Año CXXXV
 Nº 49.386
Rosario,
domingo  10 de
febrero de 2002
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Una paradoja de los argentinos
Análisis: Ricos, pero pobres como los africanos

Jorge Levit / La Capital

En Lagos, la capital comercial de Nigeria, el integrante de un grupo tribal orinó en la pared del templo de otra etnia rival. La ofensa -ocurrió la semana pasada- causó una reacción violenta que terminó con terribles enfrentamientos, saqueos e incendios de viviendas, linchamientos y cien personas muertas. Nada que no se haya visto antes en Africa, un continente con varias guerras civiles en desarrollo, países con millones de hambrientos y hasta donde aún hoy -como en Sudán- las organizaciones internacionales de derechos humanos denuncian con frecuencia tráfico de esclavos.
Desde hace un par de meses la Argentina compite en la prensa internacional con informaciones de ese calibre. En la televisión alemana para el exterior, por ejemplo, lo ocurrido en Nigeria estuvo a la par de los cacerolazos argentinos, que se llevaron gran parte del noticiero. Lo mismo en la prensa británica y española.
Dentro de lo que las naciones ricas del mundo llaman ahora "países emergentes", eufemismo elegante de subdesarrollo y atraso, hay diferencias enormes. No son lo mismo Etiopía que Chile ni tampoco Nigeria que la Argentina. Mientras que a principios del siglo XX Africa era colonial y tribal, la Argentina tenía el mismo ingreso per cápita que Francia y el doble que España. El mismo abismo existía en alfabetización, asistencia sanitaria y desarrollo científico y cultural. Pero hoy, el mundo ve a los dos países con crisis semejantes, alguna más primitiva que la otra, pero caóticas las dos.
La omnipotencia de los argentinos, muy conocida internacionalmente, que se ufanan de tener las mejores tierras del mundo, el tango, varios premios Nobel, un alto grado de educación y hasta el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, ha quedado demolida por los hechos. Hoy nos parecemos más a Africa que al ideal de progreso que alguna vez supo ser el rumbo de este país.
Cómo es posible diferenciarse de aquellas naciones pobres y sin recursos naturales si en la Argentina hay millones de personas que también tienen dificultades para obtener los recursos básicos de alimentación. Si las villas miseria que se ven en cualquier ciudad son semejantes a las aldeas con chozas de barro africanas o asiáticas. Si las imágenes de diciembre cuando se tiraba comida a la gente desde camiones, como si fueran animales, son similares al reparto de bolsas de cereales que hacen las Naciones Unidas para evitar hambrunas masivas en zonas críticas del continente negro.
Algunos países de Asia y Africa obtienen la mitad de sus presupuestos anuales de donaciones de la Unión Europea y organizaciones humanitarias. La Argentina, en la peor crisis de la que se tiene memoria, mantiene un ingreso fiscal mensual de poco más de tres mil millones de pesos, está a punto de levantar una de las mejores cosechas en mucho tiempo, tiene más vacas que habitantes y comenzó a exportar 28 mil toneladas de carne a Europa. Tiene universidades, hospitales públicos, agua potable y un mar interminable.
En recursos naturales y de infraestructura sí que es imposible trazar una comparación con los más desahuciados de la tierra. Pero en el mundo nos asocian con ellos, y tienen bastante razón. En Africa no hay manera de que etnias rivales sumidas en la peor miseria dejen las armas y la lucha por el poder. No hay manera de que muchos gobiernos corruptos y tiránicos gobiernen para su pueblo y no para una minoría. No hay forma de evitar las matanzas recurrentes a machetazos de poblados enteros a manos de grupos enfrentados. No hay manera, al menos en los términos de civilización tal cual la entendemos en esta parte del planeta, de lograr un desarrollo sostenido en beneficio de la gente.
En la Argentina tampoco se ha encontrado la fórmula del éxito para los pocos habitantes que viven en un inmenso territorio. Militarismo represivo y bananero, corrupción política, un Estado que ha favorecido a los grupos de poder y una dirigencia mayormente mediocre han sido las características de las últimas décadas. ¿Hay tanta diferencia con Africa?
La Argentina, que siempre ha mirado las luces de Europa como un horizonte, ha logrado descender a estadios inimaginables de subdesarrollo y marginalidad pese a contar con los recursos de los que carecen los más pobres. Unos son pobres naturales y más primitivos, los otros ÐargentinosÐ empobrecidos en un país rico. El resultado es el mismo y por eso el mundo nos iguala.



Un barrio de Lagos, parecido a una villa argentina.
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