 |  | Editorial Escuelas, espejo de la desidia
 | La sucesión de problemas que desde hace largo tiempo golpea a los argentinos, quienes recién en los últimos meses han comenzado a ver una pálida luz al final del túnel, parece haber narcotizado la sensibilidad de muchos. Sólo así se explica que la divulgación en las páginas de La Capital de que la mitad de las escuelas públicas rosarinas está en malas condiciones para seguir funcionando no haya disparado una reacción contundente. Es que se trata de una situación cuyas dimensiones exceden con largueza los límites que fija la palabra grave. Se está haciendo referencia, fuera de toda duda, a un asunto cuya justificación más fácil se vincula con la prolongada crisis económica. Las arcas del Estado, del cual dependen las instituciones educacionales, han sufrido en grado extremo la penosa coyuntura. Pero la explicación, tan atendible, no alcanza. No resulta suficiente para dar cuenta del dramatismo que desnudan las cifras: 75 por ciento de los baños de los colegios en malas condiciones; 63 por ciento de las aulas con mobiliario roto y/o deficiente, y 50 por ciento de ellas con aberturas y vidrios rotos; 73 por ciento de los edificios con humedad en paredes y techos, y 52 por ciento con paredes agrietadas o rotas e instalación eléctrica defectuosa; 78 por ciento de las escuelas con carencia de suficiente material didáctico. Y la lista podría continuar. Queda en evidencia que el trasfondo de la cuestión se vincula con criterios erróneos a la hora de administrar los fondos públicos. No consiste de ningún modo un descubrimiento que la educación constituye la base de toda sociedad que se valore a sí misma. El descuidarla a los niveles en que aquí se lo ha hecho significa, lisa y llanamente, un suicidio encubierto. La respuesta emanada de las esferas oficiales con relación a las revelaciones realizadas por este diario no llega a ser satisfactoria. El sol no puede ser tapado con una mano. Cualquier observador mínimamente despierto podrá constatar que los hechos expuestos son evidentes. Y a esas escuelas, que provocan lástima, concurre gran parte de la infancia rosarina. Nuestros chicos. ¿Es posible, o admisible, que las cosas no cambien con la celeridad que se requiere?
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