 |  | La debacle de Enron desata una gran tormenta
 | Peter Bauer
Muchas compañías estadounidenses con complejas prácticas contables y sus respectivas auditoras están bajo la creciente presión de la comisión investigadora de la Bolsa de Valores (SEC), los políticos y los inversores, que exigen mayor transparencia a la hora de presentar los balances y los reportes de resultados. Los inversores están ansiosos por recibir informes contables que puedan ser analizados más fácilmente, y evitar la posibilidad de que las empresas falseen sus resultados, como el gigante eléctrico Enron que presentó abultadas ganancias que finalmente resultaron ser manipulaciones contables. Además, las empresas de auditoría deberían separar claramente su negocio de consultoría del de supervisión de las cuentas de sus clientas para evitar conflictos de intereses. Los más estrictos exigen la prohibición de que la misma empresa lleve a cabo los dos trabajos. La espectacular quiebra de Enron aumentó esta presión a niveles inéditos. El protagonista de la mayor quiebra en la historia económica estadounidense había inflado sus ganancias en casi mil millones de dólares antes de declararse insolvente, a través de transacciones contables con inexistentes empresas aliadas. Los políticos, los inversores que ahora tienen papeles sin valor, los más de 20.000 trabajadores de Enron que se quedaron sin sus fondos de pensión, los acreedores a miles de millones de dólares en deudas, la SEC y el Departamento de Justicia quieren averiguar quién es el verdadero responsable del desastre. El informe interno de Enron que puso al descubierto las manipulaciones contables señala también que muchos de sus altos ejecutivos se enriquecieron considerablemente con la ayuda de las dudosas alianzas que facilitaron también el ocultamiento de cuantiosas deudas. La antigua empresa auditora de Enron, Arthur Andersen, también recibe duras acusaciones en el informe solicitado por el Consejo de Administración de Enron. Los críticos se preguntan cómo es posible que los directivos, el Consejo de Administración, los auditores y los analistas de Wall Street tardaron tanto en llamar la atención sobre la frágil situación de Enron, que durante mucho tiempo fue la estrella del parquet en la bolsa neoyorquina. Varios comités del Congreso se ocupan actualmente de investigar la caída de la compañía. En el último segundo, el ex jefe de Enron Kenneth Lay anunció que no iba a presentarse hoy para responder las preguntas de los legisladores, desatando la ira de la Cámara. Andersen nombró al ex presidente de la Reserva Federal Paul Volcker director de un gremio de vigilancia independiente. Volcker y su equipo tienen la responsabilidad de reconstruir la confianza de Andersen, que voló por los aires cuando se supo que el jefe de su oficina en Texas destruyó documentos comprometedores de Enron. Volcker, que ya había contribuido a esclarecer el destino del dinero de víctimas del Holocausto nazi en los bancos suizos, no cobrará un sólo dólar por su trabajo para la consultora. Pero el conflicto de intereses es difícil de superar. Las auditoras estadounidenses facturaron 1.100 millones de dólares a 385 grandes empresas estadounidenses en 2000. Pero al mismo tiempo, cobraron 3.100 millones por otros servicios a los mismos clientes. Por esta razón, son cada vez más las voces que exigen la separación voluntaria o por ley de los trabajos de consultoría y auditoría por una misma empresa.
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