 | miércoles, 23 de junio de 2004 | La importancia del valor histórico Tuve en mi vida la suerte de conocer Europa y comprobar que ninguna propiedad que tenga el mínimo valor histórico se demuele. Por dentro se hará nueva, pero su fisonomía exterior no se cambia y perdura por siglos. En Zurich existen silos en pleno centro de la ciudad y por ello nadie se hace problema, sólo se cuida que no contaminen, no se los destruye ni convierte en museo. Las rutas pasan donde son necesarias, no donde es más fácil o cómodo. Los ferrocarriles entran con pasajeros o cargas en los centros de las ciudades y no importa si estorban. El ciudadano pasa por debajo o por arriba de ellos, no es necesario ningún Plan Circunvalar que deshaga lo que ya existe o funciona. En Milán siguen andando los tranvías del año 1930, iguales a los que nosotros destruimos por obsoletos. No existen semáforos que duran 80 segundos sin cambiar, como en nuestra avenida Pellegrini, porque se cuida que la contaminación ambiental generada por los vehículos detenidos sea mínima. Ironizando, y aunque me alcancen las generales de la ley, parecería que los europeos en el siglo pasado decidieron colaborar haciendo emigrar gustosamente a todos los que pensaban que el futuro se construye destruyendo todo y luego haciéndolo de nuevo. Y muchos de ellos recalaron aquí para colaborar en ser como somos.
Bernardo Feldman
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