 | sábado, 24 de julio de 2004 | Editorial Los controles de alcoholemia Algunos incidentes recientes en los controles de alcoholemia obligan a reflexionar sobre la actitud de quienes conducen después de haber bebido y reaccionan, a veces violentamente, cuando se enfrentan a los agentes de tránsito. Manejar alcoholizado constituye una irresponsabilidad insoslayable aun frente a probables abusos por parte de quienes controlan.
Aunque no alcanzaron a empañar el clima de celebración y algarabía con el que miles de rosarinos decidieron festejar el Día del Amigo el último 20 de julio, algunos incidentes aislados protagonizados por automovilistas que conducían alcoholizados actualizaron la necesidad de reflexionar sobre la utilidad de los controles de alcoholemia, su contribución en favor de la conservación de la vida y, por qué no, el modo en que se realizan por parte de las autoridades competentes.
Un reciente informe proporcionado por la Dirección de Tránsito de la Municipalidad reveló que alrededor del 10 por ciento de los automovilistas que pasan por los test de alcoholemia en Rosario da resultado positivo. Aunque parezca de perogrullo, hay que decirlo con todas las letras: significa que uno de cada diez de esos conductores manejaba en condiciones que ponían en riesgo su vida y la de los demás cuando tuvo que enfrentarse a los controles.
Otro dato significativo del informe es que la inmensa mayoría de los conductores normalmente se resiste a someterse a los test. Esta actitud genera toda clase de incidentes y lo peor es que en las últimas semanas ya se registraron varios casos con agresión física de los conductores alcoholizados contra los agentes municipales competentes.
Beber antes de conducir constituye una irresponsabilidad mayúscula, y negarse o resistirse a ser sometidos a los controles pone en evidencia una conducta que no respeta la vida y desconoce normas elementales de convivencia, además de violar disposiciones legales plenamente vigentes. Discutir si esos controles tienen un único afán recaudatorio o poner sobre la mesa el tema de los frecuentes abusos por parte de los encargados de realizarlos, como de hecho a veces ocurre, ya es otro tema. Aunque este debate también resulta necesario, de ninguna manera puede justificar la actitud beligerante de los conductores hacia los agentes del Estado —en este caso municipal— que deben velar por el cumplimiento de las normas y contribuir a un tránsito cada vez más seguro.
Si los tristes episodios que se registraron la noche del martes en los controles de alcoholemia pueden servir para algo, entonces que sea para discutir sobre la necesidad de mejorar la calidad y la preparación de los agentes encargados de realizarlos, pero también para tomar conciencia, de una vez para siempre, de una verdad irrefutable: quien maneja alcoholizado constituye una verdadera amenaza para la vida. Depende de la conciencia de cada individuo no conducir si ha bebido. enviar nota por e-mail | | |