Año CXXXVI
 Nº 49.841
Rosario,
miércoles  14 de
mayo de 2003
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Reflexiones
Dos historias sin zapping

Víctor Cagnin / La Capital

No puedo evitar un comentario sobre dos hechos que me resultaron significativos e impactantes durante la última semana, relativo al pasado y presente de la condición humana. Me refiero a la película "El pianista", de Roman Polanski y al relato de una sobreviviente en Santa Fe, en una entrevista realizada por Jorge Sansó de la Madrid, publicado el lunes pasado en La Capital.
Sobre el filme basado en la vida del pianista polaco Wladyslaw Szpilman debo decir que fui tarde y en busca de descubrir los méritos por los que habían otorgado los Oscar al mejor actor y director. Sin embargo, salí de la sala con la sensación de un aprendizaje nuevo sobre algo que suponía comprendido y de haber descubierto una gran historia que nos revela, una vez más y desde otro lugar, los límites hacia donde puede ser conducido un ciudadano, su familia y su pueblo frente a la indiferencia de la mayoría. En consecuencia, me quedo con el Oscar a la mejor película.
La ocupación nazi en Polonia y el Holocausto del pueblo judío fue una de las mayores tragedias del siglo pasado. Se ha escrito y filmado demasiado sobre el tema. A tal punto que a veces se busca eludirlos por la densidad y el agobio que producen. Y además porque alguien puede llegar a pensar que forma parte de un intento por refrescar el victimismo del pueblo de Israel, en momentos donde su gobierno deja bastante que desear en materia de derechos humanos. Despojados de esos prejuicios, toda lectura o filmación nos enfrenta al dolor hacia el ser humano ocasionado por el ser humano, desde los mecanismos más primitivos hasta los más sofisticados.
La película no da respiro y es imprescindible ver para saber en detalle lo qué ocurrió en el Gheto de Varsovia, pese a que no se detiene en el levantamiento del 19 de abril, gesta heroica que devuelve en parte la dignidad. El gradualismo segregacionista está reflejado cabalmente, y de ese modo se comprende cómo se fue construyendo la indiferencia de los propios polacos primero -mezcla de ignorancia, impotencia y colaboracionismo- y luego de los países que integraban las fuerzas aliadas, quienes, informados del exterminio, nada hicieron para evitarlo.
Cuatro años atrás, pudimos recorrer -por invitación de la Daia- los campos de concentración Auschwitz, Maidanek, Treblinka y caminamos en Varsovia por la zona del gheto, luego devastada y vuelta a reconstruir. Allí está la estación, con sus placas recordatorias, desde donde partía el tren cargado con hombres, mujeres y niños hacia el exterminio en los bosques de Treblinka. Aunque algo ingenua, la pregunta que nos quedará siempre sin una respuesta satisfactoria es cómo pudo suceder esto, cómo no se dio aviso; y si hubo aviso, por qué no se hizo nada para impedirlo.
El Pianista sobrevivió al Holocausto, vio derrumbarse al nazismo, al fascismo y luego al stalinismo, del que también sufrió sus metodologías. El público tiene demasiados motivos para identificarse, entre ellos que logre sobrevivir por su talento artístico. Es esta marca de individualidad, mucho más fuerte que la del ciudadano -desaparecidas las causa comunes-, la que hoy se nos proyecta como vigente. El Pianista vuelve a arraigarse en Varsovia por su don con la música y con ella continuará fiel hasta desaparecer junto con el siglo.
La otra historia corresponde a María García, una mujer corrida por la crecida y presa de la pobreza, según reza la volanta, seguida del título: "Cada noche escucho los gritos de los atrapados por el agua". La mujer pudo huir hacia un centro de evacuados, pero decidió quedarse en el lugar, en lo alto del terraplén Irigoyen. Desde allí, con sus pocas pertenencias, bajo la oscuridad más espesa, en el absoluto desamparo, percibía los desesperados reclamos de ayuda de sus vecinos sometidos por el agua: "Sálvennos, hagan algo que nos morimos, traigan una canoa", y "ahora que se lo cuento -revela María- y estoy despierta, también me parece oírlos".
La entrevista, aunque breve, pone al lector frente al drama en toda su magnitud, donde cada uno puede sacar tantas enseñanzas como preguntas. Por qué deciden quedarse teniendo la posibilidad de ser evacuados, si aparentemente nada tienen que defender. ¿Confiaron en sus propias condiciones para enfrentar el enemigo, en este caso el desborde del río, el que gradualmente les fue quitando espacio hasta confinarlos? Cuántos de ellos supieron lo que estaba sucediendo y no hicieron nada por sobrevivir, se dejaron llevar vencidos finalmente después de tanta postergación, segregación, caer y volver a levantarse en el transcurso de sus vidas.
Esa gente subestimada, ahora indocumentada, con escasa formación educativa y no demasiados dones para volver a arraigarse deberá sobrellevar durante un largo tiempo su vida en un campamento. Es probable que allí también aparezcan todas las miserias humanas y paralelamente la indiferencia de los demás. El Estado, llámese nacional, provincial o local, no tendrá esta vez la posibilidad de correrse y entregarles la responsabilidad a los privados, como la ha hecho con tantas otras obligaciones, desde los fondos previsionales a la recolección de la basura. El gran gesto solidario que se espera es el de un Estado previsor, no más amplio sino inteligente, efectivo y dispuesto a devolverles la condición de ciudadanos a todos sus habitantes. Es decir, que puedan crecer y desarrollarse junto con la nueva ciudad que pretende refundarse.


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