades que había traído de Europa. Entre todas seleccionó una a la que designó como Viña de Peñarol, y que luego como en el caso anterior adoptó el nombre de su propagador Vidiella. Esta uva presenta las características de la francesa Folle Noire.

Entonces llegó la filoxera. Rápidos de reflejo los empresarios reconvirtieron los viñedos de plantación directa a planta injertada y siguieron adelante. La modernización definitiva llegó en 1990 y se extendió toda la década dando lugar a vinos de reconocida calidad en el mercado internacional pero que en su mayoría son consumidos en el país (sólo exportan el 3 por ciento de su producción).

Las zonas de cultivo son varias, quizás la que tengamos más presente sea la de Colonia por encontrarse en los alrededores de esa ciudad maravillosa donde también reina la Tannat que ofrece toda una gama de posibilidades dignas de ser exploradas. Para terminar nos remitimos al discurso que Vidiella pronunció en aquella primera fiesta: "Por el momento basta con que podamos decir al mundo civilizado que la vinicultura nacional está ya vinculada y sellada en el rico y sagrado suelo de la República Oriental del Uruguay. ¿Hay algo más hermoso señores que brindar por la patria con sus propios vinos?" Estimamos que no.
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