 | miércoles, 21 de julio de 2004 | Reflexiones La soledad, ese espectro temible Carlos Duclós / La Capital "Un hombre solo siempre está en mala compañía", decía el escritor francés Paul Valéry y este pensamiento es de una certeza rigurosa, porque si algo hay que socava toda la estructura que mantiene al hombre incólume frente a su existencia esto es la soledad. Y si una realidad es indudable el la de que el ser humano de nuestros días padece de soledad y no de esa soledad fugaz que incluso ayuda al crecimiento espiritual, sino de esa que por ser crónica acaba aniquilando. Es este sentimiento de una toxicidad tal que apabulla, hace temblar y que, como siempre, tiene su origen en el desamparo, en la desprotección y en la falta de satisfacción de necesidades espirituales.
Es cierto que a veces la soledad parece fecundarse en la escasez de cosas materiales. Por caso se muestra la carencia de bienes básicos necesarios para la vida, como alimentos, vestimenta, cobijo, medicamentos, pero en realidad no es la carencia de estas cosas lo que provoca el devastador sentimiento, sino la falta de cumplimiento del compromiso de amparo de quienes conducen a los grupos humanos. Es más, la soledad más aguda no surge a veces tanto del desamparo como de la traición, la traición en la que incurren los conductores de una nación y que el recordado Scalabrini Ortiz en su momento detectara entreverados con la oligarquía. Este sentimiento de soledad que por entonces advirtió Scalabrini lo llevó a escribir esa maravillosa obra "El hombre que está solo y espera". Un hombre que, con todo, era capaz de esperar con fe. Tenía ese hombre bastantes razones para mostrarse confiado, porque la sociedad argentina guardaba por entonces virtudes que hoy, sino se han extinguido, se esconden resignadas y aun asustadas de un aluvión de monstruos que las acechan y amenazan. Algunos de tales valores hoy replegados eran la solidaridad y el orden que mantenían enhiesta la voluntad de vencer a un sistema que pugnaba por avasallar todo derecho.
Sin embargo, ese hombre de ayer, solo, pero esperanzado, ha dado paso a ese otro hombre de hoy en soledad y desesperado. Porque esas son las tremendas patologías que tienen a mal traer a este ser humano argentino de estos tiempos: soledad y desesperación. ¿Qué fue lo que llevó a la persona a sumergirse en este infierno sofocante? Lo cierto es que la respuesta podría dar lugar a un extenso ensayo, pero bien puede intentarse un resumen. Antes, es menester presentar a las afligidas víctimas, de este fatal sentimiento que tiene como destino la desintegración del "yo" y del "nosotros": los niños, muchas veces inadecuadamente atendidos por sus padres no por falta de amor sino porque los progenitores son obligados por un sistema perverso a estar ausentes (si tienen la fortuna de tener trabajo) excesivas horas fuera del hogar, con lo que la criatura no sólo se ve privada de la presencia paterna, sino a merced de máquinas (computadoras, televisores) que desde temprana edad ejercen una influencia nefasta en su perfil psicológico; los jóvenes que son arrastrados por el mismo sistema mediante sofisticados métodos de persuasión a vivir una cultura del placer que se confunde con felicidad y que los lleva hacia horizontes que están bien lejos de la formación intelectual y espiritual; hombres y mujeres jóvenes y adultos que asumieron como válido que el éxito, confundido con logros materiales, es el objetivo prioritario; hombres y mujeres jóvenes y adultos que aun conociendo que la felicidad y el éxito no puede hallarse sino por el amor y la salvaguarda de las virtudes, son víctimas de aquellos otros que encuentran sentido a su existencia en deleite frívolo. La cantidad de personas en soledad como consecuencia del abandono por infidelidad o por consecución de objetivos económicos es asombrosa.
Entre quienes padecen soledad se encuentran, además e increíblemente, muchos jóvenes. La falta de compromiso para sembrar amor y hacerlo crecer determina un sentimiento de soledad de muchos jóvenes que es saciado temporalmente con relaciones pasajeras. Otra de las causas de soledad entre la juventud es la imposibilidad de consolidar relaciones, de fortalecerlas en un ámbito familiar propio como consecuencia de la falta de recursos para mantener ese estado ideal basado en la independencia. Desde luego, una soledad que pesa mucho es la que padecen otros de los protagonistas de esta historia: los ancianos. Es esta tercera edad que ha sido abandonada por el Estado y muchas veces por los hijos que, aun deseándolo, no pueden satisfacer las necesidades de atención y afecto por cuanto están presos por la excesiva ocupación laboral o por la preocupación desesperante de ser desocupado. Naturalmente, entre las grandes instituciones sometidas a la soledad están la familia y la sociedad.
Y ahora sí: ¿Qué fue lo que llevó al argentino a sumergirse en este infierno sofocante? Seguramente muchas cosas, pero entre ella merece un lugar de privilegio una cultura individualista que se impuso y puso al éxito de la persona como centro de su existencia. Un éxito que no es tal, desde luego, y que para lograrlo debe apelarse a la sublimación del "yo" aun a costa del menosprecio y vasallaje del "tu". Una fórmula que contempla la justificación del medio para alcanzar el fin. El éxito que el individualismo ofrece a la masa es fácil observarlo cada día, cada instante, en grandes carteleras o en cortos publicitarios de televisión y está reñido, divorciado del concepto de formación espiritual e intelectual. Está enfrentado, por su propia naturaleza material, con el pensamiento solidario y humanístico y no tiene como eje de su acción el bien común, el bien del prójimo sino el propio bien a costa de la muerte del derecho del semejante. No es una persona de éxito en la sociedad actual quien no ascienda a jefe o posea determinada marca de zapatillas, cierta marca de auto, una cuenta bancaria o un cuerpo armonioso y atractivo a veces rellenado con una buena cantidad de colágeno para lograr formas sensuales como esas de la modelo top que vende en la tira publicitaria el yogur mágico. El cultivo del cuerpo en nuestros días, y salvo excepciones, no tiene como fundamento la máxima griega de compatibilizar la armonía y salud corporal con la mental. "Mente sana en un cuerpo sano" procuraba beneficiar la mente provocando endorfinas mediante el ejercicio. Hoy no pocas veces se trata de estar mejor físicamente para vender la imagen.
El éxito en una cultura individualista no es sino el logro de lo material al que se llega mediante una competencia feroz e insensible. El que compite, si es necesario, deja en el camino lacerado a su semejante y envuelto en ese amargo sentimiento de soledad. Pero, paradójicamente, este hombre de éxito al alcanzar la meta y luego de un tiempo de saborear el triunfo comienza a advertir que todo no ha sido más que una ilusión y que incluso en la línea de llegada lo único que existe es también soledad, vacío existencial. Sí, tarde o temprano advierte que quien triunfa al fin es la soledad porque no hay éxito posible sin la presencia de lo perenne, definitivo y absoluto: el amor. enviar nota por e-mail | | |