Año CXXXV
 Nº 49.375
Rosario,
miércoles  30 de
enero de 2002
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Editorial
El diálogo argentino

La advertencia que acaban de realizar los obispos que integran la mesa coordinadora para el "diálogo argentino" es quizás una de las revelaciones más contundentes y dolorosas del estado de fragmentación e individualismo al que ha llegado nuestra sociedad. Con sectores políticos, económicos y sociales que suelen declamar concertar para encontrar una salida a la crisis, pero que a la hora de mostrar cuál es su aporte concreto, ninguno de los dirigentes está dispuesto a conceder algo.
Después de dos semanas de reuniones, la Iglesia ha evaluado que, si bien existen muchas propuestas, hay una gran renuencia al cambio social y una "muy profunda crisis de confianza y credibilidad" dada por dos componentes: "El pueblo no se siente representado por los dirigentes y a la vez los sectores desconfían unos de otros y buscan en las culpas ajenas la responsabilidad total de lo que ocurre".
En rigor, este comportamiento sectorial no debería sorprender. Repasando el comportamiento de las instituciones, en distintos niveles dirigenciales existe una estructurada forma de pensamiento que no les permite reconocer errores o culpabilidades. Algunas veces por su soberbia , otras por cierta dosis de autismo o intolerancia. El ejercicio de la autocrítica, por lo tanto, se visualiza como un síntoma de debilidad y sólo se disponen a practicarlo si otro lo hace primero.
Sin embargo, todos parecían haber comprendido que la crisis en el país era de tal gravedad que si no se hallaba una salida en conjunto la perspectiva de esas instituciones corría serio peligro de subsistencia. Y es así, sólo que no se resignan a reconocerlo.
La Iglesia, como nunca antes, tuvo un gesto encomiable para comenzar a articular la reconstrucción, ofreciendo confidencialidad a la hora de escuchar a cada uno. Claro que esto suponía señales de renunciamiento. En concreto, disposición a producir reducciones de gastos, eliminación de privilegios o considerar que su sector había recibido grandes beneficios y que es momento de una señal solidaria hacia otros perdidosos o marginados.
Ciertamente, tal como lo plantean los obispos, el gran interrogante y desafío de la coyuntura es cómo construir las bases para el cambio con dirigentes vacíos de representatividad y de valores morales. Por ello, en principio, urge que los mismos hagan un profundo examen de conciencia sobre la responsabilidad que les compete y se dispongan con otra actitud hacia el diálogo, comenzando por reconocer culpas. Y al mismo tiempo, que los representados exijan de sus dirigentes claridad sobre lo que van a proponer y balance de lo que han realizado. Un elemental ejercicio democrático.
En esa dirección es posible que el diálogo pueda comenzar a ser fecundo y fundante de un nuevo país.


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